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Sobre el año 330 a. C., Piteas (Pytheas, en su idioma natal) un comerciante griego nacido en Massalia (la actual Marsella), se embarcó en un asombroso viaje. Con su pequeña nave llegó mucho más allá de los límites conocidos del Mar Mediterráneo y recaló en tierras que parecían existir sólo en las leyendas. Cuando regresó, tanto su viaje, como el texto que sobre él escribió, así como las cosas increíbles que había presenciado, fueron debatidas durante siglos.

El derrotero de Piteas. Fuente

 

 El viaje

Apoyándose en diversos fragmentos dispersos, los estudiosos modernos han intentado reconstruir aspectos del viaje, aunque muchos detalles siguen siendo especulativos. Por ejemplo, el tipo de barco que Piteas pudo haber usado nunca se ha llegado a determinar con algún grado de certeza.

Estatua de Piteas en su Marsella natal

Tampoco conocemos su derrota precisa, aunque parece que comenzó su viaje desde Marsella, y llegó a Cádiz navegando hacia el oeste a través del Estrecho de Gibraltar (entonces conocido como las columnas de Hércules).

Ya en el Atlántico, navegó hacia el norte a lo largo de las costas occidentales de la Península Ibérica y parte de Francia, y es muy posible que tocara tierra en Bretaña. A partir de ahí, cruzó el Canal de la Mancha a un lugar al que llamó ‘Belerion’, que parece que es el actual Cornwall o Cornualles (en el suroeste de Inglaterra), donde presenció la extracción del estaño, uno de los metales mas deseados en la Antigüedad, y que dio origen a la famosa “ruta del estaño”.

Diodoro, otro autor de la Antigüedad clásica, usando la narración de Piteas, describe Inglaterra como “densamente poblada”, su clima “extremadamente frío” y sobre sus habitantes dice que eran un pueblo tribal gobernado por “muchos reyes y aristócratas ” que vivían en casas de “juncos o madera”, y llamó a la isla ‘Pretannia’. Otros autores como Estrabón escribieron Britannia, origen del actual nombre de Gran Bretaña.

Es muy probable que Piteas siguiera hacia el norte, a lo largo de la costa de Gales, de que llegara a la Isla de Man y navegara por la costa oeste de Escocia hasta las Hébridas, pero no está confirmado.

Durante el viaje también tomó una serie de lecturas latitudinales con su gnomon (un dispositivo diseñado para tomar medidas de la sombra del sol desde diferentes latitudes y así calcular la posición).

Piteas navegó durante seis días antes de encontrarse con una isla que llamó Tule, identificada tanto como Islandia, Groelandia o Noruega. De hecho, Tule (Thule o Tile) sigue hoy sin ser localizada de manera veraz, formando parte de las denominadas “islas fantasma”.

Tule en el atlas de Prunes, que aquí aparece denominada Tile.

Fue aquí, o en algún lugar de estos climas nórdicos, donde presenció un fenómeno totalmente extraño para los habitantes del Mediterráneo: la luz del día casi continua durante los meses de verano.

“no hay noches durante el solsticio cuando el sol está pasando por el signo de Cáncer y tampoco días durante el solsticio de invierno. Algunos creen que esto es cierto por seis meses continuos” (Plinio).

Hacia el norte, partiendo desde Tule, a un día de navegación pudo llegar al Océano Glacial Ártico congelado. En este punto es muy posible que las circunstancias geográficas y climáticas le impidieran seguir hacia el norte.

Al regresar de la isla de Tule, probablemente cruzó la costa este de Gran Bretaña, pero en lugar de ir hacia el oeste y dirigirse a su tierra, hay evidencia de que giró hacia el este, navegando a lo largo de la costa norte de Europa, incluso que avanzó hacia el Mar Báltico.

Sobre el Oceáno

Su narración del viaje, Sobre el Oceáno (Peri tou Okeanou en griego), documenta la navegación por mar hasta la actual Gran Bretaña, el Mar del Norte y la costa del noreste del continente europeo. Es quizás la descripción más temprana de las islas británicas y de sus habitantes. Desafortunadamente, el tratado no ha sobrevivido, y aunque es conocido desde la Antigüedad, solo nos han llegado fragmentos extraídos o parafraseados de otros autores clásicos (entre ellos cuatro grandes: Erastóstenes, Estrabon, Plinio el Viejo y Polibio).

Además de que es un relato de primera mano del viaje de Piteas, contiene una multitud de observaciones astronómicas, geográficas, biológicas, oceanográficas y etnológicas.

Partidarios y detractores

Estrabón, por ejemplo, afirmó en su famosa obra Geografía que Piteas era “el peor mentiroso posible” y que la mayoría de sus escritos eran meras “invenciones”, por lo que lo desacreditó y puso en duda la validez de su viaje. También Polibio lo cuestionó.

Recreación de lo que pudo ser la imponente Biblioteca de Alejandría. Fuente

Otros escritores clásicos, como el historiador Timeo, lo citó en repetidas ocasiones en su extenso tratado sobre la historia de la isla de Sicilia y del Mediterráneo occidental. El famoso responsable de la Biblioteca de Alejandría, el gran Eratóstenes de Cirene, también hizo referencia a Piteas en uno de sus tratados. Es muy posible que una copia de la obra llegara a las grandes bibliotecas de la Antigüedad, como la de Alejandría y la de Pérgamo, y que allí el propio Eratóstenes la consultara.

El legado de Piteas

Los fragmentos que sobreviven apuntan a una narración sobria y objetiva que contiene información valiosa para los científicos. Estos incluyen, por ejemplo, la influencia de la luna en las mareas, su descripción del sol de medianoche, sus medidas precisas de latitudes y sus representaciones etnográficas de los pueblos nativos. Por todo ello, fue además de un hábil navegante, un buen astrónomo y científico.

Otra estatua levantada en honor de Piteas

Hoy pocos historiadores y eruditos dudan de la veracidad de su viaje. Aunque el debate continúa girando en torno a los lugares que realmente visitó y otros detalles. Si fue concebido originalmente como una empresa económica, pronto se convirtió en una auténtica exploración en el verdadero sentido de la palabra, un intento de comprender y obtener conocimiento sobre el mundo a través de la observación directa, adelantándose muchos siglos a las exploraciones ilustradas.

Al hacerlo, Piteas jugó un papel importante en la desmitificación de estas extrañas tierras del norte que poblaban la imaginación del mundo griego, mitos que luego recogería intactos el mundo medieval, los adaptaría y plasmaría en sus textos y mapas.

Más información

GARLINGHOUSE T.S. On the Ocean: The Famous Voyage of Pytheas. Ancient History Enciclopedia. 2017.

LELEWER, J. Pythéas de Marseille et la géographie de son temps. París, 1836.

Dado el interés que ha tenido la serie de entradas sobre el mundo de las galeras, abrimos otra nueva etapa en la que nuestro experto Pedro Fondevila Silva, además de redactar los textos, los acompaña de dibujos realizados por él o bajo su dirección, muchos hechos expresamente para que se pueda entender mejor la forma de vida en estas embarcaciones.

Introducción

El conocimiento de las galeras españolas, en sus seis siglos de historia (ss. XII al XVIII), plantea al lector interesado algunas dificultades, muchas de ellas motivadas por el desconocimiento de los términos empleados en la denominación de las partes del casco, aparejos y maniobras, y porque éstos apenas tienen equivalencia en los diccionarios náuticos actuales. También, a pesar de que han sido las embarcaciones mediterráneas por excelencia y que en esta materia España tuvo mucho que aportar, apenas hay estudios académicos y científicos que avancen en el tema, siendo la mayoría de índole divulgativa y basados en trabajos anteriores, careciendo con frecuencia de consulta y análisis de la documentación histórica de la época, que por cierto es bastante escasa. Por ello trataremos de presentar al lector unos esquemas de algunos aspectos, para que se vaya familiarizando con las galeras.

Remos y remeros

Hasta mediados del siglo XVI las galeras navegaban a tercerol, es decir, con tres remos por banco manejado, cada uno por un solo remero. Los tres remos eran de diferente tamaño, lo cual complicaba la logística de los de repuesto. Aún no había aparecido el corredor que une la espalda con la corulla, el cual serviría de pasillo y de lugar de asiento y de dormir (en la ballestera) a la gente de guerra. La galaverna (un refuerzo que lleva el remo) servía para proteger al remo del roce con el escálamo o tolete, al que estaba unido por un cabo llamado estrobo, y con su zapatilla.

La boga a tres remeros en cada banco exigía una buena coordinación de éstos entre sí, lo cual solamente se alcanza con mucha práctica. De hecho, durante el reinado de Carlos I no se consideraba a la chusma (gente de remo) veterana hasta que hubiesen estado bogando un año.

Remeros voluntarios

Aunque anteriormente a este periodo hubo algunos casos de tener remeros que eran esclavos, prisioneros de guerra o condenados, la mayoría eran voluntarios que bogaban por sueldo y comida durante un tiempo convenido, normalmente durante el período del “mare apertum” (del 15 de marzo al 15 de octubre de cada año). Cuando se invernaba (“mare clausum”) la chusma y la mayoría de la dotación desembarcaba y la galera se guardaba dentro de una atarazana o se amarraba en el estuario de un río, con algunos guardianes abordo.

A estos remeros voluntarios se les empezó a llamar buenasboyas, italianismo procedente de la voz “bonavòglia” o “buonavòglia”. Estos se ajustaban en Italia a precios asequibles, especialmente en la costa del Adriático, pero en España, a partir del descubrimiento de América, los sueldos solicitados por los buenasboyas aumentaron a cantidades imposibles de pagar. La introducción de la llamada “pena utilitaria de galeras”, enviando a estas embarcaciones, de por vida o por cierto tiempo, a los delincuentes que antes se ejecutaban o mutilaban, solucionó la falta de remeros, aunque tuvo algunos inconvenientes.

Una hoja del libro de galeras nº 14.

La normativa

Los tratadistas sobre los forzados a galeras toman la disposición de Carlos I, de 31 de enero de 1530, como el origen de esta pena. En realidad este documento sólo trata de extender a todos los reinos de España lo que era norma en Castilla (ya que desde el 7 de marzo de 1503 la Reina Católica impuso este castigo).

Hay que decir que el rey Fernando el Católico había publicado en 1492 en Aragón, un documento conocido como “Contra el corso”, por el cual se ordenaba desarmar todas las galeras y libertar a los galeotes, con la excepción de “moros, judíos y esclavos”. Esto supuso una mengua en la marina aragonesa, corregida más tarde por lo dispuesto por Carlos I.

También este rey dispuso que los piratas y corsarios apresados en combate naval y los capturados por los paisanos, cuando naufragaban embarcaciones corsarias en la costa española, fueran presas de la Corona, estableciendo un precio fijo, que se entregaba a los captores. Con estos “esclavos del Rey” y con los forzados se cubrió la chusma de las galeras, empezando a desaparecer los buenasboyas.

El espacio donde vivían y bogaban

La figura superior detalla las banquetas (o remiches), con sus cueros rellenos de estopa para amortiguar la culada de los remeros. El cuero se dejaba colgar por la parte de atrás del banco, para proteger del viento a estos, que dormían hacinados en las banquetas.

Había que encadenar en la bancada a los forzados y esclavos del rey. Para ello se afirmó una branca (cadena con ramales) sobre la banqueta. Cada remero estaba sujeto a un ramal por la calceta (grillete fijo al tobillo del pie más próximo a la banda en la cual bogaba).

Movimientos para bogar

En las galeras siempre se bogó de pie y mirando a la popa. Los movimientos del remero, partiendo de la posición de sentado en el banco, eran:

  • entra voz para incorporarse y empujar el remo,
  • monta subir el pie, contrario a la banda, sobre el banco o la contrapeña de enfrente, y
  • casca, dejarse caer con fuerza hacia atrás sobre el banco, tirando del remo sin flexionar los brazos y empujando con el pie.

En realidad la maniobra era un poco más complicada, pues hay que considerar el uso de la peaña y de la contrapeaña. Por otra parte, esa historia sobre que a la chusma se le metía un corcho en la boca para que no gritasen, es falsa, pues a las primeras paladas estarían agotados.

Galeote español. Obra de Christop Weiditz (1528/1529)

La vestimenta de los galeotes

La chusma bogaba completamente desnuda. En estas dos imágenes (superior e inferior) los galeotes aparecen con la “ropa del Rey”: el bonete, que debía ser colorado, la almilla, sin mangas, del mismo color, y el calzón, normalmente de anjeo. Los forzados o esclavos del Rey en la imagen portan barriles chatos para hacer la aguada, con los témpanos elípticos para poder estibarlos bajo la banqueta o remiche. Los dos galeotes bogan en la banda siniestra de la galera, pues llevan la calceta en el tobillo izquierdo. Podemos apreciar que habían introducido harapos entre la calceta y el tobillo para no llagar este.

Galeote español. Obra de Christop Weiditz (1528/1529)

Nota:

Rogamos a nuestros lectores que si hacen uso de la información y/o de las imágenes que aquí aparecen, por favor citen esta entrada. Añadimos la referencia bibliográfica, que se puede adaptar a los distintos sistemas de citación:

FONDEVILA SILVA, P. Los remeros de las galeras del S. XVIII. Blog de la Cátedra de Historia y Patrimonio Naval. 2018. Disponible en: https://blogcatedranaval.com/2018/01/07/remeros-en-las-galeras-del-s-xvi/

La Biblia no nos proporciona suficientes datos para poder averiguar el tipo de nave que puso a salvo a Noé, a su familia y al resto de las parejas de animales que en ella embarcaron, pero adentrándonos en las culturas del creciente fértil (la antigua Mesopotamia) es posible, a través de algunos de los textos que se han conservado, conocer de qué tipo pudo ser la famosísima arca de Noé.

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Representación del arca en la Miscelánea de Trevelyon, 1608

La tablilla que lleva todos los datos

Como en un cuento sacado de las mil y una noches, hace ya muchos años fue un soldado británico apellidado Simons, aficionado a comprar antigüedades en los mercadillos del oriente próximo, donde estaba destinado, quien encontró la tablilla que hoy nos puede ayudar a conocer qué tipo de barco podía ser el arca. Lejos de saber su importancia la guardó y tras su muerte la heredó su hijo, que en 1985 se dirigió al Museo Británico para conocer si ésta y otras piezas que había coleccionado su padre tenían alguna importancia.

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El arca en un dibujo francés del S. XVII

Afortunadamente se entrevistó con un conservador, I. Finkel, cuyo máximo interés profesional era la escritura cuneiforme, en la que estaba escrita la tablilla que él portaba. Finkel se dio cuenta enseguida de la importancia del hallazgo.

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La tablilla Simons, que contiene la historia de un profeta que recibió la orden de construir una nave para salvar del diluvio la vida en la tierra.

Era una tablilla de pocos centímetros que contenía un texto de gran relevancia: la epopeya de Atrajansis (en otras tablillas se llamaba Gilgamesh), que recibió el encargo divino de construir una nave y embarcar en ella una pareja de animales de todas las especies, ya que se avecinaba un potente diluvio que inundaría la tierra.

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Dibujo del S. XVII sobre la construcción del arca. Fuente: BDH.

La relevancia de la tablilla Simons está en que en ella se recogen formas y materiales que se debían utilizar para la construcción de la nave, que en otras no aparecen, con lo cual se convierte en una excelente fuente de información. No deja de ser curioso que una pequeña tabla de estas características, fuera en otro tiempo un soporte donde los niños aprendían la escritura cuneiforme babilónica, y que gracias a ella tengamos noticias de esa época.

La nave

Según la tablilla, la embarcación debía ser parecida a un coracle (también conocido como gufa o kufa), similar a los que todavía existen en Basora (Irak) o en la India.

Coracles actuales en el río Cauvery (o Kavery), en la India

Tras el hallazgo, Finkel, con ayuda de otros expertos como Vidoni y Vasmer, se propusieron en 2013 construir una nave similar. Para llevar a cabo la réplica del arca los investigadores se desplazaron a Kerala (en la India), donde existe una fuerte tradición de construcción de estas embarcaciones a la manera tradicional.

Localización de la región de Kerala, en el suroeste de la India

Aunque las gufas suelen tener entre 3 y 4 metros de diámetro, la que se  construyó para emular la del arca era de 12 metros. Supuso partir de 60 cuadernas, con un gasto de unas 17 toneladas de madera. No contaba con una quilla que le proporcionara estabilidad, pues al ser redonda no era posible. Para unir las cuadernas se utilizaron, como aparece en la tablilla, cuerdas y juncos, que se iban enrollando en espiral, y luego, para impermeabilizar, se usó betún (unas 9 tm.).

Al no tener quilla, su traslado al mar era complicado, por lo que se construyó una plataforma para poder desplazarla hasta el agua. Un fallo de ésta fue una de las causas, junto con un problema en la impermeabilización, las que hicieron que en un primer momento la gufa se llenara de agua. Tras achicarla se mantuvo estable, demostrando que este tipo de embarcación podía haber sido la de la famosa arca de Noé.

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Réplica del arca reconstruida a partir de una tablilla babilónica

De esta manera, si nos atenemos a lo que la tablilla Simons contiene, el arca pudo ser un barco redondo, similar a las actuales gufas, aunque bastante más grande.

La Cátedra de Historia y Patrimonio Naval les desea

¡FELIZ AÑO NUEVO 2018!

navidad 2017

Fuente de la imagen: El golfo de Botnia helado (al norte del Mar Báltico). Detalle de la 2ª edición del “Mapa del Mar” (1572) de O. Magnus, historiador y geógrafo. Biblioteca Nacional de Suecia.

 

Fuente de la imagen: Salterio del S. XIII, depositado en la Biblioteca Nacional de Baviera.

 

La cartografía es una disciplina que, además de proporcionar disfrute estético, sirve como evidencia, como foto fija de cómo se entendía el mundo, o la zona cartografiada, en un momento de la Historia. Este es el caso del mapa que aquí nos ocupa, y en el que podemos observar cómo se veían las últimas islas recién descubiertas o detectar ciertos errores geográficos propios de la época.

Bajo la denominación de “Mapa nuevo y preciso del mundo”, Nicolaas Visscher (1618-1679) publicó en 1658 esta ilustración (muy influenciada por la obra del gran Blaeu, y en especial por su mapa mundi publicado diez años antes). Visscher pertenecía a la tercera generación de una prominente familia de cartógrafos, en plena edad de oro de la cartografía holandesa, conocidos por la exactitud de sus mapas y la innovadora ornamentación de sus obras.

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El mapa mundi de Visscher (1658)

Este mapa representa el mundo como era conocido a mediados del siglo XVII. El orbe terrestre aparece en forma de dos grandes hemisferios, oriental y occidental, con las proyecciones polares norte y sur más pequeñas.

El polo norte en el mapa de Visscher

Han llegado varias copias, unas mas iluminadas que otras (puede verse al final otra copia con dibujos coloreados a mano), pero todas representan de manera fidedigna los conocimientos geográficos occidentales que había en ese momento. Prueba de ello son, por una parte que han incluido los últimos descubrimientos en el continente austral, y por ello se convierte en uno de los primeros mapas del mundo que muestra los resultados de los viajes de exploración de Abel Tasman en 1642-43 y 1644: el descubrimiento, entre otras, de la isla que luego se llamaría Tasmania.

Debajo de la actual Australia (Nueva Holanda antes) se puede distinguir la silueta sin terminar de Tasmania, la tierra que descubrió A. Tasman

Otra característica de la cartografía de esa época es la creencia de que California era una isla alargada, muy cercana al continente americano, en lugar de una península, como se descubrió posteriormente. En la siguiente ilustración puede verse claramente el error.

isla de California

Se puede observar que la actual península de California aparece como una isla en este mapa holandés del siglo XVII

Esta imagen también denota diversas inexactitudes y muestra que no se habían descubierto todavía las tierras polares, como por ejemplo una parte importante de Alaska. El oriente asiático tampoco está muy exacto, posiblemente porque era la parte menos explorada.

Asia oriental en el mapa de Visscher.

Como parte de los cartógrafos del momento, se ocupó en adornar el mapa con preciosos grabados de escenas clásicas, obra del holandés Nicolaes Berchem, tales como el rapto de Persefone, Zeus siendo llevado a través de los cielos en un carro tirado por águilas, Poseidón al mando de su séquito y Démeter recibiendo los frutos de la Tierra.

mapa coleras

Poseidón, el dios del mar, y su séquito

La ornamentación y los símbolos pictóricos de relieve, la separación de los hemisferios oriental y occidental en círculos y el uso de dos esferas separadas para representar las regiones polares son notables en este «mapa nuevo y totalmente preciso del mundo», al igual que su disposición a incorporar la información geográfica más reciente disponible y de utilizar una alta calidad en el grabado.

Copia del mapa coloreada a mano, que pertenece a la colección del Banco Nacional de Australia

Antes de finalizar el año del 300 aniversario de la creación de la Real Compañía de Guardiamarinas y Academia de formación, queremos dedicar una nueva entrada a un pasaje poco conocido de esta insigne institución, y que está basado en un texto enviado por el Dr. Francisco Moreo Moreno.

En 1719, casi recién inaugurada la Academia gaditana entraron en ella 22 cadetes rusos para seguir el programa de formación para oficiales en España. El propio zar Pedro I había solicitado su ingreso al rey español, dado el reconocimiento que había adquirido la Academia, a pesar del poco tiempo transcurrido desde su apertura. Sin embargo, el plan no salió como estaba previsto.

Un mapa del imperio ruso

La nobleza rusa al servicio de la corona

Pedro I entendió desde el principio que para conseguir el engrandecimiento y el ascenso de Rusia a rango de potencia internacional necesitaba, además de la modernización del Ejército, crear una potente Armada, de la que carecía. La formación de una oficialidad competente para mandar los buques que se estaban construyendo pasaba, por lo tanto, a ser un asunto prioritario.

El zar Pedro I dibujado en el mapa anterior

En Rusia los hijos de la nobleza eran educados para el servicio naval en la Escuela de Ciencias Matemáticas y Navegación, que había sido fundada en 1701 en la Torre Sukharev de Moscú. Pero además también se enviaron jóvenes de la nobleza boyarda al extranjero, en busca de una mayor preparación en diferentes armadas europeas.

Cartela de un mapa de inicios del S. XVIII

Desde Venecia a España

De estos jóvenes enviados a formarse fuera de las fronteras rusas, un grupo llegó a Venecia para ingresar en su Armada, pero la firma del tratado de paz de Passarowitz (1718) puso fin al conflicto armado entre la República de Venecia y el imperio turco, lo que supuso el amarre en puerto de la flota y la consiguiente inactividad de la misma.

San Petersburgo en 1717

Plano de San Petersburgo en 1717.  El zar Pedro I la nombró capital del imperio ruso, y en su orilla sur se estableció el Almirantazgo y el astillero. Fuente

Los ministros del zar pensaron que ya no tenía sentido la permanencia allí de estos cadetes, por lo que se decidió que prosiguieran su formación en la prestigiosa Academia de Guardiamarinas de la Real Armada Española. En la carta enviada por el príncipe Kurakin se exponía que:

“En la seguridad que en el reino de España, se daban a menudo, las contiendas terrestres y navales que se necesitaban para la adquisición de la experiencia y conocimientos prácticos que se requería para la formación de los militares rusos”.

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Planos de la fragata rusa llamada “Shtandart”, cuyo primer comandante fue el mismo Pedro el Grande en 1703. Astillero de Olonets. Fuente: Exponav.

Por lo que el rey español ordena que sean admitidos los veintidós moscovitas en la Compañía de Guardiamarinas: 

con el mismo goce que los demás cadetes, debiendo entender el goce, como el sueldo y el pan de munición, que tienen los demás cadetes y que los haga poner a todos juntos en una o dos Casas, o más si fuere necesario y que asistan a las clases con los demás”.

En la Academia de Cádiz

Llegaron a Cádiz el 5 de julio de 1719, aunque no toman asiento (se inscribieron) hasta el 15 de agosto en la Academia, para seguir el plan de formación de los oficiales españoles. Sin embargo parece que no fue satisfactoria su permanencia allí, por lo que pronto solicitaron el traslado. Varios factores confluyeron para que su estancia no fuera tal y como estaba prevista: el desconocimiento del idioma, acusadas diferencias en la edad con respecto a los guardiamarinas españoles (la media de edad a su llegada a la Academia era de 22,5 años, frente a los 16,5 años de los naturales), la imposibilidad de realizar embarques hasta no ser superados los estudios teóricos e insalvables dificultades económicas.

Mapa de Cadiz

Carta manuscrita de Cádiz

Todos ellos amargaron la vida de los cadetes rusos desde el primer momento, lo que unido a que no pudieron participar en combate alguno, les terminó impulsando a dirigir una carta de súplica a su ministro responsable, implorando la baja en la Real Compañía de Guardiamarinas. La petición les fue concedida, abandonando definitivamente la Compañía el 28 de febrero de 1720, para proseguir su formación en Holanda e Irlanda.

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Plano de la ciudad al inicio del siglo XVIII.

Hay que tener en cuenta que los cadetes rusos eran ya militares con experiencia en combate, adquirida en los dos años de permanencia en la escuadra veneciana y en anteriores destinos. Lo que contrastaba con la nula experiencia que en este sentido tenían mayoritariamente los jóvenes cadetes españoles, con menor edad y experiencia. Pero la cuestión más importante fue la falta de asignación presupuestaria a cada uno de ellos, por parte del Zar, para el mantenimiento decoroso y básico de éstos.

A continuación exponemos a relación nominal tal y como fueron inscritos en su momento, su edad y la transcripción real de cómo eran sus verdaderos nombres.

Más información

ALAMPARTE GUERRERO, A. Guardiamarinas rusos en el Cádiz de 1719. Revista de Historia Naval, 2001,  nº 72,  p. 10.