Cuando vemos los grandes navíos, sobresalen sus enormes palos. El mayor es tan alto como un edificio de varios pisos, los otros, aunque no lo son tanto, siguen teniendo una altura importante. Ahora es más fácil colocar alguno de estos mástiles, pero ¿cómo lo hacían antes?
Las machinas de arbolar eran unas enormes gruas que se utilizaron en los arsenales durante los siglos XVIII y XIX para colocar y retirar los mástiles y las vergas que componían la arboladura de los navíos, así como para levantar grandes pesos. Se convirtieron, por lo tanto, en una parte muy importante de la maquinaria utilizada para la construcción y mantenimiento de la nueva flota borbónica. En esos momentos los textos hacían referencia a la «machina para arbolar y desarbolar palos macho».
Las machinas de arbolar no eran simples grúas. Eran las únicas estructuras capaces de colocar con precisión un tronco de hasta cincuenta metros dentro del casco de un navío sin destruirlo durante la maniobra.
Los grandes mástiles que sostienen las velas de un navío también se denominaban árboles (o palos) y la operación de situarlos en el casco se llamaba «arbolar».

¿Cómo era la machina?
Era una infraestructura colosal. Se trataba de un enorme trípode de cuyo vértice se supendía una polea, rodeada por cabos (cuerdas, cables o cadenas) que elevaban el mástil cuando los operarios tiraban de ellos. Para colocar la machina se empotraba por su pie en un lugar clave del arsenal, sobre un muelle, siempre muy cercano al agua. También existían pontones flotantes que portaban una de estas enormes estructuras. Previo a la revolución industrial, el trípode estaba formado por grandes troncos de madera.

¿Por qué hacía falta una máquina tan enorme para colocar un solo palo?
La dificultad no radicaba tanto en el peso (aunque podía estar entre unas 15 y 20 toneladas) como en la longitud del palo (que podía oscilar entre los 40 y los 50 m en los navíos más grandes). El árbol mayor de un navío del siglo XVIII era un tronco enorme y muy largo, que debía introducirse casi en vertical dentro de la carlinga sin golpear el casco. Por eso las grúas (o cabrias) previas no servían.
Era una enorme máquina… movida por personas
El navío debía ser remolcado y fondeado exactamente al pie del muelle donde se situaba la machina. Cuando eran fijas, toda la maniobra dependía de la pericia del personal para posicionar el barco milimétricamente bajo la grúa.

Una vez que el navío estaba situado en el muelle, el mástil se izaba en posición vertical. Cuando la base del palo quedaba suspendida por encima de la cubierta del navío, se descendía lentamente a través de una abertura llamada fogonadura (que estaba en la cubierta) hasta encajarlo a presión en la quilla del barco (en la carlinga).
Las maniobras necesarias para guiar e instalar un mástil utilizando la machina de arbolar eran de las operaciones más peligrosas, ruidosas y de mayor precisión que se llevaban a cabo en los arsenales del siglo XVIII. Exigían una coordinación extraordinaria entre decenas de hombres que operaban bajo el estricto mando del capitán de la maestranza.
Sólo hay que imaginar un tronco enorme, de 40 o 50 metros. Está suspendido de una machina y va girando lentamente hasta que consiguen hacerlo entrar por la fogonadura, y posteriomente llegar hasta la carlinga.
Antonio de Ulloa, que recorrió numerosos arsenales europeos durante el siglo XVIII, quedó tan impresionado por estas estructuras que las consideró una de las dos «providencias bien esenciales para las Armadas», junto a los diques de carenar. Hacía referencia a las maquinas de arbolar francesas, y sostiene que en Brest se podía hacer esta operación en menos de un cuarto de hora. En Tolouse tenían otra machina, cuyo diseño era muy diferente, pero no por ello era menos eficiente. Igualmente, tras su visita a los arsenales holandeses de Rotterdam y Amsterdam, escribió acerca de lo sorprendido que estaba de que en ellos todavía no tuvieran ni diques de carenar ni máquinas de arbolar (el documento original está en el Archivo General de Simancas, Marina, leg. 715).
Algunas de las máquinas instaladas en los territorios de la corona española estuvieron en el Arsenal de la Habana (1740) y en Cartagena (1758). En el Ferrol había un pontón machina, que fue sustituido en el siglo siguiente por una fija (1824). Sabemos que en Cádiz, en el Arsenal de La Carraca, también contaban con una enorme grúa en esa época.

Para acabar
Cuando contemplamos un gran navío histórico solemos dirigir la vista hacia sus inmensos mástiles. Sin embargo, rara vez pensamos que, antes de que pudiera navegar, fue necesaria otra gigantesca estructura, hoy casi olvidada, para colocarlos en su sitio. Las machinas de arbolar fueron uno de los grandes logros de la ingeniería de los arsenales del siglo XVIII y constituyen una parte esencial de nuestro Patrimonio Marítimo Industrial.
Más información
ANCA ALAMILLO, Alejandro. Machinas, cabrias y grúas del Arsenal de Ferrol (1738-1917):(con especial referencia a otras que tuvo la Armada en Cartagena, La Carraca y La Habana). Damaré, 2010.
ESCRIGAS RODRÍGUEZ, Juan. El Real Arsenal de la Habana. Revista General de Marina, 2020, 279, 2, p. 315-333.
GUIMERÁ RAVINA, Agustín y MONGE, Fernando. Puerto colonial y obras públicas marítimas: la polémica sobre ‘La Machina’ de La Habana (1882). En: GUICHARNAUD-TOLLIS, Michèle (ed.). CARAÏBES, Eléments pour une histoire des ports El Caribe. Elementos para una historia de los puertos. Paris: Editions L’Harmattan 2003, p. 195-217.
NUERE MATAUCO, Enrique. Modelo de machina o gran cabria del arsenal de Tolón (Francia) y modelo de machina de arbolar semejante a la del Arsenal de Cartagena. En Maquetas y modelos históricos: ingeniería y construcción. Fundación Juanelo Turriano, 2017, p. 218-221.
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SANTALLA LÓPEZ, Manuela. Los gremios del mar en el Ferrol del setecientos. En DUBERT, Isidro; SOBRADO CORREA, Hortensio. El mar en los siglos Modernos. Xunta de Galicia, 2009, t. I, p. 527-541.
SOLANO DE LAS AGUAS, Sergio Paolo. El Apostadero de la Marina de Cartagena de Indias, sus trabajadores y la crisis política de la Independencia. Economía & Región, 2015, 9, 1, p. 209-243.
ULLOA, Antonio de. La Marina. Fuerzas navales de la Europa y costas de Berbería. Cadiz: Universidad, 1995. [El trabajo lo terminó Ulloa cerca del año 1773, pero ha sido publicado ya en el siglo XX].
VALLARINO, Baltasar. El Ancla de leva: arte de aparejar y maniobras de los buques. Madrid: Fortanet, 1888. [Hay una reedición de la editorial Extramuros, 2007].

