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Posts Tagged ‘Edad Moderna’

Casi todos identificamos una fragata como un buque de guerra, que adquirió gran protagonismo a lo largo del siglo XVIII. Uno de los ejemplos más conocidos es la llamada Nuestra Señora de las Mercedes, la nave que fue atacada y hundida por los ingleses, cuyo hecho ha salido en multitud de medios de comunicación y ha sido objeto de estudios, debido a la riqueza de su cargamento y especialmente al fallo de la justicia norteamericana, que en una decisión histórica dio la razón al gobierno español, e hizo que la empresa Odissey devolviera todo lo que había obtenido a través de la recuperación ilegal en el pecio de este buque de estado.

Fragata Nuestra Señora de las Mercedes

Sin embargo, previamente hubo otra embarcación mucho más pequeña que se denominó igual y que posiblemente fue su punto de partida.

Las fragatas del siglo XVI: pequeñas y ligeras naves

Fragata es una palabra de origen italiano, que en menos de un siglo se extendió a casi todas las lenguas románicas de nuestro entorno. Se convierte, además, en español en una voz de gran uso y frecuencia, como atestigua su presencia en distintos diccionarios y vocabularios del momento. Se registra, por ejemplo en las cartas de San Ignacio de Loyola, en las obras de Cervantes y en las de Lope de Vega. A finales de la centuria se sabe que ya había pasado a América.

Durante el siglo XVI la voz se aplicaba a una especie de chalupa o pequeña embarcación de la familia de las galeras que éstas solían llevar amarrada a popa para saltar a tierra o usar en caso de naufragio. Según Fondevila podía llevar entre 7 y 9 bancos para remar, con un hombre por banco. No tenían cubierta, pero sí crujía y llevaba un palo con aparejo latino.

Covarrubias la definió como:

Batelejo que suele llevar consigo la galera, y la echa a la mar cuando hay necesidad de llegar con ella a tierra, o ir de una galera en otra con algún recaudo, por ser como una parte y miembro de la galera, que va haciendo ruido con la presteza del bogar y menear de los remos; porque como es bajel pequeño va más ligero. Es bastante frágil porque no puede resistir las olas del mar, si hay un poco de tormenta

(Versión adaptada del Tesoro de la lengua castellana, o española, compuesto por Sebastian de Cobarrubias Orozcos, 1611, p. 557)
Una chalupa actual, que puede servir de referencia para saber cómo eran las fragatas mediterráneas

Otro autor, Jal, dice que hasta el siglo XVII la palabra se refería a embarcaciones sin bordo y con un sólo puente o ninguno, pero que eran muy rápidas y ligeras. Y además sabemos que varias de este tipo intervinieron en el combate naval de Lepanto:

“Las fragatas que se hallaren en la armada esten por popas de las galeras, y al tiempo de la batalla tengan dos esmeriles y diez arcabuceros, con un caporal para combatir con dos baxeles pequeños del enemigo”.

(Vander Hammen, Don Juan de Austria, Madrid, 1627, referencia tomada de Jal, I, p. 717).

Eran, sin duda, naves pequeñas con poca o ninguna artillería dependiendo del uso asignado, pero muy útiles en el auxilio de los navíos de mayor porte por su velocidad.

Una chalupa que podía ser similar a la fragata mediterránea

La transición en el siglo XVII

En este siglo se gesta el cambio, que comienza en el momento en el que se dota de artillería a estas embarcaciones. Al armar la fragata para la guerra y aumentar su tonelaje, lo que antes era un batelejo o chalupa se empieza a transformar en una embarcación más grande, que termina siendo de alto bordo, incorporando un puente y una batería de cañones, lo que hace que su tamaño termine siendo mucho mayor. Creemos que este cambio se produce cuando el centro de atención de las potencias marítimas pasa desde el Mediterráneo al Atlántico.

La antigua fragata mediterránea no era adecuada para la navegación atlántica precisamente por su debilidad; sin embargo, el desarrollo de la piratería en el Caribe y en buena parte del Atlántico durante la segunda mitad del siglo XVI, hizo muy necesario construir un barco de guerra (por tanto suficientemente grande para transportar artillería) pero al mismo tiempo muy ligero y rápido (características que se atribuían a la fragata del Mediterráneo). El resultado de la adaptación técnica a unas necesidades nuevas del viejo invento siciliano fue el surgimiento de una novedosa embarcación de alto bordo: la fragata atlántica.

Planos de la fragata rusa llamada “Shtandart”, cuyo primer comandante fue el mismo Pedro el Grande en 1703. Astillero de Olonets

Las fragatas desde el siglo XVIII

La que algunos autores llaman fragata atlántica, es un buque de cruz y de tres palos, aunque menor que el navío. Las hay tanto para la guerra como para el comercio.

Plano de la fragata correo de Su Magestad nombrada Reyna Luisa, alias San Carlos. Fines s. XVIII. AGI

Para saber más sobre las fragatas del siglo XVIII existen varios recursos de interés, como la historia de muchas de ellas, una monografía que recoge la evolución técnica de las fragatas españolas o sobre las más actuales.

Para concluir

La fragata era un barco pequeño de auxilio en el Mediterráneo a lo largo de la baja Edad Media, que se terminó adaptando en el Renacimiento a la navegación atlántica, y que en el siglo XVII eleva sus prestaciones, así como su tamaño y se empieza a utilizar como embarcación militar independiente hasta dar como resultado las magníficas fragatas de la época ilustrada. En esos momentos la antigua y pequeña fragata cambia, pero conserva el rasgo de su gran velocidad, para ello deja de ser ligera hasta convertirse en una nave de alto bordo con tres palos y hasta tres baterías de cañones, ya en el siglo XVIII.

Más información

BORREGO PLÁ, María del Carmen. Cartagena de Indias en el siglo XVI. Sevilla: Editorial CSIC, 1983.

JAL, Auguste. Archéologie navale. Paris: A. Bertrand, 1840.

VELASCO HERNÁNDEZ, Francisco. El auge del microcorso berberisco tras la guerra de las Alpujarras y su incidencia en el sureste español (1570-1610). En El siglo de la Inmaculada. Universidad de Murcia, 2018. p. 233-248.

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Los remeros de las galeras estaban bastante desamparados y no sólo por los peligros que la navegación suponía, sino porque en caso de enfermedad, de lesiones graves o de muerte no disponían de una asistencia que facilitara su traslado o les permitiera ingresar en un centro hospitalario para poder recuperarse.

Galera de fanal. Fuente

Por esta razón, y a semejanza de lo que carpinteros, calafates o pescadores habían hecho en época medieval, se creó en España la Cofradía de la Piedad y de la Caridad, también llamada de las Galeras, durante el siglo XVI.

La Cofradía

Fue fundada en 1565 por oficiales y gente de galeras para “alivio de enfermos y decente enterramiento de difuntos” en la base de invernada de estas embarcaciones, que estaba en el Puerto de Santa María (Cádiz). Inicialmente alquilaron una casa cerca de la ermita de Santa Lucía para que sirviera de hospital temporal mientras se construía uno nuevo.

Estuvo costeada sólo por los donativos de la gente de galeras, sin intervención alguna de la Corona. El dinero que se recaudaba procedía de una parte de los sueldos de los embarcados, e incluso los propios galeotes ofrecían una parte de su comida como contribución a la cofradía para la construcción del hospital.

Aunque hubo altibajos parece que estaba ya finalizado en 1613, y que ese mismo año el duque Filiberto de Saboya contribuyó con 1000 reales. La ubicación del hospital estaba en los aledaños de la iglesia de San Juan, que el papa León X terminaría hermanando con la romana de San Juan de Letrán.

Otro regalo para la capilla vino de la mano del héroe de Lepanto, Juan de Austria, que donó la imagen de la Virgen María que llevaba en su galera real y que convirtió en su patrona tras la famosa batalla. Una vez instalada en la capilla se le puso el nombre de Virgen de la Victoria y del Rosario, que con el tiempo fue patrona de la Marina española.

Galera española. Fuente

En 1630 parece que se terminaron definitivamente las obras del hospital. Las instrucciones generales y ordinarias para su actividad aparecieron en el año 1655, y uno de los temas en los que más se insiste es en la asistencia espiritual continua a los enfermos.

Esta obra y la misma cofradía tuvieron muy buena acogida y pronto las autoridades se apuntaron a asistir a los actos religiosos, por lo que fue necesario, para evitar conflictos, fijar los puestos que en la iglesia podían ocupar los generales, jefes y oficiales de galeras.

Aunque la monarquía no había colaborado económicamente en nada, se reservó el nombramiento de todos los cargos, con excepción de los mayordomos, que eran de libre elección por los cofrades.

La sede se traslada a Cartagena

Una orden mandó trasladar la Escuadra de Galeras desde el Puerto de Santa María hasta Cartagena en 1668. La cofradía se cambió también de sede y en esta ciudad se comenzó a pedir limosna para erigir un nuevo hospital, cuyo arquitecto sería Blas López, que ya en 1674 estaba en obras.

Cartagena en el Atlas de Pedro Teixeira (S. XVII). Fuente

En su nuevo emplazamiento los hermanos mayores y otros miembros de la cofradía “pasaban la capacha” (pedían limosna) para que la construcción se acabara cuanto antes. Las crónicas hablan de Francisco García Roldán, soldado de la galera San Miguel, solicitando donativos por toda la urbe, pero también de Gaspar Vila, caballero de la Orden de Santiago y hermano mayor cofrade, que recorría grandes distancias en busca de socorro para la institución hospitalaria. Sabemos que no sólo vinieron dádivas de la zona, sino que también llegaron de galeras que navegaban muy lejos de ella, así como de algunas localidades americanas. Se llamó Real y Santo Hospital de Caridad.

Detalle de unas galeras dibujadas por R. Monleón. Fuente: Museo Naval de Madrid

Hoy, después de cuatro siglos, este antiguo hospital sigue todavía prestando servicio en la ciudad de Cartagena.

Hospital de la Caridad de Cartagena

Para concluir

Cuando el Puerto de Santa María dejó de ser sede de las galeras, la capilla se desatendió, a pesar de algunas órdenes indicando que se debía mantener. De hecho, hay un testimonio del año 1809 que habla de que estaba en ruinas y a punto de caerse, por lo que se acordó trasladar la imagen de la Virgen a otro lugar más adecuado. La idea inicial fue llevarla a la parroquia castrense de San Fernando, pero al final acabó en el Arsenal de La Carraca. Tras permanecer unos años allí, se trasladó al Colegio Naval Militar.

A pesar de esta dejadez posterior, las cofradías asistenciales como la de las galeras prestaban alivio y cuidados, a la vez que proporcionaban cierta esperanza a quienes tenían esta dura vida remando. Garantizaban que en momentos críticos, como los casos de enfermedad o de muerte, una entidad formada con sus donativos estaría detrás apoyándolos.

Más información

HOURCADE, José Jesús García e IRIGOYEN LÓPEZ, Antonio. Los hospitales de la Diócesis de Cartagena en la documentación vaticana (visitas” ad limina” ss. XVI-XIX). Murgetana, 2001,104, p. 91-103.

MAESTRE DE SAN JUAN PELEGRÍN, Federico. La influencia de la escuadra de galeras de España en la ciudad de Cartagena. Sociedad, entramado urbano y devociones. Cartagena Histórica, 2017,

MONTOJO MONTOJO, Vicente y MAESTRE DE SAN JUAN PELEGRÍN, Federico. Implicación de Cartagena de Levante en la actividad de las escuadras de galeras de la Monarquía Hispánica (1621-1665)Revista Electrónica de Historia Moderna, 2020, 10, 40, p. 133-156.

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En pleno océano Pacífico, a la altura de Chile, hay archipiélagos poco conocidos cuya historia es muy interesante. Esta semana vamos a tratar sobre unas islas alejadas del continente americano, con unos nombres poco comunes y una historia de supervivencia humana, unida a una profunda admiración por su medio natural.

Descubiertas por el cartagenero Juan Fernández en el siglo XVI, el archipiélago que hoy lleva su nombre está compuesto por tres islas de cierto tamaño, profundamente montañosas y difíciles de transitar, pero de una belleza intrínseca que las ha convertido en Parque Nacional. Una se llamaba hasta mitad del siglo pasado “Mas afuera” y la otra “Más alla”. La tercera, la más pequeña de las tres, es Santa Clara. Es habitual que las islas lleven el nombre de sus descubridores, de reyes, nobles o de santos, por lo que es curioso que a éstas dos primeras se las denominara de esa forma.

El archipiélago de Juan Fernández, con sus tres islas más significativas. Este mapa no se corresponde con la situación geográfica, ya que las dos mayores están mucho más separadas

En 1977, la Unesco clasificó estas tierras insulares aisladas como reservas de la Biosfera, y en ellas casi el 65% de las especies de plantas son endémicas y hay animales únicos, como el león marino de las islas, la pardela y el colibrí rojo, entre otros.

La isla de “Mas Afuera

Actualmente se llama de Alejandro Selkirk, pero mucho antes era llamada Isla de los Perros y de Más Afuera. Recibió este último nombre porque está a unos 165 kilómetros hacia el occidente de las otras, que están mucho más juntas y menos alejadas del Chile continental (a más de 600 km.). Su denominación actual se debe a un marinero escocés que vivió como náufrago en el archipiélago a principios del siglo XVIII, aunque no hay constancia de que visitara esta isla en concreto. Tiene alrededor de cincuenta kilómetros cuadrados de extensión y a principios del siglo XX fue una cárcel.

En ella no hay bahías que protejan la costa de las olas y de los vientos, por lo que cualquier nave que allí quiera entrar debe ser varada en una rada para que no se estrelle contra las rocas.

Es una residencia estacional, ya que los pescadores y sus familias viven en ella temporalmente durante los meses que se lleva a cabo la pesca de la langosta. De cualquier forma, aunque quisieran permanecer en ella, no se puede habitar de manera continuada porque es un Parque Nacional. Por ello no se ofrecen la mayoría de los servicios de los que actualmente disfrutamos, motivo por el que está considerada como una de las zonas más aisladas del mundo. A pesar de las duras condiciones de vida, sus habitantes estacionales hablan admirados de ella.

Este detalle de la cartografía de las costas de Chile (1799) recoge el antiguo nombre dado a la isla. Fuente: BNE

El insigne escritor argentino Sarmiento la comparaba con un enorme cetáceo, que levanta sus lomos sobre las olas, adoptando la forma de una ballena inmóvil y dormida. A ella también llegaron, pero sin desembarcar, los marinos españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa durante el siglo XVIII.

La isla de “Mas Allá”

Es la mayor y en la que está situada la capital. Hoy se llama Robinson Crusoe, pero los más ancianos siguen llamándola así o uniendo ambas palabras “masallá”.

Descripción de la Ysla Grande, de Juan Fernández 1743, que como puede verse también representa la isla de Santa Clara

Es más rica en recursos naturales y también más fácil de fondear en ella, por lo que está habitada de manera continuada. También han dedicado parte de sus instalaciones al turismo ecológico.

Isla Robinson Crusoe del archipiélago Juan Fernandez. Foto: José Carvajal

La isla posee una espectacular belleza, que con sus enormes montañas y la vegetación endémica la convierten en un lugar único. San Juan Bautista, situado en la Bahía Cumberland, es el lugar donde se concentra la mayor parte de la población, que suele oscilar entre los 500 y los 600 habitantes.

La historia que dio nombre a las dos islas

El nombre de Robinson Crusoe con el que se conoce la isla es literario y fue creado por Daniel Defoe, cuya novela se hizo muy famosa. El auténtico personaje que allí naufragó se llamaba Alexander Selkirk (como la otra isla). Terminó allí en el año 1703 tras una fuerte disputa con el capitán del barco corsario Cinque Ports. El enfrentamiento surgió porque Selkirk mantenía que era mejor arreglar la nave en la que viajaban antes de adentrarse en pleno océano. Como el capitán no pensaba igual lo que hizo fue dejar al marino escocés en la isla, sólo, con apenas unas herramientas que serían encontradas dos siglos después. Sobrevivió como pudo durante años y sin compañía alguna. Salió de ella cuando el 2 de febrero de 1709 llegó otro barco corsario, el Duke, capitaneado por William Dampier, que lo llevó a su patria. A su vuelta a Inglaterra se convirtió en una celebridad y dio pie a la novela de Defoe.

Portada de una edición en español del siglo XIX. Fuente: BDH

A mediados del siglo XX una intensa campaña para cambiar el nombre antiguo a las islas, hizo que en 1966 el gobierno chileno decidiera que las nuevas denominaciones estarían vinculadas con la literatura de Defoe, surgiendo así, en el archipiélago de Juan Fernández, dos nuevas formas de llamar a dos antiguas islas, “Más Allá” y “Más Afuera”, que serían conocidas a partir de ese momento como Robinson Crusoe y Alejandro Selkirk.

Más información

MÉNDEZ MARDONES, Rubén Félix, et al. Propuesta estratégica para implementar micro-redes basadas en energías renovables no convencionales en comunidades con aislamiento extremo: caso de estudio, Isla Alejandro Selkirk, Archipiélago Juan Fernández. 2017.

PINSENT, Brinck, et al. Plástico/Endémico: identidad y aislamiento en el archipiélago Juan Fernández: etnografía de las islas Robinson Crusoe y Marinero Alejandro Selkirk. 2005. Tesis Doctoral. Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

VICUÑA MACKENNA, Benjamín. Juan Fernández: historia verdadera de la isla de Robinson Crusoe. Santiago de Chile: Ed. Rafael Jover, 1883.

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Es poco frecuente que en las novelas de caballerías aparezcan elementos vinculados estrechamente con el tema naval. El texto que aquí tratamos esta semana tiene un componente marítimo, vinculado con los dos protagonistas de la historia, el rey Canamor y su hijo Turian. Como es propio de estos relatos, se genera una idea fabulosa en un país lejano donde los nobles, reyes y príncipes tienen el código de caballería como principio de actuación. También incluye esos toques pueriles e irónicos que tanto gustan en este tipo de textos.

La obra se publicó por primera vez en el siglo XVI. Es de interés porque retrata algunos aspectos sobre el mundo de la navegación medieval, y curiosamente también su vínculo con temas mágicos y fantasiosos. Vamos a resumir el texto para pasar luego a los detalles marítimos.

Tapiz de Bayeux

El argumento del libro

Canamor es un príncipe persa que muy joven abandona el hogar paterno sin permiso, en apoyo de un noble amigo suyo. En una de sus aventuras libera a la que será su mujer, Leonela. De este matrimonio nace Turián, otro caballero en busca de aventuras, que se enamora por referencias de la princesa Floreta, decide ir a su encuentro, y la rapta.

Las aventuras marítimas

Canamor conoce a su mujer en un episodio en el que observa un extraño navío sin tripulación, del que descienden cuatro leones que lo conducen a su interior. Allí encuentra a una doncella durmiente, la princesa Leonela, que había sido encantada y expulsada de su tierra. El protagonista se enfrenta a Brocadán, el usurpador, le corta la cabeza, libera el reino y se casa con Leonela.

Marco Polo en su viaje a Asia

La otra gesta marítima ocurre con Turián, cuando rapta a su amada Floreta. En el viaje de vuelta a su tierra, van navegando y se levanta un gran temporal. El maestre de la nave decide que Floreta es la causante de todas las desgracias y que ha de ser arrojada al mar. Turián logra que al menos consientan en que sea abandonada en un peñasco. Allí encuentra a una ermitaña, que la protegerá. Tras volver a tierras persas, el príncipe decide ir a buscarla, se reencuentran, regresan a Persia y son coronados reyes.

Marco Polo partiendo de Persia

Tradiciones marítimas medievales

Además de los usos y costumbres de caballería, de los matrimonios entre iguales y de otras características de esta literatura, hay rasgos destacables como que la historia se sitúe en Persia, uno de los imperios más antiguos y más ricos de la Antigüedad, que posee una vasta tradición literaria y también marítima. Sin embargo, son los principios de la cultura caballeresca europea los que aparecen en el relato. Persia es sólo un lugar elegido, tal y como pudo ser Siria para el relato de la princesa Albina y de sus hermanas. Son emplazamientos lejanos envueltos en misterio, donde la fantasía puede volar libremente.

Albina y sus hermanas saliendo de Siria hacia el exilio

El otro rasgo que distingue a esta historia fabulosa es precisamente que algunas de las aventuras tiene lugar en el mar, vinculadas con las futuras reinas. Ocurren a bordo de navíos, con historias oníricas como es el caso de la nave de Leonela, protegida por cuatro leones, que en la trama son como perros obedientes, que además pueden desarrollar funciones humanas.

Fuente

La otra narración extensa, la que acontece con Floreta, refleja mitos y creencias profundamente arraigados en la mentalidad del medievo: “la presencia de mujeres a bordo puede traer mala suerte”, por lo que inmediatamente las culpan de la tormenta y de que la nave peligre.

Otros detalles son el uso de términos como áncora (ancla), batel (una pequeña nave utilizada para llegar a la orilla), voces como “marear la nave” o la fantástica sortija con poderes que permite a la princesa Leonela dirigir el barco, fondear y zarpar sólo con ponérsela en el dedo.

que el conde Edeos, que esta nave encantara, me dio una sortija que traigo aquí conmigo encantada; quando la meto en el dedo, las áncoras se acogen a la nave y el trel se alça; entonces puedo yo ir do quisiere; y quando la tiro del dedo y la meto en la limosnera, abáxase el trel y échanse las áncoras, y todo esto se hace por encantameto, assí como si lo hiziessen unos marineros.

Para concluir

A pesar de que esta fantástica historia fue publicada por primera vez en la Edad Moderna y que son muchas las ediciones que desde ese momento ha habido, el tema es poco conocido. Y el hecho de que algunas de las aventuras más significativas ocurran en el mar, la convierten un relato de interés para la Historia y el Patrimonio Marítimos.

Más información

BASTAN, Elvira & STOICA, Ruxandra. The story of king Canamor and infante Turian his son. Tirant, 2012, 15, p. 205-273.

BARANDA, Nieves. Historias caballerescas del siglo XVI:) Libro del rey Canamor. Madrid: Fundacion Jose Antonio de Castro, 1995.

BELTRÁN LLAVADOR, Rafael. Los periplos marítimos del Libro del rey Canamor y del infante Turián, su hijo y las primeras empresas militares en la India portuguesa (Cananor, 1507)Historias fingidas, 2015, 3, p. 67-106.

BELTRÁN LLAVADOR, Rafael. La espera nocturna, la nave misteriosa y los leones mansos de La historia del rey Canamor y de Turián, su hijo: probables huellas de una historia caballeresca breve en Don Quijote. En: Dialoghi e scritti per Anna Maria Babbi. Verona: Fiorini, 2016, p. 515-526.

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España, junto con Portugal, fue una de las primeras naciones en aventurarse por los mares “incógnitos”. Como resultado se acumuló una importante experiencia marítima, que pronto se vio reflejada en manuales de navegación, que recogían los conocimientos más necesarios para adentrarse en la mar.

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Precursores de estos tratados pueden ser las obras del rey Alfonso X El Sabio, los cartógrafos medievales mallorquines que en la Baja Edad Media ya empezaron a dibujar las primeras cartas portulanas, así como el Almanaque Perpetuo de Abrahan Zacuto.

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Detalle del Atlas de A. Cresques. Fuente: Gallica

La Edad Moderna trajo consigo un importante desarrollo de la navegación. Sin embargo, la naturaleza de los avances náuticos es aún muy desconocida. Lo que sí está muy claro es que desde el inicio de los tiempos astronomía y navegación fueron muy unidas. En España, en este ámbito se cultivó una cosmografía muy implicada con la geografía matemática, la cartografía y la astronomía náutica. Así, muchos de estos contenidos se podían hallar en los tratados sobre el arte de navegar y en las obras de geografía que fueron apareciendo. De esta manera, salieron diferentes ediciones de todos ellos, que tuvieron tal trascendencia que se tradujeron rápidamente a otros idiomas, como el francés, inglés e italiano, y las ediciones se multiplicaron también en éstas y otras naciones.

astrolabio
Un astrolabio dibujado en la obra de Chaves

Algunos tratados de náutica publicados en España

Ya en época moderna uno de los primeros textos fue el de Pedro García Fernández, impreso en 1485, que creemos perdido. Sí que existen copias de otros publicados o escritos durante el siglo XVI, como los de Fernández de Enciso (publicado en Sevilla, en los años 1519, 1530 y 1546), Francisco Faleiro (Sevilla, 1535), Pedro de Medina con su famoso Arte de Navegar (Valladolid, 1545) y Regimiento de Navegación (Sevilla, 1552 y 1563), Martín Cortés (Sevilla, 1551), Zamorano (Sevilla 1560, 1580, 1581 y 1592), y, ya entrado en siglo XVII, el de García de Céspedes (Madrid, 1606).

Sus autores

Muchos de estos textos están escritos por cosmógrafos, cartógrafos, navegantes o pilotos y publicados en Sevilla. En esa época, además de experiencia y práctica en la mar, tenían que conocer cómo se fabricaban y usaban los instrumentos náuticos, así como las diferentes técnicas para realizar las largas travesías que se requerían.

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Surge, por lo tanto, la necesidad de obtener y fabricar herramientas y de conocer técnicas, cuyo origen se pueden encontrar en el legado clásico y en el desarrollo científico y técnico producido en el mundo islámico. En una página del blog se pueden encontrar, ordenados cronológicamente, los autores y las obras aparecidas más famosas, así como algunas de sus ediciones.

Su transcendencia

Durante el siglo XVI se publicaron un destacado grupo de obras que forman parte de la producción científica española y que tratan del arte y ciencia de navegar. Hay que tener en cuenta que con excepción de Portugal (ya que algunos están apareciendo ahora, pero apenas están estudiados), el resto de los tratados europeos comenzaron a fines del siglo XVI.

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La coca de Mataró (aprox. s. XV)

Por ello, la prontitud en sacar a la luz estos conocimientos y las múltiples traducciones que se llevaron a cabo, destacan la magnitud del trasvase cultural y científico que se produjo en aquella época. Igualmente avalan la importancia de los originales y sus consecuencias históricas, y sirve para reivindicar la aportación de la Ciencia española en este campo.

libros de nautica

Fuente: GUILLÉN, J.F. Historia Marítima. Instituto Histórico de la Armada, 1961.

Puede acceder a casi todos estos manuales en nuestra web.

Más información

AGUIAR AGUILAR, Maravillas. Los primeros instrumentos de navegación que viajaron a América. Mélanges de la Casa de Velázquez, 2019, 49, 1.

CUESTA DOMINGUEZ, Mª Pilar. Una colección de historiografía náutica del siglo XVI. Boletín de la ANABAD, 1993, 43, 2, p. 131-140.

DE BASTERRECHEA MORENO, Juan Pedro. Traducción al inglés de obras españolas de arte de navegar del Siglo XVI. 1998. Tesis Doctoral. Universidad del País Vasco-Euskal Herriko Unibertsitatea.

GARCÍA GARRALÓN, Marta. La formación de los pilotos de la carrera de Indias en el siglo XVIII. Anuario de Estudios Atlánticos, 2009, 55, p. 159-228.

GONZÁLEZ GONZÁLEZ, Francisco José. La introducción en España de la navegación astronómica (S. XVI-XVIII). Los tratados de náutica conservados en la Biblioteca de Real Observatorio de la Armada. Las matemáticas del mundo y el mundo de las matemáticas, 1998.

GONZÁLEZ GONZÁLEZ, Francisco José. Del ‘Arte de marear’ a la navegación astronómica: Técnicas e instrumentos de navegación en la España de la Edad Moderna. Cuadernos de Historia Moderna. 2006, Anejos, p. 135-166.

GUILLLÉN TATO, Julio. Europa aprendió a navegar en libros españoles. Contribucción del Museo Naval de Madrid a la Exposición del Libro del Mar. Instituto de Marina, 1943. 14 p.

GUILLLÉN TATO, Julio. Historia marítima española. Lecciones para uso de los caballeros guardias marinas. Madrid: Imprenta Ministerio de Marina, 1961.

NAVARRO BROTONS, Víctor. Astronomía y cosmografía entre 1561 y 1625. Aspectos de la actividad de los matemáticos y cosmógrafos españoles y portugueses. Cronos, 2000, 3, 2, p.  349-380.

PÉREZ-MALLAÍNA, Pablo Emilio. Viejos y nuevos libros para pilotos: la evolución de los tratados de náutica españoles del siglo XVI al XVIII. En: PÉREZ-MALLAÍNA, P.E. et al. Antonio de Ulloa: La biblioteca de un ilustrado. Sevilla: Universidad de Sevilla, 2015, p. 33-49.

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Lee Boo nació en un pequeño lugar del Pacífico. Era hijo del jefe de uno de los territorios insulares de las islas de Palau. Su historia tuvo lugar en el siglo XVIII, la centuria de la Ilustración, y se adecúa muy bien a los usos y costumbres de ese momento.

Las islas Palaos

Estas islas fueron inicialmente pobladas por habitantes procedentes del continente asiático y de Filipinas. Los primeros europeos que llegaron a ellas fueron los españoles de la expedición de Magallanes-Elcano, aunque la colonización como tal se inició ya a fines del siglo XVII. Se llamaron islas Palaos. Para el capitán inglés que naufragó en ellas eran las “Pelews”, luego fueron nombradas Islas Palau y, más recientemente, se ha convertido en la República de Palaos, o de Belau en su idioma nativo.

El naufragio inglés

Lee Boo tuvo contacto con los europeos porque una nave de la Compañía Británica de las Indias Orientales, el Antílope, capitaneada por Wilson Falmouth, naufragó en estas islas en septiembre de 1782.

Dibujo del naufragio del Antílope

Se salvaron todos los hombres, con una excepción, y usando naves improvisadas atravesaron el arrecife. Se refugiaron en Ulong (que lo deletrearon como Oroolong), un islote cercano que en ese momento estaba deshabitada. El jefe del grupo de islas se llamaba Ibedul (aunque los ingleses lo llamaban Abba Thulle). 

Lee Boo, vestido a la manera occidental, con sus padres

Dos de los hermanos del jefe fueron de los primeros en visitar a los ingleses náufragos. La comunicación fue posible desde el principio gracias a que ambos contaban con intérpretes de lengua malaya y así se inició una relación amistosa. A los británicos se les permitió talar los árboles de la isla para la construcción de una embarcación en la que pudieran regresar. A cambio éstos debían ayudar a someter a los habitantes de las islas rivales, que estaban causando problemas a estos nativos. Este apoyo no fue difícil gracias a las armas de fuego europeas.

Talla nativa, que representa a los marineros y a sus anfitriones isleños

El jefe visitaba a menudo el astillero que habían montado los ingleses y les llevaba comida. Era un experto tallador de madera, por lo que le gustaba mucho observar cómo construían su nuevo barco. Vio cómo una parte de la madera del Antílope fue reciclada y convertida en tablazón para el nuevo barco, cómo la botavara de la antigua nave se convertía en el mástil de la nueva. Le parecían muy interesante las técnicas de carpintería de ribera que utilizaban.

Cuando finalizó su construcción, iniciaron los preparativos para el viaje de vuelta. El jefe les pidió que se llevaran a su segundo hijo, llamado Lee Boo, en el barco, para que aprendiera usos y costumbres europeas, que luego podía transmitirles a su vuelta.

El príncipe dibujado por A.W. Devis (S. XVIII). British Museum

El viaje a gran Bretaña

Primero debían pasar por China, cuyo viaje duró solo dieciocho días. En ese trayecto parece que Lee Boo se mareaba al principio, pero recibió cuidados del médico y del propio capitán, que además le regaló un traje de marinero para protegerse del frío. 

El muchacho hacía nudos en el cordón que llevaba consigo, como una especie de diario en el que fijar las cosas que quería recordar, para contarlas cuando regresara a su tierra.

Otro dibujo de Lee Boo

En el viaje a Inglaterra Lee Boo comenzó su conocimiento de las costumbres y objetos europeos. La primera vez que se vio en un espejo se quedó paralizado.

Llegada a Gran Bretaña

Después del largo viaje llegó a Portsmouth el 14 de julio de 1784. Para entonces, ya había interpretado y descrito su viaje en coche de caballos a Londres, diciendo que lo habían puesto en “una casita con la que se llevaron los caballos – que él dormía, pero que [la casita] seguía andando; y que mientras él iba por un camino, los campos, las casas y los árboles, todo iba por otro”.

Dibujo de Lee Boo publicado en 1798, en el libro que cuenta su historia

Vivió en la casa del capitán Wilson, donde tenía su propio dormitorio y era uno más de su familia. Durante la mayor parte de los cinco meses y trece días que pasó en Inglaterra, asistió a una academia, donde dijeron que su aplicación era tan grande como su deseo de aprender. Era muy hábil con la lanza, poseía buenos modales y se mostraba siempre amistoso.

A mediados de diciembre de 1784 se descubrió que el joven tenía viruela y a pesar de los cuidados que recibió terminó falleciendo. Fue enterrado en el cementerio de St. Mary’s, en la tumba familiar del capitán Wilson. 

Monumento al príncipe Lee Boo

Para concluir

Al ser hijo del jefe y considerar a éste como un rey en su territorio, su descendencia podía tener el título de príncipe, que fue lo que ocurrió con Lee Boo en la mentalidad europea. Aparte, en las historias que se narraban parecía que todo era más interesante si el muchacho tenía ascendencia real.

Su vida se publicó en un libro, titulado The Interesting and Affecting History of Prince Lee Boo, a Native of the Pelew Islands…, editado por primera vez en Londres en 1789. El texto está depositado en el Biblioteca del Congreso de Washington, se encuentra digitalizado y es de libre acceso (el enlace se puede encontrar más abajo).

Lee Boo fue uno de los primeros isleños del Pacífico en visitar Gran Bretaña, y su vida y su prematura muerte, sólo cinco meses después de su llegada a Londres, capturaron la imaginación del público británico y de la audiencia europea y estadounidense. Su éxito fue tal que entre 1789 y 1850 se llegaron a publicar unas 20 ediciones en inglés y más de una docena en otros idiomas.

Más información

The Interesting and Affecting History of Prince Lee Boo, a Native of the Pelew Islands, Brought to England By Capt. Wilson. Short Account of Those Islands. Manners and Customs of the Inhabitants. Londres, 1789.

MUIR, Marcie, et al. The History of Prince Lee Boo. Bulletin Bibliographical Society of Australia and New Zealand, 2003, 27, 1-2, p. 82.

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