Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘– Ciudades marítimas’ Category

Hélice era una ciudad costera griega, situada en el golfo de Corinto, en la región de Ácaya. Era muy famosa por el templo que sus habitantes le dedicaron al dios del mar, Poseidón. Aparte de las visitas de sus vecinos, todos los años recibía miles de peregrinos que acudían al templo. Tanto Homero como Pausanias hablan de la destrucción de la ciudad, debido, según las leyendas, a un castigo divino.

Cómo fue destruida Hélice

En una ocasión, los habitantes de Hélice mataron de forma despiadada a unos peregrinos que acudieron al templo de Poseidón. Las crónicas dicen que el dios entró en cólera y destruyó la ciudad con sus rayos.

Estatua levantada en honor del dios del mar Poseidón. Fuente

Parece que lo que realmente ocurrió fue un desastre natural, primero un seísmo y luego un maremoto, que hizo desaparecer los edificios y con ellos los cimientos mismos de la ciudad. La destrucción de Hélice tuvo lugar en el año 373 a. C.


Pausanias cuenta que fue uno de los terremotos más fuertes, porque supuso la destrucción de todo y «aquello contra lo que dirige su impulso lo derriba al punto de un modo semejante a los arietes… dicen que este movimiento de la tierra se desliza directamente bajo los edificios y remueve los cimientos… y no deja ninguna huella de lo construido en el suelo».

Ruinas halladas de Hélice

Para colmo durante ese invierno el mar inundó una gran parte de la región y la cubrió, tanto la urbe como zonas limítrofes; y además las olas alcanzaron el bosque de Poseidón hasta tal punto que sólo se podían ver las cimas de los árboles.

Moneda griega en la que aparece Poseidón y se nombra a la ciudad de Hélice. S. IV a.C. Fuente

Las excavaciones arqueológicas han descubierto un grupo de artefactos y varios entierros en el área, lo que parece indicar que hubo un reasentamiento, que comenzó entre los siglos IV y II a.C. y continuó hasta el período bizantino tardío (siglos XIV al XV d.C.). 

Reconstrucción de una de las casas de Hélice

Más información

FERENTINOS, George, et al. The disappearance of Helike-Classical Greece—New remote sensing and geological evidenceRemote Sensing, 2015, 7, 2, p. 1263-1278.

KATSONOPOULOU, Dora. The Pan-Ionic Cult and Sanctuary of Helikonios Poseidon in Helike of Achaea, Greece. En Proceedings of International Conference on Indo-European Linguistics and Classical Philology. 2009, p. 22-24.

MCCONNAN BORSTAD, Courtney; GARVIE-LOK, Sandra; KATSONOPOULOU, Dora. Diet at ancient Helike, Achaea, Greece based on stable isotope analysis: From the Hellenistic to the Roman and Byzantine periods. Journal of Archaeological Science: Reports, 2018, 18, p. 1-10.

Proyecto Helike

Mapa Grecia antigua. Fuente.

Read Full Post »

Hay veces que los diques sirven para facilitar el fondeo, para ampliar la zona marítima, pero otras se usan para cercar poblaciones e impedir que lleguen a ella provisiones, con lo cual quedan aisladas, a su suerte. Esto fue lo que le sucedió en una ciudad francesa, La Rochelle.

El momento histórico

Durante el siglo XVII, en el contexto de las guerras de religión europeas, en Francia había una ciudad importante, La Rochelle, donde la mayoría de sus habitantes eran protestantes (hugonotes). El católico rey francés Luis XIII no podía permitirlo, por lo que en 1628 mandó tropas encabezadas por un personaje muy famoso, el cardenal Richelieu, para tomarla. Era un ejército de unos 20.000 hombres.

La Rochelle en el atlas de Hogenberg y Braun (entre 1575 y 1650). Colonia. Fuente: Biblioteca Nacional de España

La ciudad

La Rochelle era una rica ciudad costera llena de comerciantes, cuyas murallas eran tan altas y estaban tan bien hechas que nunca había podido ser asaltada. Sus habitantes confiaban en esos baluartes, en las provisiones que tenían y en la promesa del rey inglés de apoyar a sus amigos protestantes. Al ser una urbe marítima era muy difícil acceder a ella y, además, el flanco que daba a tierra se había fortificado para evitar asaltos indeseados.

Imagen de las murallas de La Rochelle. Fuente

El asalto

Tras varios intentos de tomarla por tierra, el cardenal Richelieu y sus tropas pensaron que la forma de rendir la ciudad era aislándola del mar, por lo que construyeron un dique que impediría que desde el Océano llegaran refuerzos, provisiones o armas. Tardaron unos 4 meses en levantar un dique, que fue costeado por el propio Richelieu. En la Relacion verdadera de la reduccion de la ciudad de la Rochela… aparece descrito el asedio.

Dibujo del asedio de la ciudad. Fuente

Cuentan las crónicas que para hacer el dique, aparte de poner los pilotes en el fondo, sobre éstos se hundieron más de cincuenta barcos llenos de piedras, de tal forma que el muro fuera lo más compacto posible. Dejaron un paso pequeño y bien fortificado que servía para atacar a quiénes quisieran entrar o salir de la ciudad. Tras catorce meses de enfrentamiento con el poder central ésta se rindió. Sus habitantes pasaron de ser más de 25.000 a tan solo 5.000, ya que las penalidades del asedio fueron brutales.

Para concluir

Unos días después una fuerte tormenta destrozó parte del dique, de modo que si hubieran conseguido resistir un poco más el clima les habría dado un respiro. Si quiere ver algo más del patrimonio de esta ciudad le recomendamos la entrada Viaje a la Rochelle.

Parte de una hoja de la Relacion verdadera de la reduccion de la ciudad de la Rochela publicada en 1628. Fuente: Biblioteca Nacional de España

Más información

COGSWELL, Thomas. Prelude to Ré: the Anglo-French struggle over La Rochelle, 1624-1627. History, 1986, 71, 231, p. 1-21.

HANOTAUX, Gabriel. Histoire de Richelieu: le siège de La Rochelle II. Revue des Deux Mondes (1829-1971), 1932, p. 602-639.

NOSJEAN, Madeleine. Les enjeux politiques et religieux du siège de La Rochelle. Les gouvernants et l’opinion publique françaiseLittératures classiques, 1987, 9, 1, p. 151-165.

Relacion verdadera de la reduccion de la ciudad de la Rochela à la obediencia del vitorioso rey christianissimo de Francia Luis decimotercio deste nombre. Donde se refieren por mayor los insignes milagros que Dios ha obrado a fauor, y conservucion del reino de Francia desde los primeros principios de la fundacion de su monarquia. Madrid: por Iuan Delgado, 1628.

ROVERI, Alessandro. Richelieu: un cardinale tra guerre, diavoli e streghe. Guida Editori, 2003.

TROCMÉ, Etienne. Actualité du siège de La Rochelle (1627-1628). Bulletin de la Société de l’Histoire du Protestantisme Français, 1979, 125, p. 115-121.

Read Full Post »

A veces se nos olvida que el imperio romano también incorporó una parte del norte de África. De ella salieron importantes personajes del mundo militar, religioso o literario, y también fueron muchas las ciudades africanas que prosperaron al amparo de la economía romana. En el caso que nos ocupa esta semana, una localidad de la actual Túnez está siendo estudiada por su papel en la fábrica de salazones y en especial del garum. Los griegos la llamaron Neápolis y actualmente es Nabeul. Acabó devastada por un tsunami y aunque parte de sus habitantes sobrevivieron, la urbe perdió mucha importancia tras el maremoto y terminó despareciendo.

Localización de la antigua Neápolis en la costa norte de África, en Túnez. Fuente: Google Maps

Lo más destacable es que una parte de la ciudad antigua está hoy bajo el mar Mediterráneo y la otra se puede contemplar en la costa. La población actual se construyó un poco más alejada del mar, por lo que excavar Neápolis ha sido menos dificultoso, aunque, como ocurrió en otros muchos lugares, los restos de los edificios antiguos derrumbados se utilizaron para la construcción de nuevas casas y obras públicas.

Plano de la antigua ciudad de Neápolis, que ocupaba lo que hoy es zona costera terrestre y otra actualmente sumergida en el mar

Neápolis parece que fue fundada por los fenicios, aunque esa posibilidad no está del todo demostrada (hay investigadores que sostienen que fueron los griegos quienes primero la habitaron). Se hizo aliada de los cartagineses hasta que se conquistó e incorporó al imperio romano. Consiguió el estatus de colonia (conocida como Iulia Neapolis) y comenzó a prosperar gracias a sus fábricas de salazones y a la famosa salsa garum que tanto gustaba en la Antigüedad.

El garum

La industria de procesamiento del pescado (tanto salazones como salsas) podía ser desarrollada libremente por los particulares, lo que la hizo muy popular y la convirtió en un importante sustento de pescadores y de oligarcas de poblaciones costeras.

Esta salsa se hacía en factorías que se dedicaban también al salazón. Se limpiaba el pescado con fuertes cuchillos, se separaban las vísceras y se iban almacenando en unos grandes recipientes que podían ser tanques o piletas. Se cortaba en pedazos o se le hacían cortes profundos para que la sal pudiese penetrar bien. El proceso más detallado se puede consultar en la entrada que hemos dedicado a esta salsa famosa.

En la parte terrestre de la antigua Neápolis se descubrieron hace ya decenios los restos de esta industria manufacturera del pescado. Las grandes cubas para hacer la salsa son lo más visible actualmente.

Pilas para hacer el garum. Fuente

También se excavaron los restos de una casa, llamada de las Ninfas (Nympharum Domus), del siglo IV. Contaba con una amplia y suntuosa superficie de 1500 m2, que comprendía unas veinte habitaciones.

Restos de la casa de las Ninfas

La mayoría de ellas tenía mosaicos policromados en el suelo y estaban dispuestas alrededor de un vasto jardín, en medio del cual estaba una fuente en forma de ábside, decorada en el interior con un mosaico que representaba motivos mitológicos marítimos: una fina cabeza del dios Oceanus bordeada, a derecha e izquierda, con diferentes especies de peces y otras criaturas marinas, como un pequeño delfín y una langosta.

La fuente con el mosaico del dios Oceanus rodeado de criaturas marinas

También se hallaron las ruinas de una fábrica de pescado, donde se encontraron ánforas llenas de restos de garum, espinas, fragmentos de vértebras y diminutas cabezas de alevines.

Lo que queda de la fábrica de pescado, hoy bajo un techo construido para su protección. Fuente

Para concluir

Siguen saliendo a la luz restos de la actividad comercial marítima del poderoso imperio romano y esta vez lo hemos podido ver en la parte sur del mar Mediterráneo, en un puerto que se desarrolló bajo su dominio y del que hoy todavía podemos apreciar restos de algunas de las infraestructuras y de los productos que lo hicieron crecer. Es otra de las evidencias de un pasado marítimo fuertemente enraizado en muchas de las urbes romanas costeras, que confirman la importancia que en la Antigüedad tuvieron las actividades vinculadas con el mar.

Más información

BLANC-BIJON, Véronique. Océans dans la cuve aux poissons. Nouvelles peintures de Neapolis (Nabeul, Tunisie). Étude préliminaire. Atti del X Congresso internazionale dell’AIPMA (Association internationale pour la peinture murale antique), 2007, p. 575-582.

DARMON, Jean Pierre. Nymfarum domus: les pavements de la maison des nymphes à Néapolis (Nabeul, Tunisie) et leur lecture. Brill Archive, 1980.

PALMIERI, L. La trasformazione del paesaggio economico africano in età tardo-antica: analisi dei sistemi di produzione: il caso di Neapolis-Nabeul. En L’Africa romana: trasformazione dei paesaggi del potere nell’Africa settentrionale fino alla fine del mondo antico. Carocci Editore, 2012. p. 499-514.

SLIM, Latifa, et al. An example of fish salteries in Africa Proconsularis: the officinae of Neapolis (Nabeul, Tunisia). Bar International Series, 2007, vol. 1686, p. 21.

Read Full Post »

Una de las series más interesantes y que más lectores tiene es la que se dedica a las urbes que nacieron hace siglos en la costa. A pesar de que se fundaron por parte de culturas muy dispares, tiene en común que al asomarse al horizonte se ve y se huele el mar, y eso otorga un carácter diferente a la ciudad y a sus habitantes. Sobre ello el gran autor García Márquez escribía párrafos tan admirables como el que publicamos en su memoria, tras su fallecimiento en el año 2014:

“Hay ciudades con barcos y ciudades sin barcos. Es la única división admisible, la única diferencia verdaderamente esencial […] Aquéllas estarán siempre transitadas por una secreta pulsación, por esa inagotable corriente que mueve el invisible cordaje de los viajes. Siempre haré lo posible por estar en una de ellas, porque en cada barco que atraca, en cada barco que zarpa, hay un ir y venir de la misma ciudad; un vaivén de navío que nos enseña a estar siempre en instante de espera, en una situación transitoria que es como si en cada barco estuviésemos esperándonos a nosotros mismos” (Gabriel García Márquez, publicado en 1950).

Shipes-of-the-world.-Image-by-Wikipedia-Public-Domain-634x640

Naves que aparecen en el mapa de Fra Mauro

Aunque aparecieron en otros mares y océanos, muchas de las que hemos tratado surgieron en las riberas del Mediterráneo, tanto en el continente europeo como en el asiático o en el africano. Algunas son ya trimilenarias, como ocurre con Atenas (Grecia), Cádiz y Cartagena (España), Hipona (Argelia), Leptis Magna (Libia) y Siracusa (Italia). En otras sus fundadores decidieron otorgarles sus nombres, como fue el caso de Alejandría, en Egipto o de Constantinopla en la actual Turquía. Incluso llevan el de emperadores romanos para ganarse su favor, como fue el caso de Cesarea Marítima (Israel).

Hay urbes como Venecia, tan íntimamente relacionadas con el medio acuático que celebran los esponsales de sus gobernantes con el mar.

Evidentemente estas ciudades tenían un puerto para que los barcos pudieran zarpar y atracar en ellos. Casi todos los nombrados eran naturales, aunque algunos como el de Sebastos (el puerto de Cesarea Marítima) fueron construidos por la mano del hombre. Hemos dedicado varias entradas a estos magníficos enclaves, que se abren a todos los mares y océanos: como los de Acre (Israel), Berenice (Egipto), El Callao (Perú), La Plata (Argentina), Ostia (cerca de Roma), Róterdam (Países Bajos) y Tel Hreiz (Israel).

puerto-cartagena

Puerto de Cartagena (España)

Las caracterizan una situación privilegiada, clima suave, posibilidad de desplazarse a través de vías acuáticas, buena despensa en el mar y otras bondades similares. Sin embargo, no todo son ventajas, la apertura de sus puertos pudo significar mayor peligro de invasiones y de epidemias. Este es el panorama común de muchas de las ciudades costeras, especialmente las más antiguas, donde los siglos han visto pasar ciclos de abundancia y de miseria, períodos de paz que podían seguir a los de guerra y hambrunas tras las buenas cosechas. Historia en estado puro…

Read Full Post »

Esta denominación, de origen medieval, abarca el territorio conjunto de San Vicente de la Barquera, Santander, Laredo y Castro Urdiales, en el norte de España. Eran las «Cuatro Villas de la Costa de la Mar». Su situación, unida a los derechos que disfrutaban sobre su jurisdicción, les permitió prosperar económicamente en una época dura: la Edad Media.

Las villas costeras disponían de espacios poco fértiles para producir cereales como el trigo (fundamental para hacer el pan). Por ello tuvieron que volcar sus esfuerzos hacia el mar, el lugar del que procedió la mayor riqueza de la región. Se ocupaban tanto de la pesca como del comercio.

san-vicente-barquera

San Vicente de la Barquera. Fuente

Por otro lado, la existencia de materias primas cercanas y que la lana castellana se dirigía desde el interior hasta los puertos del Norte, contribuyeron significativamente a impulsar la actividad económica. Así, la construcción naval tuvo gran arraigo en el litoral cántabro, donde la morfología costera permitía encontrar fáciles abrigos para establecer un pequeño astillero. Las Cuatro Villas poseían importantes recursos madereros (como castaño, haya, roble y ciprés) gracias a sus extensos bosques, yacimientos de hierro y una mano de obra especializada en la dura convivencia diaria con el mar, lo que facilitó que la carpintería de ribera prosperara enormemente. En siglos posteriores dio lugar a una importante industria de construcción naval.

castro-urdiales

Castro Urdiales. Fuente

En el centro de la vida de estas poblaciones se empezaron a fundar, a partir del siglo XII, las cofradías. Estas hermandades marítimas se convirtieron en instituciones articuladoras de la vida política. Se distinguen cuatro grandes hermandades y otras menores, que surgieron con un carácter más específico.

puerto_laredo_30-06-2010

Puerto de Laredo. Fuente

Cofradías del mar

Las mayores, o principales, agrupaban a todos los mareantes de cada una de las villas, y se ocuparon, al menos inicialmente, de todo lo relacionado con la actividad pesquera. Eran las siguientes cofradías:

  • del Señor San Vicente, en la localidad del mismo nombre de la Barquera,
  • de San Martín de Santander,
  • de San Martin de Laredo y
  • San Andrés de Castro Urdiales.

VISTA-AEREA-SANTANDER

Vista aérea de Santander. Fuente

Y por otro lado existían las más específicas, llamadas menores, que fueron las cofradías de los Santos Mártires Emeterio y Celedonio de Santander, la del Espíritu de los redaceros de Laredo y la de los sardineros de San Andrés de San Vicente de la Barquera. Estas se establecieron con posterioridad, desgajándose de las principales, para tratar de manera particular de una tarea o producto en concreto, como la de la sardina, realizando por ello su actividad durante el verano. Esta ocupación daría nombre a calles e infraestructuras en época contemporánea.

barco cantabria

Las villas cántabras supieron defender con fiereza sus intereses y sus espacios, de los que dependía su prosperidad económica. Usaron con inteligencia el litoral, practicando una actividad comercial intensa que les llevó a circular por toda la costa cantábrica. También se aventuraron por las aguas del Atlántico, llegando a los mares de Irlanda, Bretaña, Flandes y por el Mediterráneo.

600px-Hermandad_de_las_Cuatro_Villas.svg

Algunos de los puntos de comercio de las Cuatro Villas. Fuente

Para el desarrollo de las actividades directamente vinculadas con el mar, aparte de los pescadores, existían unos oficiales encargados de varias tareas clave, como los atalayeros, los lanteneros y los vendedores de pescado. Los atalayeros, o talayadores, eran los encargados de velar por la seguridad de las embarcaciones (como los señeros vascos), los lanterneros, o linterneros, dirigían el inicio de las actividades pesqueras y guiaban las naves durante la noche.

Hubo otra agrupación gremial, de rango geográfico mucho mayor, que reunía a una parte importante de los pueblos y villas del Cantábrico, llamada Hermandad de las Marismas, fundada en 1296, que tuvo su sede en una de las Cuatro Villas, Castro Urdiales.

Síntesis

El nombramiento de estas cuatro villas montañesas les permitió prosperar rápidamente, ocupándose principalmente de tareas vinculadas con el medio marítimo. Se agruparon en cofradías para defender su medio de vida y estas hermandades terminaron convirtiéndose en importantes núcleos de poder. Ya en época moderna, establecidas como corregimiento, seguirían con sus preponderantes actividades marítimas y navales.

Más información

AÑÍBARRO RODRÍGUEZ, Javier, et al. Las Cuatro Villas de la Costa de la Mar en la Edad Media. Conflictos jurisdiccionales y comerciales. Tesis doctoral. 2013.

PALACIO RAMOS, Rafael. El corregimeinto de las cuatro villas de la costa del mar. Revista de Historia Militar, 2007, 102, p. 67-96.

SERNA VALLEJO, Margarita, et al. Una aproximación a las cofradías de mareantes del Corregimiento de las Cuatro Villas de la Costa. Rudimentos Legales, 2003, 5, 299-345.

Read Full Post »

En la ciudad de Cádiz (España) existen una serie de torres vigía que se utilizaban para poder divisar la llegada de los barcos de las Indias. Eran la parte alta de las casas de muchos comerciantes. De todas ellas la llamada Tavira fue nombrada torre vigía oficial del puerto. En tiempo de guerra también se utilizaba para otear el horizonte y saber si alguna flota enemiga estaba cercana a la bahía. 

Por el Dr. Vicente Ruiz García, asesor de la Cátedra de Historia y Patrimonio Naval

Torre Tavira, Cádiz, amanecer del día 19 de octubre de 1805.

En el centro de Cádiz, y a cuarenta y cinco metros sobre el nivel del mar, el vigía de la Torre Tavira escudriñaba el horizonte con su catalejo, divisando en la lejanía varias velas enemigas que vigilaban cualquier movimiento en la bahía. Al menos desde el mes de febrero de este año se venía observando la presencia de fragatas, e incluso navíos ingleses que hacían efectivo el bloqueo que los británicos ejercían sobre la ciudad. Solían desfilar en la línea del horizonte en actitud amenazadora sabiendo que eran observados desde tan alta atalaya.

torre-tavira

La torre Tavira dibujada por Vicente Ruiz García

La contra vigilancia española respondía a veces con el envío de pequeñas embarcaciones para espiar los movimientos del enemigo, como había ordenado recientemente el propio Federico Gravina, cuando envió un falucho disfrazado de barco pesquero para reconocer en las inmediaciones el número exacto de navíos enemigos. Generalmente no era necesario llegar a tanto, pues desde la Torre Tavira se observaba toda nave flotante a varias millas de distancia, siendo el primer edificio de Cádiz que preludiaba la llegada de las flotas, incluso varios días antes de su arribada definitiva a puerto. Por esta razón, y por su estratégica situación, fue designada en 1778 como la torre vigía oficial del puerto de Cádiz.

Atlas54.opt

La inmensa bahía de Cádiz según el Atlas Marítimo de Tofiño (s. XVIII). Fuente: BNE

Aquella mañana el vigía aseguró desde la distancia que al menos había una corbeta enemiga al acecho. Mientras tanto no era difícil adivinar con todo lujo de detalles lo que estaba sucediendo tras los caserones blancos y las torres de las iglesias de San Francisco, de Nuestra Señora del Rosario y San Agustín. Éstas compartían la verticalidad del espeso bosque de palos mayores, trinquetes y mesanas sorprendidos por los primeros rayos de un sol que tímidamente descubría la agitada actividad de la base naval gaditana. Desde el mirador se atisbaba a los marineros del tamaño de hormigas que corrían descalzos por las cubiertas, mientras se intuían las voces de mando de los contramaestres acompañados del sonido de los silbatos. Las primeras luces del amanecer iluminaron a los gavieros, que trepaban por los flechastes mientras se escuchaban los gemidos de los esforzados marineros que empujaban las ruedas de los cabrestantes, arriando las anclas. Oficiales, infantes de marina, marineros, artilleros, guardiamarinas, grumetes y pajes, estos últimos no habían cumplido aún en su mayoría los doce años, atestaban con su presencia las cubiertas de los navíos, llegando a albergar algunos de ellos más de mil almas que se hacinaban en los entrepuentes de los barcos mal aireados y nauseabundos. Auténticos nidos de enfermedades faltos de higiene, donde la tripulación convivía con los parásitos y las ratas cuando se descendía al infierno de la sentina, la parte más baja del navío, donde la luz desaparecía y la humedad reinaba en un mundo de tinieblas.

2_opt

Vista actual de Cádiz hacia el sureste desde la Torre Taivra. Foto: Vicente Ruiz García

Eran las seis de la mañana y el sol comenzaba a hacer acto de presencia con viento de levante calmoso. El almirante Villeneuve había puesto la señal de dar la vela en el Bucentaure, su buque insignia. Poco después la orden era repetida en el Príncipe de Asturias mandado por Gravina. Los gavieros sobre las vergas comenzaron a desplegar las velas que una tras otra fueron cayendo en los treinta y tres buques fondeados en la bahía. Navíos de línea de dos y tres puentes con franjas negras y amarillas. Los nuestros con leones rampantes en el mascarón, fanales a medio encender y tremolando la enseña roja y amarilla (la elegida para representar a nuestra Armada por Carlos III en 1785 de las doce que se presentaron a concurso). Atrás quedaron los días en que el pabellón blanco con el escudo de los Borbones se confundía en el mar con la bandera francesa de parecida imagen. No obstante, aquel día nuestros aliados enarbolaban la tricolor, parida de la revolución, con las águilas imperiales en el centro.

El leve viento de levante y la calma iban a provocar que la salida fuera lenta, lo que unido a la poca destreza de parte de las dotaciones ralentizaría en exceso la partida. El desfile se inició con los buques franceses. El navío Achille con viento noroeste dio la vela el primero y le siguieron los franceses Argonaute, Neptune, Heros, Dugai-Trouin y Algeciras y el español Bahama, así como algunas fragatas. Mientras tanto, el vigía volvió a otear el horizonte con su catalejo, dando cuenta de la presencia de la fragata enemiga Wesel que había descubierto el movimiento de la escuadra combinada. Entonces comenzó a emitir señales a la fragata Euryalus que a su vez transmitió la información a la siguiente nave escolta y así buque a buque. Muy pronto el almirante Nelson tendría la noticia en bandeja en la cámara de oficiales de su Victory, de que la escuadra combinada acababa de zarpar.

A lo largo del día y de la noche fueron saliendo uno tras otro todos los buques, en total 18 navíos, 4 fragatas y dos bergantines por parte de los franceses, así como los 15 españoles de nombre Príncipe de Asturias, Santísima Trinidad, San Agustín, San Juan Nepomuceno, Monarca, Bahama, Argonauta, Santa Ana, Neptuno, San Ildefonso, Montañés, San Justo, San Leandro, San Francisco de Asís y Rayo, el último de los navíos que zarparía al amanecer del día 20 de octubre. De esta forma, la calma, las mareas, la aglomeración de las embarcaciones en los estrechos y la impericia de los marinos de leva prolongaron la partida durante todo el día y hasta la amanecida del día siguiente.

1_opt

Catalejo y ejemplar manuscrito del Diario de la Vigía de Cádiz. Torre Tavira. Foto: Vicente Ruiz García

El vigía había observado cómo los navíos habían ido saliendo en lenta procesión de puerto, dejando a su lado las murallas de San Carlos, el Baluarte de la Candelaria, La Caleta y los castillos de Santa Catalina y San Sebastián. Al llegar a éste viraron hacia el sur con destino al Estrecho y al infierno que les aguardaba. Aquella escena fue también contemplada por miles de gaditanos encaramados en las torres vigías, en las azoteas de sus casas o en las murallas del Vendaval que rodeaban a la inexpugnable ciudad. Media Cádiz decía adiós a la escuadra combinada, mientras la otra mitad rezaba a la Virgen del Carmen o a la del Rosario, a San Servando y San Germán, en iglesias atestadas de gente que preludiaban la desgracia. La bella imagen de las treinta y tres velas desplegadas al viento en línea con la inconclusa catedral, contrastaba con el hondo pesar y el pesimismo de una ciudad que sabía de las cosas de la mar, aunque no había que ser muy docto en la materia para darse cuenta de la superioridad de los ingleses, del error de aquel plan y del sacrificio de aquellos hombres, que presagiaban como ellos el resultado final de tan insensata aventura. Algo que todos intuían menos un hombre: Pierre de Villeneuve. Tíos, hermanos, maridos, hijos… todo el mundo contaba con alguien a bordo de aquella escuadra que poco a poco se alejó en el horizonte en busca de la batalla que les haría entrar en la Historia. El vigía escribió en su diario:

“Día 20 de octubre de 1805: a las siete de la mañana acabó de salir de este puerto de Cádiz, haciendo rumbo para Poniente, la escuadra combinada y a las doce se perdió de vista. A las cinco de la tarde entró una barca que salió con dicha escuadra y trajo la noticia de que quedaba a nueve leguas de distancia de este puerto, y que a su salida había descubierto 18 navíos ingleses, y hecho señal el general en jefe francés de poner en línea de combate, de donde inferimos inevitable una dura batalla”

Más información

Diario de la Vigía de Cádiz. Biblioteca de Temas Gaditanos “Juvencio Maeztu.” Cádiz

RUIZ GARCÍA, V. De Segura a Trafalgar. Torredonjimeno: El Olivo editorial, 2010 (2ª edición).

Read Full Post »

Older Posts »