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Archive for febrero 2012

La sirena de Zennor: el triunfo de un amor imposible en las profundidades (2ª parte) (Por primera vez en español). Por Garbo.

Accede a la primera parte de este relato

Esta leyenda ha dejado una profunda huella en la localidad de Zennor, de tal forma que en la propia iglesia hay un banco con una talla de madera con una sirena. En las ilustraciones que aquí aparecen, aparte de las impresionantes vistas, se pueden ver el templo, el banco y la sirena grabada.

    La leyenda (II)

Las escamas escurridizas y la cola de pez impedían a Morveren desplazarse con naturalidad. Sin embargo, consiguió alcanzar la iglesia, avanzando lentamente, y sujetándose a los árboles que encontraba a su paso. Aún así, llegó a tiempo para el himno final, mientras que los feligreses miraban con atención sus libros de cánticos. Al no tener ninguno de ellos ojos en la nuca, no pudieron ver a Morveren, pero ella sí los vio, y a Mathew también. Según Morveren, Mathew era tan hermoso como un ángel, y su voz reproducía los sonidos de un arpa celestial.

A partir de entonces, cada noche, Morveren se vestía y subía a la iglesia, a mirar y escuchar, permaneciendo unos minutos, y siempre se marchaba antes de sonar la última nota para tomar las olas de la marea alta. Y noche tras noche, mes tras mes, Mathew creció y su voz se hizo más grave y profunda. Así continuó durante más de un año, hasta aquella noche en la que Morveren permaneció más tiempo del habitual. Había oído a Mathew cantar un verso, luego otro, y empezar un tercero. Cada estribillo era más hermoso que el anterior, y Morveren no supo contenerse.

Fue sólo un suspiro, más suave que el susurro de una ola, pero fue suficiente para que Mathew la escuchase, por lo que miró a la parte trasera de la iglesia y la vio. A Morveren se le iluminaron los ojos, y la red, que se había deslizado de su cabeza, mostraba un cabello húmedo y brillante al descubierto. Mathew dejó de cantar, obnubilado por su mirada, por aquellos preciosos ojos que escondían el sufrimiento de un amor imposible. Fue un amor a primera vista.

En ese momento, Morveren se asustó. Mathew la había visto y su padre le había advertido de que no debía mirarla. Además, la iglesia era un lugar cálido y seco, mientras que las sirenas deben estar en lugares frescos y húmedos. Morveren sentía que se marchitaba, y salió por la puerta a toda prisa.

    – «¡Alto!» – gritó con valentía Mathew –. «¡Espera!» – dijo corriendo tras ella.

De repente, todo el pueblo volvió la mirada hacia atrás, asustado, mientras los libros de cánticos caían al suelo por el asombro que envolvía todos y cada uno de los rincones del templo.

Morveren salió disparada. Su vestido se enredó con una rama de árbol, y se habría caído si Mathew no la hubiese alcanzado y cogido en el acto.

    – «Quédate» – le rogó –. «Quienquiera que seáis, no te vayas».

Lágrimas, lágrimas de verdad, tan saladas como el mismo mar, se deslizaban por las mejillas de Morveren.

    – «No puedo quedarme. Soy una criatura del mar, y debo volver a donde pertenezco» – dijo llorando Morveren.

Mathew vio la punta de su cola de pez, que sobresalía por debajo del vestido. Pero eso no le importaba en absoluto.

    – «Entonces iré contigo. A tu lado es donde quiero estar. Allí es donde pertenezco» – dijo Mathew sin dudar ni un segundo.

Tomó a Morveren, y ella se le abalanzó sobre su cuello. Se apresuró a bajar por el camino con ella, hacia la orilla del mar, mientras toda la gente de la iglesia se percataba de ello.

    – «¡Mathew, detente!» – gritaban al unísono –. «¡Aguarda!».
    – «¡No!, ¡no, Mathew!» – gritó la madre de él.

Pero Mathew fue embrujado de amor por la sirena, y corrió más rápido con ella hacia el mar.

A continuación, los pescadores de Zennor se lanzaron a su persecución, junto con los demás y con la madre de Mathew. Pero Mathew fue más rápido y fuerte que ellos, dejándolos atrás, y Morveren fue más inteligente. Se arrancó las perlas y el coral de su vestido, y las arrojó en el camino. Los pescadores eran codiciosos, como los hombres de ahora, y se detuvieron para recogerlas. Sólo la madre de Mathew siguió corriendo tras ellos.

Pese a sus esfuerzos, la marea estaba bajando y la joven sirena no podía nadar en aquellas aguas tan poco profundas. No obstante, Mathew siguió adelante, tropezando con las grandes rocas que habían sido arrastradas por el temporal. Su madre, en el acto, viendo que su hijo estaba siendo conducido a una muerta segura, intentó dificultar sus movimientos agarrándolo de la camiseta de pescador que lucía. Mathew continuó avanzando sin importarle nada ni nadie, hasta que el mar subió a la altura de su cintura, y luego a la de sus hombros. Después, las aguas se cerraron sobre ambos, y su madre se quedó únicamente con una hebra de hilo en la mano, como un hilo de pescar sin cebo.

Años después, un capitán de un barco llegó a “Saint Ives” y contó que había anclado cerca de la cueva Pendower, y había visto una sirena que, según aseguró, le dijo: «Su ancla está bloqueando nuestra cueva y Mathew y nuestros hijos están atrapados dentro». Fue hacia el pueblo a avisar de lo que había visto, de la suerte de Mathew y talló el banco de la iglesia que evoca esta historia envuelta de misterio.

Nunca más Mathew y Morveren fueron vistos por la gente de Zennor. Se habían ido a vivir a la tierra de Llyr, en sus castillos de arena dorada, construidos muy por debajo de las aguas, en un mundo nuevo azul y verde.

Pero la gente de Zennor oye a Mathew. Él cantó a Morveren, tanto de día como de noche, canciones de amor y de cuna. También aprendió canciones que hablaban del mar. Su voz se tornaba suave y aguda si el día iba a ser bueno; por el contrario, profunda y baja si el mal tiempo acechaba sobre Llyr. A través de sus canciones y de su voz, los pescadores de Zennor sabían cuándo era seguro echarse a la mar, y cuando era prudente anclar y esperar en casa.

Hay algunos que todavía encuentran significado a las voces de las olas, y entienden los susurros del viento. Ellos dicen que Mathew canta para que lo escuchen, su voz permanece eterna en los parajes insólitos de Zennor, en las profundas aguas del mar Céltico. Un misterio aún sin resolver que sigue anclado en las raíces marineras de un pequeño pueblo, en las costumbres de una zona repleta de esplendor, donde un día el amor pudo más que la razón, y el mar se convirtió en el testigo fiel de una llama eterna que fulgura con el transcurso de los años.

    Video sobre la leyenda (en inglés)

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El lunes 20 de febrero de 2012 el blog tuvo la visita número 20.000. En sólo 10 meses ya nos han visitado todas esas veces. Estamos de enhorabuena y damos las gracias a tod@s l@s que se acercan a la Cátedra de Historia Naval a través de este medio y leen nuestros contenidos.

Todo ésto (y en ello incluimos también la web y las redes sociales, porque formamos una red estructurada) es el resultado del trabajo conjunto de un grupo de personas que creemos en lo que hacemos, y dedicamos horas a divulgar la Historia y el Patrimonio Naval. La cifra alcanzada en el blog es una muestra de que ese trabajo está dando sus frutos, y es también un importante acicate para seguir en ello. De nuevo muchas gracias a tod@s.


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Autor: Pedro Fondevila Silva

En este siglo, el renacimiento de las artes y de la cultura grecorromana se va a aplicar a la construcción naval, ornando y embelleciendo las naves, que se convierten así en embajadoras del poder de los monarcas españoles. En el Mediterráneo, las escuadras de galeras son, en esta época, la expresión del poder naval de los reinos y repúblicas, que se manifiesta en el adorno y lujo de estas embarcaciones, especialmente en las capitanas y reales, cuyas popas se adornan con profusión de esculturas y dorados.

lam 5-halcon copiaEspaña es la potencia hegemónica europea y, en consonancia, sus buques deben ser la muestra del poder y del esplendor real fuera de sus fronteras. Citar solamente, para demostrar la continuidad de la costumbre, bien que de forma más modesta, lo que se hacía en la primera mitad del siglo XVIII:

“Construcción, recomposición y adornos: será de la obligación del asentista tener proveidas las Galeras de todo lo perteneciente a ornamentos de Popa, según las clases de ellas, como tambien los que le tocare de flamulas, estandartes y pavesadas y renovar las pinturas quando lo necesitaren”.

En cuanto a los distintivos, el elemento principal que distinguía a las galeras capitanas y patronas era el fanal (farol de gran tamaño). Para no extendernos demasiado en este aspecto, que se mantuvo hasta la extinción de las galeras a comienzos del siglo XIX, diremos que las capitanas reales llevaban tres fanales iguales en línea sobre la pertigueta; las galeras capitanas de las diferentes escuadras tres fanales en triángulo, el fanal central más alto y de mayor tamaño que los laterales; la patrona real dos fanales de igual tamaño centrados en la pertigueta; las galeras patronas de las escuadras un fanal centrado sobre la pertigueta. Las galeras sencillas llevaban una figura o santo centrada sobre la pertigueta, que, en este siglo, podía ser de carácter religioso o profano, y que identificaba a la galera, y, en cada extremo de la pertigueta, un pequeño fanalete. Además cada galera llevaba en el extremo del espolón una figura distintiva. Veamos unas breves citas documentales: “Relación que los tres maestros doradores infraescriptos hacemos de las piezas de escultura que se han dorado en la Capitana de las galeras de España: en los tres fanales de popa y alas de los delfines pequeños de escultura”. “En un Santiago a caballo con su peana que se pone en el espolón”. “Era el espolón punta de proa una loba, divisa del Marqués, otros la hacen perra parida por la ver abierta la boca, con treadas tetas, haciendo la guarda de la galera”.

Tratando ahora de la pintura de los cascos o bucos de las galeras, ésta fue roja desde el siglo XIII (“De Santander partieron las langostas bermejas”). Desde esa fecha, la conquista de Sevilla, los cascos y palamenta de las galeras fueron siempre rojos, con una particular excepción que trataremos a continuación, hasta la desaparición de las últimas galeras en 1805.

La primera galera española de que tenemos noticia que se pintase de un color diferente al rojo, concretamente el negro, fue la galera real de Juan de Austria (“Esta fue la traça por donde se dio principio a la popa de la Galera Real hasta que el año pasado de 1569 vino la galera a este río, que traía cuerpo de un vaxel grande y hermoso (…) con el suelo bivo de la popa y la proa con sus arrumbadas y espolón, su árbol y esquife, toda negra y puesta en el rio”). Creemos que ésta fue la primera galera que se pintó de negro, y que su majestuosa apariencia impresionó a las diferentes marinas, incluyendo a la musulmana, que estuvieron en Lepanto, las cuales pintaron de negro el casco de sus capitanas a partir de ese momento.

Tanto debió asociarse el color negro al carácter y prestigio de las galeras de España que, a finales del siglo XVII, se decidió pintar y barnizar las galeras de la Escuadra de España de ese color. Desconocemos el motivo de esa decisión, pero aventuramos que pudo deberse a una reacción a la decisión de Luis XIV de Francia de pintar de azul, sembrado de flores de lis de oro, su Capitana Real, y de negro, sembrado de lis de oro, su Patrona Real.

Pie de las ilustraciones

– Imagen 2. Nápoles, mitad del S. XVII. A la derecha la Capitana de la Escuadra española de Galeras de Nápoles, con fanal y barnizada de negro. En el centro, y vista desde popa, la Capitana de la Escuadra de Galeras del Papa. Esta barnizada de negro. Lleva el escudo papal surmontado con la triple tiara y acolado con las dos llaves de S. Pedro: una de oro (el cielo); y otra de plata (la tierra). Por la proa de la galera papalina aparece la Capitana de la Escuadra de Galeras de Malta, barnizada de negro. En el fanal lleva acolada la Cruz de Malta. En el cuadro aparece una galera ordinaria, sencilla o sutil, pintada de rojo. Todas las galeras llevan timonera en la popa, elemento que se introdujo al final del primer cuarto del S. XVII.

– Imagen 3. Flandes c. (1620/1630). Capitana de la Escuadra de Galeras de Flandes. Va barnizada en negro. Lleva fanal sobre la timonera, y, encima del calcés del árbol de mestre, ondea la bandera española de Flandes, listas horizontales blancas y azules, sobre las cuales va la Cruz de Borgoña en rojo.

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La sirena de Zennor: el triunfo de un amor imposible en las profundidades (Por primera vez en español)

Enviada por Garbo

1. Contextualización

Para facilitar el entendimiento de la leyenda que prosigue, debemos considerar la percepción que mantiene el folclore británico del término “sirena”. Concretamente, estos seres mitológicos son descritos de cuatro formas diferenciadas en decenas de relatos:

    a) Un ser humano descubre casualmente a una sirena de extraordinaria belleza en la costa. Tras pedirle que nunca revele su secreto, él acepta sin dudarlo, pero su promesa no es cumplida, y las consecuencias desencadenadas por la sirena son fatales.

    b) Una sirena se enamora ciegamente de un ser humano, atraída por su melodiosa y cálida voz. Olvidando que éste no puede respirar bajo el agua, lo arrastra hacia su gruta submarina para vivir juntos eternamente. Tras morir asfixiado, la sirena repara en el trágico error cometido.

    c) Una sirena nada por ríos y lagos, buscando víctimas a las que ahogar. Cuando encuentra un ser humano, se manifiesta como una persona que ha sido fruto de un accidente y está a punto de hundirse. Así, consigue que alguien la socorra, y, en su intento, ahoga brutalmente a su salvador.

    d) Una sirena protege a personas que están enfermas, dándoles consejos sobre cómo fabricar remedios caseros para recuperar la salud.

2. La leyenda


    “[…]. En las orillas del mar, dos mundos se encuentran misteriosamente. Quienes vivimos en tierra casi nada sabemos de las maravillas de quienes habitan en las profundidades submarinas. Algo sabemos de las sirenas, por lo que nos cuentan los marinos que a veces las oyen.

    Durante las tempestades, cuando la espesa neblina cubre los negros escollos, se dice que las sirenas cantan para atraer a los barcos a chocarse con las rocas, y así hacer víctimas de la muerte a los marineros. Si en alguna ocasión se ve alguna bella dama que en la orilla del mar baila sola o está escuchando música, hay que mirar el ruedo de su vestido para ver si esta húmedo. Esa es una señal inequívoca de que se trata de una sirena disfrazada. […].” (1).

A partir del siglo XVI, los relatos sobre tritones y sirenas proliferaron, y, a modo de curiosidad, la Iglesia los propulsaba para conseguir sus propios fines, captando a nuevos feligreses. Las sirenas eran incluidas en los bestiarios de la época, y había altorrelieves de ellas en numerosas iglesias y catedrales. Por ejemplo, en Zennor, una tradicional y encantadora aldea localizada en el Condado de Cornualles (en la costa norte de Inglaterra), hay un excelente altorrelieve de una sirena en uno de los bancos de la iglesia normanda de “Saint Senara”. Se cree que data de unos 600 años atrás, y evoca la desaparición misteriosa de un joven en manos de una sirena.

Concretamente, la aldea de Zennor se encuentra en la costa de barlovento del Condado de Cornualles. Las casas se disponen en las laderas, aparentando haber sido colgadas por el viento que se mece entre los parajes de ensueño, donde las olas bañan los salientes de los acantilados, en las calas. Solamente, unos pocos pescadores rutinariamente se hacen a la mar en sus barcos para autoabastecerse de alimentos, con los que mantener a sus familias. No obstante, en otros tiempos, el mar era la fuente de vida para los habitantes de Zennor, ya que les proporcionaba el pescado que precisaban, tanto para su alimentación como para la venta de pueblo en pueblo. Se tenía constancia de la hora gracias al flujo y reflujo de las mareas, y de los meses y años por los bancos de arenques. Las tormentas repentinas provocaban el naufragio de los barcos pequeros que salían del puerto de Zennor, ocasionando la pérdida de numerosos marinos, dentro de un mar furioso a consecuencia del temporal. Al final de la jornada, cuando el mar estaba en calma y todos los barcos habían atracado en la costa, con su cargamento de pescado en las bodegas, el pueblo de Zennor se dirigía a la antigua iglesia de “Saint Senara” en señal de agradecimiento por la suerte que había acompañado a los marineros en sus largas travesías por las aguas del mar Céltico. En la ceremonia religiosa, el coro cantaba, y, tras el himno de clausura, las familias se reunían en sus hogares.

Mathew Trewhella, hijo del guardián de la iglesia de “Saint Senara”, era un joven apuesto, de ojos azules y cabellos dorados, con una voz prodigiosa, que llegaba a ser la envidia de cualquier ser celestial. Al atardecer, entonaba el himno de clausura en solitario, resonando su voz con más fuerza que el repicar de aquellas vetustas campanas. Cada sonido, cada nota estaba llena de verdad, tiñendo de magia cada rincón, cada lugar de aquel hermoso pueblo de ensueño.

Una tarde, cuando los barcos permanecían amarrados en la costa y todas las familias estaban reunidas en la iglesia, algo se movió en el crepúsculo suavemente desde las profundidades del mar. Las olas se separaron sin ningún sonido, y emergió a la superficie una criatura marina que parecía ser una niña, si no llega a ser por su larga cola plateada y brillante de pez. Era Morveren, una de las hijas de Llyr, Rey de los Océanos. Desde una roca, la sirena peinaba lentamente sus largos cabellos, contemplando su reflejo en aquellas tranquilas aguas, mientras escuchaba los cánticos de Mathew y el rumor de las olas.

    – «¿De dónde viene ese cántico tan hermoso que ha traído la brisa?» – se preguntaba Morveren.

Tras unos instantes, el viento cesó, y la canción de Mathew desapareció con él. El sol se estaba ocultando por el horizonte, y Morveren debía sumergirse en aquellas oscuras aguas del mar Céltico para regresar a su hogar.

Al día siguiente, sin poder olvidar lo que había escuchado la tarde anterior, decidió emerger de nuevo, pero esta vez no se quedó en la roca, como hacía de costumbre, sino que nadó cerca de la costa para oír mejor aquellos sonidos. Morveren, asombrada, pensó: «¿Qué pájaro cantará tan dulce?» La oscuridad había llegado, y sus ojos veían sombras. No podía permanecer más tiempo allí, ¡tenía que volver…!

Reiteradas veces, Morveren permanecía en la superficie, atraída por la dulce voz que la brisa le enviaba. Ella quería saber más, y, para ello, se detuvo en la orilla, donde los marineros habían desembarcado horas antes. Desde allí, podía ver la iglesia y escuchar la música que traspasaba sus antiguas puertas de piedra, que databan del siglo XIII. Sin embargo, no pudo acercarse más, ya que la marea estaba menguando. Ella sabía que debía volver para no quedar varada en la arena como un pez fuera del agua. Se sumergió bajo las olas, y se encaminó hacia la cueva oscura donde vivía junto a su padre, Llyr, sin confesarle nada de lo que había hecho. Llyr tenía cierta edad, la piel oscura y el cabello largo, enredado constantemente con las algas que brotaban del fondo marino. Él la conocía muy bien y, con sólo mirarla a los ojos, dedujo cuáles eran sus intenciones:

    – «No» – afirmó Llyr con rotundidad, sacudiendo la cabeza de un lado a otro –. «Para oír es suficiente, hija mía. Ver es demasiado».

    – «Tengo que ir, padre» – declaró Morveren –. «La música es magia».

    – «No» – respondió Llyr –. «La música está hecha por el hombre, y sale de la boca de un hombre. Nosotros, la gente del mar, no caminamos sobre la tierra de los hombres».

Una lágrima, del tamaño de una perla, descendió por las sonrosadas mejillas de Morveren:

    – «Entonces, deseo morirme a seguir viviendo de esta forma» – gimió Morveren.

En ese momento, Llyr suspiró, provocando un estruendo, tan sólo comparable con las olas gigantes que rompían contra las rocas del acantilado. No podía soportar que su hija tuviese en la mente aquellos trágicos pensamientos, y cedió ante su petición:

    – «Ve, pues» – dijo al fin – «Ten mucho cuidado. Cúbrete la cola con un vestido, tal y como llevan sus mujeres, y, en silencio, desplázate por la tierra. Para acabar, recuerda siempre estas palabras que voy a decirte, querida hija: regresa con la marea alta, o nunca podrás volver».

    – «¡Voy a tener cuidado, padre!» – gritó Morveren emocionada – «Nadie me hará caer en la trampa como si fuese un arenque».

Llyr le dio a Morveren un hermoso vestido de perlas incrustadas, corales, jades y otras piedras preciosas del fondo del océano. Se cubrió la cola con el mismo, y ocultó su pelo brillante con una red. Así, disfrazada, se dirigió rumbo a la iglesia, a la tierra de los hombres que tanto anhelaba por conocer.

[Traducción basada en: The Mermaid of Zennor. Cornish Myths and Legends. 04 de julio de 1997.]

Accede desde aquí a la segunda parte de este relato.

    Bibliografía citada

(1) BLYTHE, Richard. Bestias fabulosas. Ilustrado por Fiona French y Joanna Troughton. Bogotá: Voluntad, 1979. 61 p. ISBN 978-84-8270-416-6.

    Más información

(2) La villa de Zennor. Absolut Inglaterra: mantente informado de lo que ocurre en Inglaterra. 23 de septiembre de 2010.

(3) Zennor. ViaMichelin: viajes. 2011. Las atracciones turísticas, los restaurantes y circuitos de Zennor.

(4) Zennor. Wikipedia, the free encyclopedia. 31 de diciembre de 2011.

    Vídeo

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Ya hemos establecido en textos anteriores que la galera ordinaria o sutil del siglo XVI era de 26 bancos por banda, bogando 24. Pasemos ahora a describir las galeras de mayor tamaño, las bastardas y las extraordinarias.

Por galera bastarda se entendía la de mayor tamaño que las ordinarias, normalmente indicado por el número de bancos. Estas galeras, a veces llamadas galeras de fanal, servían para capitanas o patronas, es decir, las galeras en que embarcaba el General de la Escuadra de Galeras y el Segundo Cabo o Cuatralbo respectivamente. Las galeras patronas armaban 27 bancos, bogando 25, por cada banda, pues, como ya se ha justificado, dos bancos contiguos de cada banda no se montaban, ocupando su hueco el esquife y el fogón.

Pero el concepto de galera bastarda, en este siglo, tenía otro requisito además del mayor número de bancos: el estar más reforzada de gente, es decir, tener más capacidad de combate. Tengamos presente que la mayor parte de los conflictos entre galeras se resuelven al abordaje, en los cuales la acción de la gente de guerra es decisiva. En consecuencia, las galeras mayores que las ordinarias que no son patronas ni capitanas, llevan la misma gente de cabo (gente de mar y gente de guerra) que una galera ordinaria, y para diferenciarlas (de las bastardas) se denominan bastardelas.

Por lo que respecta a las capitanas, éstas, aunque de mayor número de bancos que las patronas, también se clasificaban como bastardas. Las capitanas de España solían tener de 29 a 30 bancos, bogando dos menos como ya hemos dicho.

Por último, tratando del término galeras extraordinarias, éste corresponde a las galeras reales. Pero hay que advertir que hablamos aquí de galeras construidas con ese propósito, para manifestar el poder de la Monarquía Hispánica, y no de las galeras bastardas acondicionadas para viajes de los reyes. Así no es galera real, en el sentido de construcción naval, la que lleva al rey Fernando a Nápoles en 1506, pues se trata de una galera bastarda bogando 25 bancos, ni la que llevó a Carlos I a Italia en 1529.

Que sepamos, la primera galera real, construida como tal en este siglo, fue la fabricada en las Atarazanas de Barcelona, mandada construir el 15 de enero de 1568 y que llegó a Sevilla en 1569, para proceder a su ornato. La galera era de 30 bancos bogando, es decir que podía montar 32, lo cual estaría en consonancia con el tamaño de la segunda galera real que se pretende construir en 1586, de 33 bancos, la cual, fallecido Juan de Austria, sería para Felipe II. De ahí el aumentar un banco más a la galera, cosa que se reputaba arriesgada, por considerarse entre constructores que la fábrica de una galera no debía pasar de 32 bancos.

La imagen superior recrea la expulsión de los moriscos del Reino de Valencia 1609, en el Grao de Denia. A la derecha se ve la Escuadra de galeras de España al mando del segundo Marqués de Santa Cruz. La galera Capitana lleva fanal y está barnizada de negro. El resto de las galeras van pintadas en rojo, que era su color tradicional. Aunque estamos al comienzo del S. XVII, las galeras no tienen todavía timonera, siendo exactamente iguales a las del S. XVI.

Autor: Pedro Fondevila Silva

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Entrada enviada por nuestro amigo y colaborador Garbo.

Estos seres fabulosos, que parten de la mitología griega, constituyen un universo que no tiene parangón, repleto de misterios y lagunas por resolver.

En el siglo VIII a.C., el poeta griego Homero introduce una completa descripción de estos seres mitológicos cuando escribe “La Odisea”; concretamente en dicha obra, la hechicera Circe, de lindas trenzas y soberana de la isla de Eea, pronuncia las siguientes palabras:

    “Las sirenas […] encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquél que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a su hogar; sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor un enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen al mismo; y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, atente con más lazos todavía. […].” (1)

Probablemente éste sea el relato más conocido, que se encuentra estrechamente ligado con la definición del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE), cuando afirma que “sirena” refiere a una “ninfa marina con busto de mujer y cuerpo de ave, que extraviaba a los navegantes atrayéndolos con la dulzura de su canto”.

Por lo tanto, en ambos enunciados prevalece la consideración de la Grecia clásica: mujeres aladas, a veces armadas con garras de felino, que acechaban a los navegantes entonando canciones de particular encanto, con sus voces agudas, desde rocas o islas. Este sonido hipnótico conseguía quebrar la voluntad de cualquier hombre por muy fuerte que fuese.

Por contraposición, desde la antigüedad, también se ha descrito a las sirenas como mujeres atractivas, con cola de pez, que peinan constantemente sus largos cabellos dorados a orillas del mar, rescatando a náufragos que, en su destino, se habían visto abatidos por fuertes temporales. Esta concepción se refleja en algunos de los cuentos de “Las mil y una noches”. Así, en el titulado “La ciudad de bronce”, leemos la siguiente descripción:

    “[…], y las dos hijas del mar, que eran dos maravillosas criaturas de largos cabellos ondulados como las olas, de cara de luna y de senos admirables y redondos y duros cual guijarros marinos; pero, desde el ombligo, carecían de las suntuosidades carnales que generalmente son patrimonio de las hijas de los hombres, y las sustituían con un cuerpo de pez que se movía a derecha y a izquierda, de la propia manera que las mujeres cuando advierten que a su paso llaman la atención. Tenían la voz muy dulce, y su sonrisa resultaba encantadora; pero no comprendían ni hablaban ninguno de los idiomas conocidos, y contentábanse con responder únicamente con la sonrisa de sus ojos a todas las preguntas que se les dirigían. […]”. (2)

Pese a esto, Hans Christian Andersen, en 1836, en el cuento de “La Sirenita”, avanza un paso más, haciendo alusión a que estos seres pueden comunicarse con los hombres; es decir, son capaces de entender y hablar la lengua humana.

En la lengua inglesa se utilizan dos palabras distintas para delimitar el concepto de “sirena”. Por un lado, “siren” designa a estas mujeres pájaro características de la mitología griega, que veíamos en el primer párrafo del discurso; mientras que “mermaid” refiere a los seres acuáticos, dotados de hermosura, que inundan las leyendas medievales y los cuentos infantiles. Esta distinción semántica, por desgracia, no existe en español, lo que provoca cierta confusión entre los hispanohablantes, predominado esta segunda acepción como referente social.

En alguna ocasión nos hemos cuestionado sobre su existencia: ¿mito o realidad? Sea cuál sea la respuesta, estos seres enigmáticos han sido la clave de numerosos relatos, de gran cantidad de narraciones literarias, dando vida a muchas leyendas y tradiciones de antaño. Solamente la Ciencia podrá despejar nuestras dudas al respecto, definiendo la verdad.

En la actualidad existen grupos de trabajo que han centrado sus investigaciones en este tema, y han marcado las pautas que nos llevan a pensar que hay cabida para estos seres, que se encuentran a grandes profundidades en el mundo marino. No obstante, nuestra mente puede seguir hilando fantasías, imaginando aquellos bellísimos cuentos que permanecerán constantemente en nuestra memoria. Una tradición que, hoy por hoy, continúa siendo el fruto de nuevas generaciones, que siempre recordarán el pasado con inquietud.

Referencias utilizadas

(1) Homero. La Odisea. Educar.org, 13 de marzo de 2005. Canto XII, v. 37.

(2) Las mil y una noches. San Juan de Puerto Rico: Biblioteca Digital Ciudad Seva, 10 de noviembre de 2010. Capítulo X: “Historia prodigiosa de la Ciudad de Bronce”.

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