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Posts Tagged ‘Historia Contemporánea’


En la ciudad de Cádiz (España) existen una serie de torres vigía que se utilizaban para poder divisar la llegada de los barcos de las Indias. Eran la parte alta de las casas de muchos comerciantes. De todas ellas la llamada Tavira fue nombrada torre vigía oficial del puerto. En tiempo de guerra también se utilizaba para otear el horizonte y saber si alguna flota enemiga estaba cercana a la bahía. 

Por el Dr. Vicente Ruiz García, asesor de la Cátedra de Historia y Patrimonio Naval

Torre Tavira, Cádiz, amanecer del día 19 de octubre de 1805.

En el centro de Cádiz, y a cuarenta y cinco metros sobre el nivel del mar, el vigía de la Torre Tavira escudriñaba el horizonte con su catalejo, divisando en la lejanía varias velas enemigas que vigilaban cualquier movimiento en la bahía. Al menos desde el mes de febrero de este año se venía observando la presencia de fragatas, e incluso navíos ingleses que hacían efectivo el bloqueo que los británicos ejercían sobre la ciudad. Solían desfilar en la línea del horizonte en actitud amenazadora sabiendo que eran observados desde tan alta atalaya.

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La torre Tavira dibujada por Vicente Ruiz García

La contra vigilancia española respondía a veces con el envío de pequeñas embarcaciones para espiar los movimientos del enemigo, como había ordenado recientemente el propio Federico Gravina, cuando envió un falucho disfrazado de barco pesquero para reconocer en las inmediaciones el número exacto de navíos enemigos. Generalmente no era necesario llegar a tanto, pues desde la Torre Tavira se observaba toda nave flotante a varias millas de distancia, siendo el primer edificio de Cádiz que preludiaba la llegada de las flotas, incluso varios días antes de su arribada definitiva a puerto. Por esta razón, y por su estratégica situación, fue designada en 1778 como la torre vigía oficial del puerto de Cádiz.

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La inmensa bahía de Cádiz según el Atlas Marítimo de Tofiño (s. XVIII). Fuente: BNE

Aquella mañana el vigía aseguró desde la distancia que al menos había una corbeta enemiga al acecho. Mientras tanto no era difícil adivinar con todo lujo de detalles lo que estaba sucediendo tras los caserones blancos y las torres de las iglesias de San Francisco, de Nuestra Señora del Rosario y San Agustín. Éstas compartían la verticalidad del espeso bosque de palos mayores, trinquetes y mesanas sorprendidos por los primeros rayos de un sol que tímidamente descubría la agitada actividad de la base naval gaditana. Desde el mirador se atisbaba a los marineros del tamaño de hormigas que corrían descalzos por las cubiertas, mientras se intuían las voces de mando de los contramaestres acompañados del sonido de los silbatos. Las primeras luces del amanecer iluminaron a los gavieros, que trepaban por los flechastes mientras se escuchaban los gemidos de los esforzados marineros que empujaban las ruedas de los cabrestantes, arriando las anclas. Oficiales, infantes de marina, marineros, artilleros, guardiamarinas, grumetes y pajes, estos últimos no habían cumplido aún en su mayoría los doce años, atestaban con su presencia las cubiertas de los navíos, llegando a albergar algunos de ellos más de mil almas que se hacinaban en los entrepuentes de los barcos mal aireados y nauseabundos. Auténticos nidos de enfermedades faltos de higiene, donde la tripulación convivía con los parásitos y las ratas cuando se descendía al infierno de la sentina, la parte más baja del navío, donde la luz desaparecía y la humedad reinaba en un mundo de tinieblas.

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Vista actual de Cádiz hacia el sureste desde la Torre Taivra. Foto: Vicente Ruiz García

Eran las seis de la mañana y el sol comenzaba a hacer acto de presencia con viento de levante calmoso. El almirante Villeneuve había puesto la señal de dar la vela en el Bucentaure, su buque insignia. Poco después la orden era repetida en el Príncipe de Asturias mandado por Gravina. Los gavieros sobre las vergas comenzaron a desplegar las velas que una tras otra fueron cayendo en los treinta y tres buques fondeados en la bahía. Navíos de línea de dos y tres puentes con franjas negras y amarillas. Los nuestros con leones rampantes en el mascarón, fanales a medio encender y tremolando la enseña roja y amarilla (la elegida para representar a nuestra Armada por Carlos III en 1785 de las doce que se presentaron a concurso). Atrás quedaron los días en que el pabellón blanco con el escudo de los Borbones se confundía en el mar con la bandera francesa de parecida imagen. No obstante, aquel día nuestros aliados enarbolaban la tricolor, parida de la revolución, con las águilas imperiales en el centro.

El leve viento de levante y la calma iban a provocar que la salida fuera lenta, lo que unido a la poca destreza de parte de las dotaciones ralentizaría en exceso la partida. El desfile se inició con los buques franceses. El navío Achille con viento noroeste dio la vela el primero y le siguieron los franceses Argonaute, Neptune, Heros, Dugai-Trouin y Algeciras y el español Bahama, así como algunas fragatas. Mientras tanto, el vigía volvió a otear el horizonte con su catalejo, dando cuenta de la presencia de la fragata enemiga Wesel que había descubierto el movimiento de la escuadra combinada. Entonces comenzó a emitir señales a la fragata Euryalus que a su vez transmitió la información a la siguiente nave escolta y así buque a buque. Muy pronto el almirante Nelson tendría la noticia en bandeja en la cámara de oficiales de su Victory, de que la escuadra combinada acababa de zarpar.

A lo largo del día y de la noche fueron saliendo uno tras otro todos los buques, en total 18 navíos, 4 fragatas y dos bergantines por parte de los franceses, así como los 15 españoles de nombre Príncipe de Asturias, Santísima Trinidad, San Agustín, San Juan Nepomuceno, Monarca, Bahama, Argonauta, Santa Ana, Neptuno, San Ildefonso, Montañés, San Justo, San Leandro, San Francisco de Asís y Rayo, el último de los navíos que zarparía al amanecer del día 20 de octubre. De esta forma, la calma, las mareas, la aglomeración de las embarcaciones en los estrechos y la impericia de los marinos de leva prolongaron la partida durante todo el día y hasta la amanecida del día siguiente.

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Catalejo y ejemplar manuscrito del Diario de la Vigía de Cádiz. Torre Tavira. Foto: Vicente Ruiz García

El vigía había observado cómo los navíos habían ido saliendo en lenta procesión de puerto, dejando a su lado las murallas de San Carlos, el Baluarte de la Candelaria, La Caleta y los castillos de Santa Catalina y San Sebastián. Al llegar a éste viraron hacia el sur con destino al Estrecho y al infierno que les aguardaba. Aquella escena fue también contemplada por miles de gaditanos encaramados en las torres vigías, en las azoteas de sus casas o en las murallas del Vendaval que rodeaban a la inexpugnable ciudad. Media Cádiz decía adiós a la escuadra combinada, mientras la otra mitad rezaba a la Virgen del Carmen o a la del Rosario, a San Servando y San Germán, en iglesias atestadas de gente que preludiaban la desgracia. La bella imagen de las treinta y tres velas desplegadas al viento en línea con la inconclusa catedral, contrastaba con el hondo pesar y el pesimismo de una ciudad que sabía de las cosas de la mar, aunque no había que ser muy docto en la materia para darse cuenta de la superioridad de los ingleses, del error de aquel plan y del sacrificio de aquellos hombres, que presagiaban como ellos el resultado final de tan insensata aventura. Algo que todos intuían menos un hombre: Pierre de Villeneuve. Tíos, hermanos, maridos, hijos… todo el mundo contaba con alguien a bordo de aquella escuadra que poco a poco se alejó en el horizonte en busca de la batalla que les haría entrar en la Historia. El vigía escribió en su diario:

“Día 20 de octubre de 1805: a las siete de la mañana acabó de salir de este puerto de Cádiz, haciendo rumbo para Poniente, la escuadra combinada y a las doce se perdió de vista. A las cinco de la tarde entró una barca que salió con dicha escuadra y trajo la noticia de que quedaba a nueve leguas de distancia de este puerto, y que a su salida había descubierto 18 navíos ingleses, y hecho señal el general en jefe francés de poner en línea de combate, de donde inferimos inevitable una dura batalla”

Más información

Diario de la Vigía de Cádiz. Biblioteca de Temas Gaditanos “Juvencio Maeztu.” Cádiz

RUIZ GARCÍA, V. De Segura a Trafalgar. Torredonjimeno: El Olivo editorial, 2010 (2ª edición).

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Hay naves que unen historia, mito y leyenda, por lo que es difícil separar la realidad de la ficción. En el continente asiático, las embarcaciones conocidas como juncos son un buen ejemplo. Las crónicas medievales europeas se refieren a estas inmensas naves, pero las descripciones que hacen no siempre son muy precisas. Marco Polo e Ibn Battuta las pudieron ver y hablaron de ellas. Clavijo también nos dejó relato sobre ellos. Formaron parte de la Ruta marítima de la Seda en plena Edad Media y de la impresionante armada del almirante chino Zheng He en sus viajes de reconocimiento durante el siglo XV (la Flota del Tesoro).

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Los juncos

Aunque los más conocidos son los chinos, también se construyeron en Japón, Vietnam, Corea y otros países costeros del gran Pacífico.

Una de las grandes diferencias con las naves europeas era que las asiáticas estaban construidas con compartimentos estancos (mamparos), de forma que si entraba agua en uno de ellos, el resto permitían seguir la navegación sin peligro.

En esta imagen se pueden ver los compartimentos estanco. Fuente: Unesco

¿Cómo reconocerlos?

Tenían varias características que los hacían fáciles de identificar, aunque en las imágenes obtenidas no siempre se pueden distinguir todas ellas. Solían ser enormes, de casco plano, con mayor manga en el centro, proa fina y portaban unas velas muy distintas a las occidentales, ya que eran cuadradas y contaban con una estructura reticular o alistonada (parecida a las persianas).

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Dibujo de un junco, por R. Monleón. ANM

Otras características distintivas eran el castillo de popa volado con borda, un retranqueo a la altura del timón, un pequeño castillete protegido, una quilla ligeramente oblicua, con las toldillas y camarotes en popa. Habitualmente portaban tres grandes palos, pero existen noticias de que en la flota de Zheng He había juncos que tenían hasta 9 mástiles. Viajaban a la India y al golfo Pérsico en misiones comerciales. Fue, además, una de las embarcaciones favoritas para los piratas de las Indias orientales.

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Dibujo de un junco de guerra, por R. Monleón. ANM

Aunque durante mucho tiempo ha existido la costumbre de denominar juncos a todos los barcos chinos, a modo de voz genérica, las investigaciones están facilitando ya suficiente conocimiento para distinguirlas. De hecho, hoy sabemos que el junco se podía hacer de distintas medidas, por lo que es posible encontrar grandes naves como las de la flota del tesoro de Zheng He y también otras más pequeñas para pesca y transporte de pasajeros, y todas son juncos.

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Juncos en el mapa de Fra Mauro

A lo largo de la Historia, de los sucesivos contactos establecidos con el imperio chino, se ha introducido otro término, “champán”o “xampán”, para denominar a estos juncos, especialmente a los más grandes. De hecho, la Real Academia de la Lengua en España sí que contiene este término, pero no el de junco.

Un junco del siglo XIX

Gracias a dos autores del siglo XIX (R. Monleón y el Almirante Paris) tenemos noticia y planos de una nave china de este tipo que era de gran porte. La llamaron Keying y tenía unas medidas de 160 pies de eslora (unos 49 m.) y 83 de manga (25 m.). Desplazaba unas 800 toneladas. Estaba construida con madera de teca y portaba 3 palos. Las velas eran también enormes y la mayor pesaba unas 9 toneladas, lo que le suponía a la tripulación dedicar dos horas a izarla. Llevaba 3 grandes anclas. El timón se podía izar, o arriar, dependiendo de la profundidad del fondo marino. No tenía ni quilla, ni bauprés, ni obenque.

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Dibujo del junco Keying, por R. Monleón. ANM

Es curioso que esta nave asiática llevara pintado un ojo en cada costado (amura). Nos recuerda la idea del ojo de las naves mediterráneas, aunque en este mar era símbolo de buena suerte y en el junco parece que estaba vinculado con una leyenda, que decía que la nave debía ver por dónde iba, por lo que se le dibujaban dos grandes ojos.

Más información

HORNELL, James. The origin of the junk and sampan. The Mariner’s Mirror, 1934, 20, 3, p. 331-337.

La técnica de fabricación de compartimentos estancos de los juncos chinos. Blog Patrimonio de la Humanidad, 2017.

ANM = Archivo Naval de Madrid

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Hay mapas, que sin ser cartas náuticas, por la propia localización de la zona cartografiada, reflejan ambientes costeros, fluviales, litorales y marítimos. Es el caso de esta carta del siglo XIX, de la parte sur de América, que se centra en Brasil y Uruguay. Su detalle, preciosas ilustraciones y cuidada impresión son suficiente motivo para que demos a conocer esta obra cartográfica.

El mapa en su totalidad

La persona que aparece como autor es John Tallis (1817-1876), considerado uno de los cartógrafos y editores más renombrados del siglo XIX. La empresa de su propiedad, John Tallis and Company, es la última que edita estos trabajos ornamentales y ornamentados, por lo que sus mapas son tanto obras de arte como de geografía.

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Parte norte de Brasil. Detalle

John había nacido en Stourbridge (Worcestershire) alrededor de 1818 y se asoció con Frederick Tallis, que era muy posiblemente su hermano. Conoció a un grabador llamado John Rapkin, que fue su socio y también su inspiración. Sus impresionantes ilustraciones permitieron que los mapas que producían fueran obras de arte, con bellas ilustraciones y grabados.

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Una parte del mapa, en la que se puede apreciar la parte sur de Brasil y norte de Uruguay

Los mapas estaban hechos a dos tintas y representan el final de una era en la producción de grandes atlas decorativos. Tallis es reconocido por su serie de pequeñas ilustraciones o viñetas, que representan escenas que se organizan alrededor de la carta, muy al gusto de la demanda de mediados del siglo XIX.

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Balsas en Río Negro

Vendió obras como el Atlas Ilustrado del Mundo, que fue publicado en unas setenta entregas entre 1849 y 1853. Cada parte se adquiría por un chelín o veinticinco centavos en América, y se puso a disposición en Australia y otras colonias británicas casi de inmediato, en 1854.

Las naves

Las embarcaciones que aparecen en la ilustración son jangadas. Son las típicas barcas usadas por los pescadores del Norte y Nordeste del Brasil, que están hechas generalmente de cinco troncos rollizos, sólidamente atados entre sí y con un mástil.

El nombre fue otorgado por los portugueses, que cuando llegaron a América las denominaron así porque les recordaban a las jangas que habían visto en sus viajes previos a la India.

Rio de Janeiro

Jangadas en Río de Janeiro

A veces se hacían sólo con troncos, que luego al llegar a su destino se podían vender. Aparte de pagayas (remos), podían llevar también velas. Su timón es de espadilla y los remos suelen ser de pala ancha.

Este mapa está depositado en la Biblioteca Nacional de Brasil.

Más información

ESPÍNOLA, Rodolfo. Caravelas, jangadas e navios: uma história portuária. OMNI, 2007.

Jangadas

J. & F. Tallis

Otros mapas de Tallis

Imágenes de jangadas y jangadeiros actuales

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Este año se cumple el 402 aniversario de la llegada de 22 samuráis a España. Vinieron como embajadores, para establecer relaciones comerciales entre Japón y la Monarquía Hispánica. Arribaron en el año 1614 en el puerto de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), tras un largo y accidentado trayecto, en el que atravesaron varios océanos.

Con este motivo dedicamos una entrada a la visión que el arte japonés ha trasmitido del medio marítimo, profundamente arraigado en su cultura. Para ello traemos una de las manifestaciones más relevantes y que mas influencia ha tenido en el arte mundial: el Ukiyo-e.

Kimono que contiene un barco japonés

Parte de un kimono antiguo que contiene varios barcos japoneses

Existe una colección de grabados nipones llamada “Cien aspectos de la luna” (Tsuki hyakushi) compuesto por xilografías a color de gran tamaño, con una temática central única. Su autor es el artista Tsukioka Yoshitoshi (1839-1892) y fueron publicadas a finales del siglo XIX. Forman parte del Ukiyo-e o “imágenes del mundo que fluye”, movimiento artístico que se desarrolló durante los siglos XVII y XX en Japón, y recogen escenas de la vida cotidiana,  del  mundo, del teatro o de la naturaleza.

La luna en el monte Shizu - Hideyoshi

La luna en el monte Shizu – Hideyoshi

Son de una belleza extraordinaria, y varios representan los vínculos entre el astro y el mar, las embarcaciones y los paseos a la luz de la luna, las islas y las batallas nocturnas.

Sine nomine

Sin título

Están inspirados en acontecimientos históricos o de la mitología y en anécdotas originarias del sureste asiático.

lunaosbre el mar en la bahía de Daimotsu - Benkei

La luna sobre el mar en la bahía de Daimotsu – Benkei

Tsukioka Yoshitoshi fue un artista de la escuela de Utagawa Kuniyoshi (1797-1861). Posiblemente es el más innovador de todos ellos. Esta serie ha sido reconocida como la obra maestra de sus últimos años. Incluso algunos de los dibujos nos recuerdan al actual manga.

¡Cuánta desesperanza! / sería mejor hundirme en las olas / tal vez, entonces, podría ver a mi hombre de la capital de la luna - Ariko

Ariko

Yoshitoshi es el último gran maestro del grabado japonés en madera tradicional.

La luna de Itsukushima - Una cortesana de Muro

La luna de Itsukushima

Europa redescubre el arte japonés

Después de siglos de ignorancia mutua, el continente europeo y Japón vuelven a encontrase a mitad del siglo XIX. Tanto los intelectuales europeos como los japoneses quedaron deslumbrados al descubrir la cultura de los otros. El arte nipón tuvo tal éxito en Europa que sus ilustraciones aparecieron incluso en los almacenes y en tiendas de capitales como París y Londres, incorporándose a carteles, tejidos y publicidad.

Guerrero

La luna en la bahía de Katada

Aunque el ukiyo-e influyó en muchos de los pintores impresionistas, tuvo importancia para genios como Degas, Gauguin, Manet, Monet, van Gogh y Toulouse-Lautrec.

La una en el timón de un barco

La luna junto al timón de un barco

De esta forma tan artística, situando la luna como testigo de la milenaria cultura japonesa, el genial Tsukioka Yoshitoshi trazó la que se convertiría en su serie de grabados mas conocida y celebrada. En ella recogió aspectos del folclore nipón desde sus remotos inicios, generando así una completa enciclopedia visual de la historia de Japón en la que el mar está presente en muchos aspectos.

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Durante el siglo XIX en ciertos puertos británicos y estadounidenses se extendió una práctica que rozaba la ilegalidad, que consistía en secuestrar a hombres fuertes y sanos para enrolarlos a la fuerza en un barco, y que sirvieran como marineros en él. Era conocida como shanghaiing. Las técnicas para embarcarlos eran el engaño e incluso la violencia física. Sin embargo, fueron las formas que se utilizaron para reclutar a estos hombres las que han convertido casi en leyenda esta práctica.

A la fuerza. Fuente

Una vez secuestrados e inconscientes eran embarcados. Fuente

Era relativamente frecuente en ciudades como Londres, Bristol y Hull en Gran Bretaña, y en algunas americanas de Estados Unidos, como Nueva York, Boston y Filadelfia, aunque donde alcanzó la mayor fama fue en Portland, en la costa del Pacífico.

Tabernas de Portland. Fuente

Tabernas de Portland. Fuente

Se pudo actuar de esta forma porque confluyeron una serie de hechos, como la pobreza en las ciudades portuarias, la escasez de hombres de mar para los trayectos comerciales, la reciente fiebre del oro, el desarrollo del comercio interoceánico y unas leyes que parecían facilitar esta práctica.

En esta centuria existía una ley que penalizaba a cualquier marinero que una vez firmado el contrato abandonara la nave, siendo la cárcel la pena mas frecuente.

Un dibujo del puerto de San Francisco. Fuente

Un dibujo del puerto de San Francisco. Fuente

Una figura destacada en esta forma de actuar eran los encargados de encontrar tripulaciones para los buques, ya que fueron los que idearon y llevaron a la práctica la técnica del shanghaiing, que también ha sido conocida como  “dinero de sangre”. A los que reclutadores se les llamaba “rizos”.

Caricatura de la práctica del secuestro. Fuente

Caricatura de la práctica del secuestro. Fuente

En ciertas tabernas existía una trampilla por la que caían los hombres que iban a ser forzados a embarcar. Normalmente borrachos o casi inconscientes, eran traslados al buque y obligados a firmar, o incluso se les falsificaba la firma. Cuando despertaban estaban ya a bordo, alguien les enseñaba lo firmado y a partir de ese momento estaban a las órdenes del capitán, obligados a desempañar los trabajos necesarios para que los grandes buques comerciales del siglo XIX hicieran con éxito sus largos trayectos. Una de las rutas, tras abrirse el comercio con China, iba a Shanghai, de donde parece que la práctica tomó el nombre.

Champan de la guerra del opio

Champan de la guerra del opio

A pesar de que se conservan testimonios documentales de esta situación, todavía se sigue negando que ocurriera, y muchos responsables políticos continúan hoy día empeñados en ignorar que llevó a cabo.

Mas información

DAVIDSON, Lance S. Shanghaied! The Systematic Kidnapping of Sailors in Early San Francisco. California History, 1985, vol. 64, nº 1, p. 10-17.

MARCHESE, Giorgia. Condizioni di lavoro dei marittimi sulle navi mercantili. 2015.

STRECKER, Mark. Shanghaiing Sailors: A Maritime History of Forced Labor, 1849-1915. McFarland, 2014.

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Esta es la segunda parte de un trabajo dedicado a estudiar los símbolos navales y marítimos en los escudos nacionales. Acceda a la Parte I.

Otros símbolos

También encontramos algunos animales acuáticos o del ámbito marino y, en otro orden de cosas, instrumentos y elementos que ayudan a la navegación como el remo o el timón, la constelación de la Cruz del Sur (la guía celeste que usaron durante siglos los marinos que surcaban el Hemisferio Sur) y una carta marina, así como la proyección azimutal utilizada para representar el globo terrestre sobre un mapa.

a) Vertebrados
Entre éstos suelen hallarse reptiles (el cocodrilo de Jamaica), aves (los dos pelícanos a modo de soportes en el emblema de San Cristóbal y Nieves), o varios, como es el caso de Barbados, que utiliza un delfín (representando la industria pesquera nacional) y un pelícano (que figura la isla de ese nombre) sosteniendo el escudo.

Barbados

Escudo de Barbados

En Europa, es en Rumanía, donde encontramos, entado en punta, dos delfines que hacen alusión a la identidad marítima del país.

Escudo de Rumanía.

Escudo de Rumanía. Los delfines aparecen dentro del escudo, en la parte inferior.

Y en Oceanía en Kiribati, donde se representa un ave (fragata) volando sobre el mar.

Escudo de KiribaTI

Escudo de Kiribati

En el emblema de Nauru aparecen un ave y, entre los adornos de los jefes tribales, formados con hojas de palmera, hallamos plumas de fragata y dientes de tiburón.

Emblema de Nauru

Emblema de Nauru

Otras especies que se hallan son el tiburón y el cocodrilo en el de las Islas Salomón.

Islas Salomón

Escudo de las Islas Salomón

En el de Bahamas también aparece un pez vela y una caracola.

b) Moluscos
En el de Guinea-Bisau se encuentra una concha que simboliza la isla de Cabo Verde.

Guinea-Bisau

Emblema de Guinea-Bisau

En el escudo de Tuvalu aparecen conchas marinas y también en el de Bahamas.

Tuvalu

Escudo de Tuvalu

c) Condecoraciones, herramientas e instrumentos
En menor número hemos encontrado otros símbolos, como la corona naval en Chile.

Emblema de Chile

Emblema de Chile. Los dos soportes (ciervo y cóndor) portan coronas navales en recuerdo de las batallas marítimas ganadas por este país

En el de Belice se incluyen un remo y un timón en el de Trinidad y Tobago. Los remos se suelen representar en heráldica con la pala mirando hacia el jefe del escudo.

Belice

Escudo de Belice

d) La cruz del Sur

La constelación que ha guiado a los navegantes por el Hemisferio Sur desde hace siglos también aparece en algunos de los emblemas nacionales de países situados en esta localización.

Escudo de Samoa, que también incluye, aparte d de la cruz del Sur, al proyección azimutal

Escudo de Samoa, que también incluye, aparte de la Cruz del Sur, la proyección azimutal

En Oceanía la hallamos en los escudos de Australia, Nueva Zelanda, Samoa y Tonga. En Sudamérica se encuentra en el de Brasil.

Emblema de Brasil

Emblema de Brasil

e) Una carta náutica

Existe incluso la representación de una carta náutica polinesia antigua en el escudo de las Islas Marshall.

Emblema de las Islas Marshall, en donde se puede apreciar una carta náutica en el agua

Escudo de las Islas Marshall, en donde se puede apreciar, además de otros símbolos marítimos, la simulación de una carta náutica polinesia sobre el agua

f) La esfera armilar

Portugal recoge en su escudo la esfera armilar, instrumento muy útil en la navegación astronómica. También se conoce como astrolabio esférico, y existe en las armas portuguesas desde el siglo XV.

Escudo de Portugal

Escudo de Portugal. La esfera armilar hoy es un símbolo de la impresionante aventura náutica que tuvo lugar en la época de los descubrimientos portugueses. 

Los lemas de los escudos

En cuanto a los lemas que con frecuencia se insertan en los emblemas, sólo 2 incluyen esta temática.

Escudo de Canadá. Se puede leer en latín el lema con fuerte implicación marítima.

Escudo de Canadá. Se puede leer en latín el lema con fuerte implicación marítima

Están en Canadá, cuyo texto es “de mar a mar”, haciendo alusión a las tres inmensas masas de agua que bañan sus costas, y las islas Mauricio, cuyo lema reza “llave y estrella del Océano Índico”, describiendo su privilegiada situación marítima, situadas a unos 1300 km. de las costas africanas y a casi 4000 de La India.

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Emblema nacional de Mauricio, con alusión a su excelente situación en las comunicaciones a través del Océano Índico. Aparecen también un barco y un dodo, especie ya extinguida, que sirvió de sustento a los navegantes durante siglos.

Para concluir

En resumen, un impresionante abanico de colores y símbolos para identificar como propio el legado marítimo y naval de múltiples países y naciones, porque han entendido su importancia y trascendencia, y lo esgrimen orgullosos en magníficos emblemas.

 

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¿Conoce la diferencia entre la fina capa de hielo en la superficie del agua que acaba de empezar a congelarse, y la que se ha vuelto a congelar y formar en grietas ya abiertas?. Parece lo mismo, hielo ¿verdad?, pero uno de ellos es mas fino y más peligroso.

El Ártico según Mercator (1595)

El Ártico según Mercator (1595)

Los pueblos del Ártico tienen mas de 100 nombres para las distintas formas de generación del hielo marino, porque su supervivencia depende de ello, y por eso recibieron de sus antepasados un conocimiento de enorme importancia, que generación tras generación se ha ido aumentando, que es muy poco conocido y puede servir como parte de la respuesta a los cambios climáticos que se están produciendo.

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El hielo marino

Los habitantes de las zonas polares se aventuran regularmente sobre el hielo, que lo ven como una parte de su entorno y como un espacio familiar. De hecho, lo usan como plataforma para la caza, el transporte, la formación y para la realización de actividades comunales.

Un precioso mapa del Ártico levantado por Barents, a finales del siglo XVI

Un precioso mapa del Ártico levantado por Barents, a finales del siglo XVI

El ciclo estacional por el que el hielo marino, o banquisa, se derrite y posteriormente se vuelve a congelar, forma parte de las vidas de las personas que viven en climas más al sur. Cuando ese ciclo se ve alterado por el calentamiento global, la vida y la cultura de estos grupos tienen que cambiar con él, desarrollando nuevas ideas y técnicas para sobrevivir. Estos hábitats de hielo establecidos forman parte de los ambientes culturales del polo, y sus habitantes han desarrollado vocabularios elaborados para muchas formas de hielo locales y sus procesos.

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Llaman al hielo su “carretera de invierno” y la conocen con cientos de nombres, haciendo en ella senderos y marcas de navegación. Así, diferentes tipos de hielo, que son imposibles de distinguir por las personas que viven fuera del Ártico, tienen sus nombres específicos. Por ejemplo, el pueblo inuit del norte de Alaska tiene más de un centenar de palabras para los diferentes tipos de hielo marino y sus procesos de formación.

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Los cazadores Yupik, en la isla San Lorenzo de Alaska, utilizan más de 10 palabras diferentes para distinguir entre tipos de hielo de reciente formación, como qenu (hielo granizado) y qenughhaghaq (hielo granizado del mismo modo que comienza a formarse), saagsiqu (hielo grasoso) y allungelquq (panqueque hielo), aygughnin (hielo recién formado construido contra el viento), saalqaaq (fina capa de hielo en la superficie del agua que acaba de empezar a congelarse), sallegpa (nuevo hielo que se formó muy rápidamente), sallek (hielo formando a baja temperatura en el agua tranquila) y sigiin (hielo nuevo vuelto a congelar en grietas ya abiertas). Y eso es sólo una pequeña muestra, ya que su nomenclatura completa sobre el hielo tiene más de 120 términos.

Inuit en su kayak en los territorios del Noroeste (1929) - Foto Library and Archives Canada (Flickr, CC)

Inuit en su kayak en los territorios del Noroeste, en el año 1929.  Fuente: Library and Archives Canada.

El conocimiento del hábitat polar como factor de adaptación global

La riqueza de lo que las gentes polares saben acerca de su ‘casa de hielo’ es asombrosa. Así como las personas en climas más cálidos pueden tener conocimiento de sus lugares cercanos, los recuerdos, las prácticas culturales y normas de comportamiento que rodean sus paisajes, ya sea en las casas de su calle, los árboles en un parque, o las ondulaciones de la cercana colinas, la gente del Ártico está profundamente familiarizado con sus paisajes de hielo.

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Ellos han transmitido sus conocimientos seculares sobre el hielo marino a través de historias, un cuidadoso entrenamiento y de experiencias compartidas entre padres e hijos. Este conocimiento apenas fue conocido por generaciones de exploradores polares, oceanógrafos y especialistas en el clima, y ahora, como estas lenguas y tradiciones se debilitan o se pierden, este conocimiento cultural sobre el hielo se está dejando de transmitir.

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En este contexto de cambios rápidos, el conocimiento local creado por los habitantes del Ártico es un activo de incalculable valor para las estrategias futuras vinculadas a la administración sostenible del ecosistema polar. La gente del Ártico adquirió experiencia notable en el mantenimiento de la diversidad cultural y biológica en su hogar de hielo, conocimiento que, si se preserva para las generaciones futuras, podría ayudar a la humanidad a adaptarse al cambio climático. Esta información aportada por los naturales demuestra que las ideas y observaciones pueden ser una herramienta clave para comenzar a dar una respuesta efectiva al cambio climático.

Fuente: KRUPNIK, I. The Cultural Icescapes of the Arctic (2014).

Mas información:

MORAL, C. del. Transportes marítimos inuits. Navegando entre hielos y sobreviviendo entre ellos. Hycmar. 2015.

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