El puerto de Trajano: ingeniería y patrimonio marítimo

Por Alberto Camarero, Universidad Politécnica de Madrid

Esta entrada es continuación de otra dedicada al puerto de Ostia, dentro de la serie de los puertos imperiales romanos.

Introducción 

Roma, en pleno apogeo de su expansión territorial, necesitaba un puerto que pudiera manipular un volumen de tráfico marítimo en constante crecimiento, asegurar el suministro de bienes y protegerse mejor contra las inclemencias del tiempo. Esto quedaría patente durante el reinado de Trajano (años 98 a 117 d. C.), cuando la arena depositada amenazó con dejar inservible el puerto, razón por la que fue inevitable acometer una serie de obras para solucionarlo.

El puerto de Trajano se puede considerar como una extensión del de Augusto, situado al noroeste del puerto original de Ostia, y representó un avance significativo en la infraestructura marítima del Imperio romano, convirtiéndolo en un nodo fundamental para el comercio y el abastecimiento de la ciudad imperial.

El puerto

En el año 113 d. C. el emperador Trajano comenzó a construir un segundo fondeadero, de forma hexagonal con 358 m de lado, más apartado de la costa y unido al precedente y al Tíber por la Fosa de Trajano (el actual canal de Fiumicino), facilitando el transporte de mercancías hacia y desde Roma. Este canal, equipado con esclusas, permitía un tránsito eficiente incluso en condiciones meteorológicas adversas, garantizando que los bienes pudieran llegar a su destino sin demoras significativas.

La dársena hexagonal permitió aumentar la capacidad de amarre y de manipulación de la carga, dotándolo de una mejor distribución del espacio portuario y del movimiento de las naves, lo que permitió un uso más eficiente del espacio y facilitó la maniobra de los barcos, ya que se permitía una mejor distribución de las cargas, así como el acceso más rápido y seguro a los muelles. La configuración hexagonal minimizaba el efecto del oleaje y de las corrientes, protegiendo las embarcaciones atracadas.

Grabado de 1571 representando los puertos de Claudio y Trajano, con la isla del faro y la Fossa Traiana, rebautizada Canal Fiumicino (Ambrosio Brambilia). Fuente: Wikimedia Commons

Una de las peculiaridades más significativas del puerto fue el monumental faro, similar al de Alejandría, que servía para guiar a los barcos durante la noche y en condiciones de poca visibilidad, y que se construyó sobre un barco hundido (el que había transportado el obelisco desde Egipto, en la época de Calígula, que actualmente se sitúa en la Plaza de San Pedro del Vaticano). Además, estas ayudas a la navegación se completaron con diversas torres de señales y marcadores que ayudaban a los navegantes a evitar los bancos de arena y otros peligros.

En el siglo II d. C., durante el gobierno de los emperadores Adriano, Antonino Pío y Cómodo, surgieron en el área septentrional de la ciudad gigantescos depósitos para almacenar el trigo y el resto de mercancías que se transportarían a la urbe, y que se denominaban horrea. Se trataba de estrechos almacenes de planta rectangular, dispuestos en torno a un patio porticado, con robustas paredes de piedra reforzadas con contrafuertes y con suelos levantados sobre pilares de ladrillo, que garantizaban la conservación de los productos almacenados.

Estado actual del pórtico de Claudio. Foto del autor

A todo ello se añadió una importante serie de obras complementarias, desarrolladas con la sofisticación de la ingeniería romana de la época, que permitieron una explotación y mantenimiento sumamente eficientes del puerto. Entre ellas se destacan los acueductos y los sistemas de alcantarillado, que garantizaban el suministro de agua constante y una gestión eficaz de residuos, cruciales para prevenir inundaciones y mantener operativas las instalaciones portuarias. Los ingenieros romanos también desarrollaron avanzadas técnicas de dragado para mantener el calado efectivo del puerto, permitiendo la entrada de barcos de mayor calado. Se construyeron instalaciones para reparación de barcos, talleres de mantenimiento y alojamientos para los trabajadores portuarios. 

El puerto de Trajano se convirtió entonces en el corazón del comercio romano. Este flujo constante de bienes no solo abastecía a Roma, sino que también estimulaba la economía de las provincias. Junto con una excelente logística permitió la rápida y efectiva distribución de los distintos géneros. Los bienes que llegaban al puerto se almacenaban en los horrea antes de ser transportados por vía fluvial o terrestre a Roma y otras partes del Imperio. Esta eficiencia de las operaciones portuarias fue básica para asegurar el suministro de productos esenciales a la población. Y todo ello unido a su consolidación como centro de comercio internacional, donde se reunían mercaderes de diversas culturas para intercambiar bienes, conocimientos y tecnologías.

Mosaico del puerto de Ostia. Fuente

Su declive vino de la mano de la decadencia del propio Imperio. Desde finales del siglo III, Ostia comenzó a entrar en decadencia. El brazo del Tíber, que pasaba por la ciudad de Ostia, se colmató de arena y se volvió impracticable. En poco tiempo la población disminuyó considerablemente y los negocios empezaron a cerrarse. Las invasiones bárbaras llevaron al abandono de la ciudad, a lo que se sumó el desvío del curso del río Tíber, que hizo perder al puerto su acceso directo al mar. Quedó totalmente abandonado en la Edad Media y durante el Renacimiento sus ruinas fueron saqueadas en busca de materiales de construcción. Sólo a finales del siglo XVIII los arqueólogos rescataron aquella ciudad olvidada, cuyos edificios y calles evocan magníficamente, como los de Pompeya o Herculano, la grandeza del Imperio romano en la Antigüedad.

Actualidad

Hoy, el sitio del puerto de Trajano es una fuente de descubrimientos arqueológicos, aunque hay escasez de visitantes. Las excavaciones han sacado a la luz una gran variedad de estructuras y artefactos que ofrecen una visión detallada de la vida en el puerto y su funcionamiento. Las ruinas de los almacenes, las instalaciones portuarias y las áreas residenciales han proporcionado una gran cantidad de información sobre la logística y la economía del momento.

Estado actual de las instalaciones del puerto. Foto del autor

Conclusión

No debemos olvidar que la conservación del puerto es fundamental para entender la historia marítima y comercial de Roma. El estudio continuo de este sitio arqueológico permitirá a los historiadores y arqueólogos comprender mejor las técnicas de construcción romanas y la organización logística del Imperio.

Estado actual del puerto Trajano. Foto del autor

Con todo, el puerto de Trajano no solo fue una obra maestra de la ingeniería romana, sino también un elemento crucial en el mantenimiento y expansión del Imperio romano. Su diseño avanzado y su capacidad para manejar grandes volúmenes de mercancías permitieron asegurar el suministro continuo de bienes a Roma, promoviendo su estabilidad política y su crecimiento económico. 

Su actual situación, olvidado entre edificaciones, carreteras, aparcamientos, y pistas del aeropuerto, no deben hacernos desfallecer en el compromiso que tenemos con la historia portuaria y marítima de Roma.

Vista aérea de la desembocadura del Tíber en Ostia. A la izquierda se ve el aeropuerto de Fiumicino y, en el centro, el lago Trajano. Fuente: Wikimedia Commons

Más información

DE LA PEÑA OLIVAS, J.M. Apuntes sobre el puerto de Ostia (el mayor puerto romano). Revista digital del Cedex, 2015, 178, 73.

HARBOUR of Trajano, The. Journal of Roman Studies, 1967, 57.

KEAY, Simon. Portus: An Archaeological Survey of the Port of Imperial Rome. British School at Rome, 2005.

TREGGIARI, Susan. Roman Freedmen during the Late Republic. Oxford: University Press, 1969.

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