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Juana, conocida como “la Loca”, aunque parece que nunca lo fue, tuvo una vida muy interesante y uno de sus muchos aspectos fue el viaje que hizo a Flandes para conocer a su futuro marido, Felipe llamado “El Hermoso”. Posteriormente fue nombrada reina de Castilla, Aragón y Navarra, como lo atestiguan multitud de documentos firmados por ella con ese título.

Juana pintada por Juan de Flandes (Museo de arte de Viena). Fuente

El matrimonio de Juana y de Felipe formaba parte de la política llevada a cabo por los padres de ella, los Reyes Católicos. Para aislar al trono de Francia, en el año 1495 decidieron celebrar dos esponsales, casando a dos de sus hijos, Juan y Juana, con dos miembros de la dinastía Habsburgo, Margarita y Felipe respectivamente, que también eran hermanos. Este acuerdo fue el punto de arranque para la organización de una flota que trasladara a ambas novias, de modo que llevara a Juana hasta Flandes, y de regreso embarcara a Margarita para que llegara a territorio castellano.

Lo que inicialmente fue un traslado real, que se conoce como la “flota de Flandes”, terminó generando una serie de desencuentros, que acompañados de tormentas y naufragios pusieron en peligro la vida de la futura reina Juana. Además, el tiempo previsto en hacer el recorrido de ida y vuelta se multiplicó.

La formación de la flota de Flandes

Los primeros pasos para la formación de la armada se dieron en septiembre del año 1495. El puerto de partida elegido fue Laredo, tanto por sus buenas comunicaciones con Burgos como por su importante actividad comercial.

A comienzos de julio del año siguiente la armada estaba compuesta por dos carracas genovesas de 1000 toneles cada una, 15 naos de entre 200 y 280 toneles, salvo una que alcanzaba los 760 y otras dos que tenían unos 400 toneles de capacidad, 5 carabelas de 75 toneles y 20 pinazas auxiliares. Como precaución complementaria, debido al enfrentamiento con Francia, los reyes dispusieron que la acompañara una abundante cantidad de embarcaciones mercantes, algunos de ellos también artillados. En esa enorme flota, de unas 100 naves, predominaban las de mayor porte, con gran potencia de fuego.

Una carraca del siglo XV (Fuente: Biblioteca Nacional de Francia, ms. lat. 6142, fº B vº)

Provisiones y armamento

A la siempre complicada tarea de armar una gran flota, y ésta lo era, debemos sumar la necesidad de acondicionar una nave digna del lujo y confort adecuado a una infanta y a la pequeña corte que la rodeaba. La selección y compra de todo el ajuar, joyas y objetos de la cámara y séquito se confió a personas muy cercanas de los reyes.

Era la armada más poderosa de las que habían fletado hasta entonces los Reyes Católicos, además de tener el mejor armamento, nuevo, con mucha artillería, y la fuerza militar más potente a  bordo. El Almirante Fadrique Enríquez (primo hermano del rey) estaba al frente de la expedición.

Tripulantes

Además de los 2260 tripulantes, se embarcaron una fuerza de 2250 de tropa. La corte de Juana estaba compuesta por unas doscientas personas. Si a ellos sumamos las tripulaciones y comerciantes que iban en los más de cincuenta barcos de la flota mercante que la acompañaron, obtenemos una media de unos 12000 embarcados.

La partida y el viaje

La armada zarpó de Laredo el 22 de agosto de 1496. El viaje fue un poco agitado ya que en el camino se toparon con vientos y tempestades que hicieron necesario parar unos días en el puerto inglés de Portland. Cuando la flota se acercaba a Midelburgo, el barco que llevaba el ajuar de Juana chocó contra un banco de piedras y arena a causa de un temporal y se hundió. Tras superar los peligrosos bajíos de la costa flamenca y llegar al puerto de Midelburgo, una nueva tormenta azotó a la armada, aunque se pudo superar sin pérdidas notorias. Desde allí se dirigieron a la corte flamenca, situada en Bruselas, pero su futuro esposo no estaba y tuvo que esperarlo en un convento. Ella sólo tenía 16 años.

La infanta Juana embarazada

El viaje de vuelta

Tras dejar a Juana, la armada zarpó de vuelta en febrero de 1497 aprovechando una pausa de buen tiempo. Este trayecto tampoco fue sencillo y una fuerte tormenta hizo pensar en que iban a naufragar. La infanta Margarita, con intención de que su cuerpo fuera reconocido si moría, escribió en una tablilla un mensaje que sirve además para conocer parte de su vida “aquí yace Margarita, gentil damisela, dos veces casada y muerta doncella”. La Armada hizo una parada en el puerto inglés de Southampton, llegando a Santander en los primeros días de marzo de 1497.

Nada salió como se había planificado, pues la partida se debía haber producido en abril, y las provisiones de un viaje que esperaban durara tres meses se mostraron insuficientes para los ocho que finalmente transcurrieron hasta el regreso. Los gastos, como era habitual, se cargaron en su mayor parte a la Hacienda real castellana y ascendieron a unos 67 millones de maravedís (180.000 ducados). Aproximadamente (y según equivalencias) fueron unos 30 millones de euros.

El heredero del trono y primogénito de los Reyes Católicos, Juan, acababa de morir; su viuda decidió volver a su patria y Juana se terminó convirtiendo en reina de Castilla, Aragón y Navarra.

Monumento a la reina Juana en Tordesillas (España)

Para concluir

No es raro que reyes, infantes y aristocracia en general fuesen bastante reacios a los viajes en barco, más allá de acontecimientos muy importantes, puntuales e imprescindibles (bodas o traslados para tomar posesión de un territorio). A las inseguridades del viaje en sí, se unían los peligrosos y devastadores factores climatológicos y la gran incomodidad, por el exiguo espacio físico donde era imposible mantener la “distancia” social y decoro de clase que en esa época era habitual. Así que este largo viaje de la futura reina fue todo un acontecimiento.

Más información

LADERO QUESADA, Miguel Ángel. La armada de Flandes: un episodio en la política naval de los Reyes Católicos (1496-1497). Real Academia de la Historia, 2003.

LEÓN GUERRERO, María Montserrat. La Armada de Flandes y el viaje de la princesa JuanaRevista de Estudios Colombinos, 2009, 5, p. 53-62.

MANSO OSUNA, Javier. Breve historia de Juana I de Castilla. Ediciones Nowtilus SL, 2019.

ZALAMA RODRÍGUEZ, Miguel Ángel. Colón y Juana I: los viajes por mar de la reina entre España y los Países BajosRevista de Estudios Colombinos, 2009, 5, p. 41-52.

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Con esta entrada iniciamos la temporada de septiembre y dejamos atrás las series del blog de la Cátedra que se han ido publicando a lo largo del mes de agosto. A quiénes han disfrutado de vacaciones, esperamos que éstas hayan sido de su agrado. Aprovechamos también para desear a todos nuestros lectores que el mes que comienza mañana llegue cargado de fuerzas y energía.

Aunque esta palabra ya ha dejado de usarse, un barco iba azorrado cuando portaba más carga de la que podía llevar. También podía suceder cuando llevaba más vela de la necesaria. “Igualmente se usa de este modo, hablando del tiempo, cuando aparenta mal semblante” (O’Scanlan, 1831, p. 70).

Una nave sobrecargada que se va hundiendo

García de Palacio, en el siglo XVI, decía que esta situación se daba cuando iba “fuera de andana, muy sobrecargado, embalumado en tal manera que anda mal a la vela y govierna peor” (Instrución náuthica para el buen uso y regimiento de las naos, su traça y govierno, 1587, fol. 149r).

En esta situación puede apreciarse que el casco está más metido de lo que determina su línea de agua o de flotación. Es decir, que una parte de la obra muerta está sumergida. En náutica, la obra viva es la superficie sumergida de un buque (calado). Es la parte del casco que, de forma permanente y con la máxima carga admisible, está debajo del agua. En contraposición, se denomina obra muerta​ a la otra parte del casco que está fuera del agua, de forma permanente, cuando está a plena carga.

Obra viva y obra muerta en una embarcación. Adaptado de nauticajonkepa

Una sobrecarga muy elevada puede suponer que la embarcación vuelque. Aunque antes era extraño ver esta situación, en la actualidad, debido a intereses espurios, a veces nos llegan imágenes de barcos que transportan más pasajeros o más carga de la establecida y suelen tener un mal final.

Naves que iban azorradas

Aunque hay más ejemplos en la historia de la navegación, una de las embarcaciones más conocidas es la que formó parte de la flota que circunnavegó la Tierra por primera vez con Magallanes y Elcano. Pigafetta, su cronista, narra que una vez que consiguen llegar a las Molucas, llenaron de clavo los almacenes de dos naos, Trinidad y Victoria, y a pesar de que recibieron instrucciones de no hacerlo, las sobrecargaron. La Trinidad pronto dio síntomas de no poder con tanto peso y debió ser descargada y reparada, lo que duró tres meses.

Otro buque famoso, que iba sobrecargado de inmigrantes, fue el Sirio, que naufragó en Cabo de Palos en el año 1906.

Planos del Sirio. Fuente

Origen del término

Pezzi habla del origen árabe del verbo azorrar, que parece que su sentido originario debió de estar referido al exceso de la carga soportada e incluso a la mala disposición de la estiba, puesto que el adjetivo zorrero sirve para calificar al ‘buque pesado’. Procede del verbo árabe zarra, tomado en su forma pasiva zurra “ser amontonado, apretado, ser reafirmado, haberse hecho más sentado”, lo cual equivaldría a “ser cargado con exceso”; incluso zarra tiene una acepción muy concreta como “amontonar arrojando cosas en confusión, mezcladamente y deprisa”, que constituye una definición exacta de cómo no debe hacerse nunca la estiba de un buque.

En este barco ruso se puede apreciar perfectamente la diferencia entre la obra viva (rojo) la línea de flotación (blanco) y la obra muerta, pintada en color negro. Fuente

Otros significados

Fuera del ámbito marinero se refiere a una persona ebria, achispada, borracha, beoda, jincha o bebida, y a su vez el que toma cualquier bebida alcohólica de manera excesiva. En el Diccionario de Autoridades de 1726 se dice que esta voz era de uso familiar y está formada de la partícula A, y del nombre Zorra, que metafóricamente se toma por borrachera: y por eso comúnmente se aplica al que está borracho, definiendo al que está azorrado o que tiene zorra. También se considera azorrarse como estar dormido, y casi sin el uso libre y entero de los sentidos, por tener muy cargada la cabeza, por causa de alguna enfermedad o accidente o por razón de la pesadez del tiempo.

Por último mencionaremos a González Lechosa, que asimila el verbo azorrar con “achantar” en gallego y Martínez García, para el asturleonés, con “retraerse”.

Más información

GONZÁLEZ LECHOSA, Fernán. Vocabulariu marineru de Cimavilla (Xixónl. Lletres asturianes: Boletín Oficial de l’Academia de la Llingua Asturiana, 1989, 31, p. 95-119.

MARTÍNEZ GARCÍA, María Hortensia, et al. Contribución al léxico asturleonés: vocabulario de Armellada de Órbigo. Lletres asturianes: Boletín Oficial de l’Academia de la Llingua Asturiana, 1985.

O’SCANLAN, Timoteo. Diccionario marítimo español, que ademas de las definiciones de las voces con sus equivalentes en frances, ingles e italiano, contiene tres vocabularios de estos idiomas con las correspondencias castellanas, etc. En la Imprenta Real, 1831.

PEZZI, Elena. Aportaciones árabes en el arte de navegar: voces náuticas de origen árabe. Granada: Universidad, 1985.

PUJOL PAYET, Isabel y ROST BAGUDANCH, Assumpció. Verbos parasintéticos neológicos en el español del siglo XIX: el Diccionario Nacional de DomínguezHerencia e Innovación en el español del siglo XIX, 2017, p. 263.

VILLAAMIL, Fernando. Viaje de circunnavegación de la corbeta Nautilus. Editorial MAXTOR, 2009.

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En el mundo de las galeras se generó un lenguaje especializado, recogido en el Diccionario Español de la Lengua Marinera Mediterránea, del que podemos extraer algunos términos de mucho interés dentro del mundo naval, como son los vinculados con el mando de estas naves. Por ello traemos a colación una voz, cuatralbo, y otra similar, dosalbo (con grafía diferente según los documentos, ya que la b y la v se van intercambiando). A pesar de que estuvieron en uso durante siglos y de que aparecen en multitud de documentos de la época, la bibliografía apenas se ha ocupado de ellas, por eso esta semana la dedicamos a explicar su significado.

Detalle de unas galeras. R. Monleón. Museo Naval de Madrid

El general

La persona al mando de la escuadra era el Capitán General de las Galeras, algunos de los más conocidos son Álvaro de Bazán el Viejo y su hijo de igual nombre y primer apellido. José Manuel Marchena dice que “es importante distinguir entre lo que era el mando de la escuadra de galeras, o de parte de ella, y el mando efectivo de cada una de las galeras, como unidad de navegación”.

Así, existían comandantes que encabezaban agrupaciones de naves, que cuando capitaneaban dos unidades les correspondía el nombre de dosalbo, y cuando eran cuatro las galeras, se denominaba cuatralbo. Por lo tanto, “entre la máxima autoridad, el capitán general, y los capitanes de galera se situaban los cuatralbos y dosalbos, capitanes de mayor experiencia que tenían a su mando parte de la escuadra –cuatro y dos galeras respectivamente, en la mayor parte de las ocasiones, respondiendo a una cuestión de táctica y organización–“. 

Cuatralbos

Un buen ejemplo de este tipo de capitanes es Martín de Padilla, un importante marino de la corte de Felipe II, que en 1567 fue nombrado cuatralvo de las galeras de Sicilia, y que en 1569 participó de forma destacada en la represión de la revuelta de las Alpujarras, al mando de las tropas de marinería, bajo las órdenes de Juan de Austria (Pajares, 2018). También Francisco de Benavides (Bauer, 1921) y el marqués de Alconchel, fueron cuatralvos de las galeras de España, el primero durante el siglo XVI y el otro en el XVII.

Portada del libro de Bauer de 1921 sobre uno de los cuatralbos de galeras

Dosalbos

En cuanto a los que mandaban sobre dos unidades, otro capitán, Luis de Velasco fue nombrado en 1621 dosalbo de las galeras Santa María y Santiago, de España. Igualmente, el marqués de Montealegre, fue dosalvo de las galeras de Nápoles en el año 1645.

Flota de galeras, escoltadas por una carabela. Obra de Brueghel (S. XVI)

Estos términos, dosalbo y cuatralbo, también hacen referencia, en un ámbito disciplinar distinto, a equinos que tienen las dos o las cuatro patas blancas.

Más información

BAUER LANDAUER, Ignacio. Don Francisco de Benavides cuatralvo de las galeras de España. La marina española en el siglo XVI. Madrid: Imprenta de Jesús López, 1921.

FONDEVILA SILVA, Pedro. Diccionario español de la lengua franca marinera mediterránea. Murcia: Fundación Séneca, 2011.

MARCHENA GIMÉNEZ, José Manuel. La vida y los hombres de las galeras de España (siglos XVI-XVII). Madrid: Servicio de Publicaciones de la Universidad Complutense, 2011.

PAJARES GONZÁLEZ, Álvaro. La importancia de las redes clientelares en la España Moderna: el duque de Uceda y la sucesión de los condados de Buendía y Santa Gadea. En: FORTEA PÉREZ, J.I., et al. Monarquías en conflicto. Linajes y nobleza en la articulación de la Monarquía Hispánica. Cantabria: Fundación Española de Historia Moderna – Universidad de Cantabria, 2018, p. 697-711.

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Recientemente se ha publicado un libro que relata con exquisito detalle y excelente capacidad analítica el uso que se le dio a la madera procedente de la Sierra de Segura en los arsenales militares españoles durante la época ilustrada. Titulado La Provincia Marítima de Segura y la Marina de la Ilustración. La contribución de las maderas de Segura de la Sierra a la construcción naval del siglo XVIII, es fruto de años de búsqueda incansable en archivos y de un concienzudo trabajo de análisis e interpretación de las fuentes, realizado por el Dr. Vicente Ruiz García. Aunque se circunscribe preferentemente al ámbito geográfico-administrativo de la que fue la Provincia Marítima y a los años de 1733 a 1836, el análisis de los distintos aspectos y variables que realiza le dan a la obra una proyección más allá del espacio natural y cronológico que abarca. Se trata de una monografía que pone de manifiesto importantes claves para el entendimiento de temas tan relevantes como la explotación forestal, el poder naval o la resistencia popular en la España del Antiguo Régimen.

El autor, además de realizar un magnifico estudio sobre el alcance y la contribución de las maderas de Segura de la Sierra a la construcción, y sobre todo el mantenimiento de los buques de la Real Armada en la segunda mitad del siglo XVIII, tiene entre sus objetivos desterrar algunos mitos y tópicos que una pobre historiografía sobre el tema ha permitido que se perpetúen a lo largo del tiempo, llegando incluso hasta nuestros días. La contundencia y la calidad de la documentación que utiliza, junto con un estudio pormenorizado y preciso, da luz sobre, por ejemplo, a la manida aseveración de que la Marina fue la culpable de la devastación de los montes de Segura, demostrando en un análisis comparativo y en perspectiva, dónde han estado realmente los hechos que han sido determinantes sobre estos espacios naturales a través del impacto humano, destacando sobremanera la puesta en marcha y el desarrollo del ferrocarril, ya en el siglo XIX.

Localización de la Sierra de Segura

La construcción naval

A comienzos del siglo XVIII, con la llegada de los borbones a España y las reformas llevadas a cabo, entre muchas otras, en el ámbito de la Armada, los Reales Arsenales fueron los principales consumidores de este indispensable género y el auténtico corazón de la nueva política naval. Pero lo que realmente daba vida a estos enclaves era la llegada de un correcto abastecimiento de materiales a través de las distintas arterias que irradiaban a su alrededor, o más allá de estas instalaciones y su Departamento. De esta manera, eran sus latidos y el ritmo de éstos, en cuanto a la construcción y el mantenimiento de los buques de rey, los que podían determinar, en un alto porcentaje, el éxito o fracaso de las estrategias y tácticas navales marcadas por los acontecimientos bélicos.

Podemos resumir en tres los problemas fundamentales del abastecimiento de maderas en esta época:

  • a) si los recursos forestales existentes cubrían las necesidades, especialmente de arboladura y tablazón;
  • b) la distribución, ya que es más costoso el transporte hasta los arsenales que la propia corta y preparación de la misma; y
  • c) la política, donde se ponía de manifiesto la autoridad a través de los problemas jurisdiccionales y sociales que iban surgiendo, a partir de los distintos intereses sobre las demarcaciones de los espacios naturales creados.

Una nueva Armada

El estado y puesta a punto de esta nueva y reorganizada Real Armada, cada vez con más unidades, se reflejaba en el de sus arsenales peninsulares y el de La Habana, siendo el objetivo prioritario avituallarlos. Se hizo un gran esfuerzo por disminuir el tiempo de llegada de los distintos géneros y el abastecimiento regular de éstos. También se mejoró notablemente la calidad en la construcción de los buques, gracias a los nuevos aportes técnicos, y comenzó la preocupación por mantener en buenas condiciones la flota, como lo reflejan las continuas alusiones al control y realización de carenas, recorridas o cambio de zapatas, sobre todo en navíos y fragatas.

Cuando Felipe V puso en marcha toda la maquinaría de reformas que pretendían cambiar la organización del Estado, no sabían las poblaciones de la comarca histórica española de la Sierra de Segura que iban a pasar a jugar un papel importante y estratégico en ciertos ámbitos económicos, y sobre todo marítimos de la Monarquía. La universal Sevilla, a través del establecimiento del Negociado de Maderas dependiente de la Real Hacienda en 1733, y los arsenales de Cádiz y Cartagena, con la promulgación de las Ordenanzas de Montes y la creación de la Provincia Marítima en 1748, tendrán un protagonismo relevante en sus bosques y sus gentes.

Sierra de Segura

Las maderas de la Provincia Marítima de Segura

Esta obra deja también patente que la contribución de las maderas de Segura para la construcción y mantenimiento de las embarcaciones de la Real Armada española, no fue anecdótica. Ahora bien, sería erróneo pensar que ésta supuso cuantitativamente una cifra muy importante y que se mantuvo presente a lo largo del todo el período. Esta masa forestal, sobre todo los pinos salgareños, se convirtieron en determinados momentos históricos en piezas, y nunca mejor dicho, fundamentales. De ello dan prueba irrefutable los arsenales de Cádiz y Cartagena, auténticas factorías navales que fueron de los principales consumidores, en distintos momentos y cantidades, de un recurso tan indispensable como estratégico.

Con un gran rigor científico y con una exposición clara, se analiza todo el complejo proceso de selección, corta, preparación y traslado de la madera, tanto en sus aspectos legislativo, organizativo como sobre todo práctico, éste último desde las propias raíces del bosque de la Sierra de Segura. El autor, nos va guiando y descubriendo todos y cada uno de los parajes y lugares por donde discurren las nobles pinadas, en complejas expediciones de hombres, animales, carros, entre otros, bien por los cauces fluviales o por tierra, con unas magníficas y realistas descripciones de los espacios naturales que recorre tan preciada carga, así como las innumerables dificultades y vicisitudes que acontecen en cada uno de los trayectos y poblaciones por donde discurren, hasta su destino final en los arsenales de la Carraca o Cartagena durante buena parte del siglo XVIII.

Algunos de los buques construidos

Varias partidas de maderas llegaron desde la Sierra de Segura en la década de los cuarenta a Cartagena para la construcción y el mantenimiento de las unidades de la Escuadra de Galeras, pero la supresión y desarme de ésta en 1748 hizo que la ya almacenada se empleara en la fábrica de un tipo de embarcación mediterránea por excelencia, el jabeque. Tenemos noticia que durante los años de 1751 a 1753 seis fueron botados en el Arsenal: Cazador, Volante, Liebre, Galgo, Aventurero Gitano. También se construyeron los primeros navíos de dos puentes, Septentrión y Atlante. Este último, uno de los que tuvo una mayor vida activa, con 67 años de servicio en la Armada (1754-1817).

Para concluir

Estamos seguros que esta obra, contribuirá a que se comprenda mejor un esfuerzo complejo, costoso y titánico, de unas gentes y unos recursos naturales de tierra adentro que se vieron inmersos, sin tener conciencia de ello, en una época tan convulsa como apasionante. Uno de sus primeros reconocimientos ha sido el Premio “Cronista Alfredo Cazabán”, concedido por el Instituto de Estudios Giennenses de la Diputación Provincial de Jaén en el año 2017 y que ve la luz gracias, también, a dicha institución.

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En las embarcaciones hubo que soportar a ciertos pasajeros, que viajaban sin autorización, que además fueron origen de muchas epidemias y enfermedades: las ratas. A veces se podían contar por miles y, cuando la necesidad obligaba, eran objeto de auténticas cacerías, tanto para exterminarlas como en casos extremos para comerlas.

Estos roedores han sido una pesadilla desde los primeros tiempos. Evidentemente cuanto mayor era la nave más posibilidades había de una infestación de ratas, ya que había más lugares donde esconderse y anidar. Este mamífero, temido durante siglos por los navegantes, se adapta con mucha facilidad a distintos ambientes y es uno de los que tiene un ciclo de reproducción más rápido. De hecho, parece que en los únicos lugares del mundo donde no habita son los polos, aunque ahora hay ciertos estudios que demuestran lo contario.

Llegaron de Asia

Este tipo de rata es una especie que llegó hace siglos de Asia hasta el Mediterráneo y desde ahí se trasladó a América y a otros lugares costeros. Existen incluso leyendas de barcos fantasma que transportan ratas caníbales, lo que por otra parte alguna vez se ha hecho realidad al hallar naves abandonadas pobladas de roedores, que con el tiempo no encontraron otra cosa que comer más que a sus congéneres.

En esta entrada nos vamos a centrar en un texto que explica las vicisitudes de la Armada española para hacerse con la fórmula que pudiera acabar con estos roedores. Cesáreo Fernández Duro nos informa de un expediente del Ministerio de Marina, del año 1797, que muestra la voracidad de las ratas en los barcos,

Excmo. Señor: En este navío, Santísima Concepción, es tan asombroso el enjambre de ratas, que aunque desde mi destino en él di permiso para que se poblase de gatos, solo se ha conseguido que aparezcan menos por los altos; y habiéndose hecho por el Comandante del navío poner 130 libras de galleta en dos sacos, en un pañol vacío, recogiendo su llave, se ha reconocido a los quince días haberse comido las ratas hasta 65 y media libras de ambos sacos (Disquisiciones… Vol. VI, p. 601).

Una fórmula ilustrada

En el año 1795, según informes del comandante del navío San Ildefonso, José Ezquerra, en Portsmouth (Gran Bretaña) había un hombre que vendía unos polvos, que tras el pago de cinco ó seis guineas echaba en todos los lugares de la nave y erradicaba los roedores. Para ello previamente había que desocupar el barco, lo que provocaba alguna que otra sospecha. Ezquerra consiguió una muestra de los polvos, que mandó a José de Mazarredo y al Bailío Fr. Antonio Valdés. Una vez en la Península se le pidió al catedrático de Medicina Juan de Aréjula que los analizara, aunque alegó que no tenía los reactivos ni los aparatos necesarios, por lo que se veía en la imposibilidad de practicarlo.

Ante la llegada continua de informes de velas raídas, así como de efectos e instrumentos inutilizados por causa de estos roedores, se tomó con mucho celo el hecho de conseguir una sustancia que evitara la invasión de ratas. La fórmula se usaba con éxito también en las plantaciones de azúcar de las colonias inglesas. Cuenta Fernández Duro que en los navíos de la Compañía de la bahía de Hudson (hoy en Canadá), que habitualmente llevaban cargamentos de peletería, sus pasajeros aseguraban que jamás habían padecido el menor perjuicio por tal causa, debido a unos polvos raticidas.

España necesita adquirir la fórmula

Un año después el capitán de navío José de Mendoza y Ríos tomó cartas en el asunto y se dedicó a intentar comprar la fórmula, ya que creía que era más conveniente que adquirir sólo una porción. Su “inteligencia y celo” hicieron posible obtener el conocimiento de la receta de los mismos individuos que la vendían, y mediante una gratificación de cien guineas se ofreció la fórmula química a Mendoza, obligándose él por su parte “a no revelarlo jamás en Inglaterra, y a que tampoco se divulgaría públicamente en España”.

Capitán de navío Mendoza y Ríos

La gran reputación que tenía el profesor Aréjula hizo que se le entregase el pliego con la fórmula, que al final necesitó varios arreglos. El catedrático español consiguió que los polvos acabaran con las ratas, pero en su empeño también murieron varios operarios. Era una pasta compuesta de arsénico, azúcar y harina. El hecho fue que para engañar a los roedores, que sospechan rápidamente que una comida podía estar envenenada, se mezclaron con galletas y cereales y se dejaron en las instalaciones del Arsenal de Cartagena. No se dio aviso de ello y varios albañiles que trabajaban en las inmediaciones creyeron que eran restos de comida y los ingirieron, lo que les provocó, a pesar de los cuidados que recibieron, la muerte en poco tiempo.

Más información

ALFÁU ASCUASIATI, Antonio. Plagas Domésticas: Historia Patologías Plaguicidas Control. Palibrio, 2012, p. 123-160.

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo. Disquisiciones Náuticas. Madrid: Imprenta, Estereotipia y Galvanoplastia de Aribau y Cª, 1876-1881.

FLORES MOSCOSO, Ángeles, et al. Normas de seguridad en la navegación a Indias en el siglo XIX. Actas de la V Jornadas de Andalucía y América. CSIC, 1986.

GRUBBS, Samuel & HOLSENDORF, Benjamin. Manera de poner a prueba de ratas en las embarcacionesBoletín de la Oficina Sanitaria Panamericana (OSP), 1925, 4 (11).

LIAÑO RIVERA, Manuel. La ermita de San Telmo y la peste bubónica. Aljaranda: Revista de Estudios Tarifeños, 1991, 3, p. 13-16.

LLOYD, Bolivar J. Prevención de las enfermedades transmisibles: Manual para uso de los dueños, agentes o capitanes de buques destinados al comercio internacional y demás personas o entidades interesadas en cuestiones sanitarias marítimas. Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana (OSP), 1928, 7 (3).

WILLIAMS, C. L. La inspección de los buques para determinar la presencia de ratasBoletín de la Oficina Sanitaria Panamericana (OSP), 1933, 12 (2).

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Se denomina arráez a un patrón de barco, pero también hace referencia al jefe de todas las faenas que se llevan a cabo en la almadraba (lugar donde se pesca y donde después se prepara el atún). En el norte de África se usó para denominar al capitán de la embarcación musulmana. Precisamente por ésto deriva del árabe hispano arráyis, y éste del árabe clásico ra’īs. En el Al-Andalus se hacía uso del término para nombrar a los caudillos de ciertas zonas que protagonizaron revueltas, tanto contra los reyes musulmanes como contra los católicos (Segura 2006). Este tema, de indudable interés histórico, apenas ha sido tratado, por lo que aquí exponemos una síntesis de lo investigado hasta el momento. Vamos a realizar un repaso de la adjudicación de este término en los ámbitos naval y marítimo según la distribución geográfica.

En el Mediterráneo hispano

Durante la Edad Moderna, en los puertos andaluces y en las ciudades costeras mediterráneas hispanas, el arráez era el capitán de una embarcación pesquera. Aunque inicialmente eran musulmanes, los que se quedaron en la Península tras la reconquista pasaron a ser conocidos como mudéjares y moriscos, y muchos mantuvieron su oficio. Posteriormente el término se asimiló, y se usaba para designar a los patrones de los barcos, fueran o no cristianos, especialmente de pesca, aunque también a veces se nombra así a los que transportaban pasajeros a Indias.

En el Reino de Aragón

Según los estudios realizados, parece que el transporte, tanto el fluvial como el marítimo, era una actividad familiar (Zulaica 1997). Tenemos noticia de que en la localidad de Mequinenza (Zaragoza), durante el siglo XV, Mahoma el Moro era un activo arráez que trabajaba con sus dos hermanos Asmez y Aziz Focen. Otras familias dedicadas al transporte fluvial eran los Fogaça. También había cristianos como los Lombart y los Soro. Está documentado que además se les llamaba “raíces”, y eran los que monopolizaban el tráfico fluvial por el río Ebro. Se habían establecido en Zaragoza y en otros pueblos de aguas abajo del citado río hasta Flix. Ya habían formado una cofradía en la que se incluyeron a algunos pescadores, según Cabezudo.

‘La pesca de los atunes’ de Sorolla

En Andalucía

Para poder desarrollar el oficio de arráez de barcos de carga y descarga en el río Guadalquivir era necesario realizar previamente un examen. Hemos hallado el acta de uno de los que se les llevaron a cabo en el año 1610. Los aspirantes fueron los siguientes:

Alonso Sánchez, Domingo Suárez, Jerónimo de la Cruz, Juan de Zamora, Francisco Sánchez, Antonio González, Alonso Calzado, Cristóbal Zarco el Viejo, Amador Pérez, Cristóbal Zarco el Mozo, Pedro Gudiel, Roque Bernal, Juan de Ortega, Manuel Pérez, Miguel Páez, Antón de Carmona y Gonzalo Hernández.

De ese mismo año se ha hallado un documento del examen celebrado en la Casa de la Contratación, ante Rodrigo Zamorano, cosmógrafo y piloto mayor, para el examen de arráez del río Guadalquivir de Miguel Hernández.

También conocemos que establecieron cofradías, de las que tenemos noticia en Vera y también en Cartagena.

En América

En la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias, impresa en 1841, se trata de los arráeces de los barcos de carga y descarga (Ley XXIII, título 26, libro 9, tomo III). Se manda que no se consienta que salgan de Cartagena de Indias sin haberse examinado (Ley XLVII), ni que lleven pasajeros sin licencia (Ley LIX).

Arraeces prisioneros

Durante toda la Edad Moderna, en los enfrentamientos entre naves hispanas y norteafricanas, una de las clases de prisioneros con los que la normativa era más dura eran precisamente los arráeces y sus ayudantes (sotarráeces), ya que se consideraban muy peligrosos por sus conocimientos náuticos. De hecho, una vez capturados no podían ser vendidos, sino que debían ir directamente a prisión. Si se destinaban a galeras, sólo podían remar y tenían prohibido abandonar la nave, ya que el riesgo de fuga era muy grande.

Para concluir

Un término, que designa a la persona que tiene las habilidades para dirigir una nave, cuyo origen es andalusí, como muchos otros vinculados con esta materia, que ha tenido varios derivados y uno de ellos hace alusión al jefe que gobierna la almadraba. Sus habilidades náuticas los hacían tremendamente peligrosos cuando eran capturados por sus enemigos, ya que en un descuido podían hacerse con la embarcación, o con una pequeña barca, y escapar.

En otro ámbito, arráez también se ha convertido en apellido y es la denominación de una localidad almeriense.

Más información

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