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Archive for the ‘– Batallas navales’ Category

Las normas sobre cómo saludar en la mar eran muy estrictas durante la Edad Moderna. Estaba todo escrito, tanto entre las escuadras de la misma nación como con las otras. Sin embargo, había países que se autonombraron líderes del Mediterráneo y exigían ser saludados antes, ya fuera dentro de sus límites como fuera de ellos. Esta actitud causó muchos enfrentamientos, ya que ningún general estando dentro de lo que hoy serían sus aguas jurisdiccionales tenía que ser el primero en saludar a una extranjera, ya que los reglamentos nacionales así lo marcaban.

Óleo de Juan de Toledo que muestra la crudeza de un abordaje entre galeras en el Mediterráneo, en el segundo tercio del siglo XVII, cuando españoles, turcos y venecianos luchaban por la supremacía en el mar. Fuente

Esta semana vamos a contar lo que le sucedió a un capitán de la escuadra de España precisamente por negarse a ello. Ha quedado constancia por un escrito enviado al rey, recogido tanto por Sanz de Barutell como por Fernández Duro. El protagonista por parte hispana es el general Papachino, un marino napolitano al servicio del rey Carlos II.

El almirante Papachino

Parece que Honorato Bonifacio Papachino había nacido en Cerdeña (Italia), aunque no se puede precisar la fecha, y que murió en el Puerto de Santa María (Cádiz), en 1697. Posiblemente comenzó su vida de marino en la escuadra de galeras de Cerdeña, utilizada tanto para la seguridad de la isla como para vigilar a los corsarios argelinos, y que fuera ganando ascensos paulatinamente. El capitán general de la Armada del Mar Océano, duque de Veragua, almirante y adelantado mayor de Indias, a cuyas órdenes servía Papachino lo describía como “jefe de gran provecho”. Participó en múltiples batallas por lo que el rey Carlos II le concedió el título de almirante honorario “por los muchos años que ha servido con diferentes plazas hasta la de capitán, y por los viajes, ocasiones y combates en que obró con valor y crédito de soldado y marinero”. En 1683, el Rey le concedió además la merced de 500 escudos de sobresueldo y el título de almirante real.

Firma de Papachino en su testamento

El enfrentamiento

En mayo de 1688 el almirante Papachino había salido de Nápoles con sólo dos buques, la capitana de Flandes y la fragata San Jerónimo, con orden de dirigirse con premura a Málaga por los recientes sucesos de Orán. Al llegar cerca de Altea (costa de Valencia), el 1 de junio, detuvo su navegación por vientos contrarios y tras emprender de nuevo la marcha, al día siguiente, avistó tres navíos. Al estar próximos pudieron ver que eran franceses. Se acercó una embarcación, cuyo patrón le dijo que el almirante Tourville, que mandaba la escuadra francesa, pedía que le saludase. Papachino se negó, pues tenía instrucciones de no hacerlo en aguas españolas, donde los buques extranjeros debían ser los que iniciaran el saludo al estandarte real de la escuadra española (capítulo 2 de la Cédula Real dada en Madrid a 26 de mayo de 1664 por Carlos II), retirándose la embarcación, haciendo una señal con la bandera.

Plano de una fragata del siglo XVII de 60 cañones. Fuente: AGI

Sin embargo, Tourville puso la proa hacia la nave de Papachino con tal violencia que las vergas de ambos bajeles se tocaron, y en esta posición empezó a hacer fuego y a arrojar granadas de mano. Ante la agresión, Papachino se vio obligado a hacer lo mismo con la mayor rapidez; y como la verga de su trinquete y la de cebadera se habían enredado con las del francés, estuvieron batiéndose más de media hora en esa situación. Enseguida se acercaron dos navíos franceses y entraron en el combate, que duró más de tres horas.

Hasta ese momento la fragata San Jerónimo había secundado muy bien a la capitana, pero habiendo cortado un proyectil la driza de la bandera, viéndola caer, su comandante creyó que se rendía aquélla y ella lo hizo también, dejando a la Capitana sola contra los tres navíos. Le partieron el palo mayor y, advirtiendo que al caer había inutilizado toda la artillería de una banda, atacaron por allí para obtener ventaja, si bien Papachino consiguió desembarazarse del estorbo y seguir el combate por ambas bandas.

Dos horas después se alejaron, dejando a la Capitana en tal estado que no quedaban palos, vergas, velas, ni siquiera guardines del timón. Entonces el almirante francés envió una embarcación con un oficial para decirle a Papachino que considerase el estado en que se encontraba, y que hacía ya dos horas que la San Jerónimo se había rendido. El napolitano preguntó qué quería decir eso, y contestó que insistía en el saludo. Reunió entonces a los oficiales para analizar la situación del buque y saber si eran de la opinión de que se continuara el combate, pero unánimemente manifestaron que el navío no estaba en condiciones de navegar; que ya había sólo en esta nave 120 bajas (que además irían en ascenso), y que no pudiéndolos auxiliar la fragata rendida, “quedaban como una boya, enteramente al descubierto, y que podrían tirar sobre ellos como se tira al blanco”. Con este dictamen Papachino comunicó al oficial francés que saludaría forzado por la necesidad, pero haciendo constar que era contra su voluntad.

Al fin, considerando no haber otro remedio, tiró nueve cañonazos sin bala y le contestaron otros tantos, y volvió por tercera vez la embarcación gala a decirle, de parte de Tourville, que sentía mucho lo ocurrido, y que aunque su navío estaba en muy mal parado, sin embargo, si necesitaba alguna cosa, todo lo que él tenía estaba a su disposición. Respondió que no necesitaba nada y se marchó.

Una imagen del rey Carlos II

Papachino hizo lo que pudo para acercarse a tierra y lo consiguió en Benidorm, donde estuvo cuarenta horas, y de allí se dirigió al puerto de Alicante. Al día siguiente elevó al rey un informe detallado de todo lo ocurrido. Tourville, por su parte, también escribió al ministro de Marina francés, dando su versión de los hechos, en el que se refería a Papachino como “el héroe de España”.

Una vez que el informe llegó a la corte, el Gobierno aprobó el proceder de Papachino, señalando el rey “haber quedado satisfecho del valor con que se portó en el combate, muy conforme con el que había mostrado en todas ocasiones”; en cambio, mandó someter a un Consejo de Guerra a Juan Amant Bli, comandante de la fragata que se había rendido.

Las cifras finales

En total, tras un recuento general, en la parte española hubo, entre heridos graves y fallecidos, unos 180, mientras que en la francesa parece que también rondaron los 200 hombres. Todo ésto ocurrió tan sólo porque el almirante francés pretendió, estando en aguas españolas, que Papachino lo saludara antes. Al negarse éste se inició una batalla que acabó con unos 400 hombres fuera de combate entre muertos y heridos.

Más información

FERNÁNDEZ DURO, C. Etiquetas y saludos. En: Disquisiciones náuticas. Madrid: Instituto de Historia y Cultura Naval, 1996.

GONZÁLEZ PAÑERO, J.A. et al. Catálogo de la colección de documentos de Sanz de Barutell que posee el Museo Naval (serie Simancas), Madrid: Museo Naval, 1999.

MADUEÑO GALÁN, José Mª. Honorato Bonifacio Papachino. Real Academia de la Historia (s.f.).

VARGAS PONCE, J. Catálogo de la colección de documentos de Vargas Ponce que posee el Museo Naval (serie segunda: numeración arábiga), vol. III, t. 6, doc. 17 (9).

Ceremonial marítimo actual. 1988.

Ejecución de los saludos en la mar. 2017.

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En la ciudad de Cádiz (España) existen una serie de torres vigía que se utilizaban para poder divisar la llegada de los barcos de las Indias. Eran la parte alta de las casas de muchos comerciantes. De todas ellas la llamada Tavira fue nombrada torre vigía oficial del puerto. En tiempo de guerra también se utilizaba para otear el horizonte y saber si alguna flota enemiga estaba cercana a la bahía. 

Por el Dr. Vicente Ruiz García, asesor de la Cátedra de Historia y Patrimonio Naval

Torre Tavira, Cádiz, amanecer del día 19 de octubre de 1805.

En el centro de Cádiz, y a cuarenta y cinco metros sobre el nivel del mar, el vigía de la Torre Tavira escudriñaba el horizonte con su catalejo, divisando en la lejanía varias velas enemigas que vigilaban cualquier movimiento en la bahía. Al menos desde el mes de febrero de este año se venía observando la presencia de fragatas, e incluso navíos ingleses que hacían efectivo el bloqueo que los británicos ejercían sobre la ciudad. Solían desfilar en la línea del horizonte en actitud amenazadora sabiendo que eran observados desde tan alta atalaya.

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La torre Tavira dibujada por Vicente Ruiz García

La contra vigilancia española respondía a veces con el envío de pequeñas embarcaciones para espiar los movimientos del enemigo, como había ordenado recientemente el propio Federico Gravina, cuando envió un falucho disfrazado de barco pesquero para reconocer en las inmediaciones el número exacto de navíos enemigos. Generalmente no era necesario llegar a tanto, pues desde la Torre Tavira se observaba toda nave flotante a varias millas de distancia, siendo el primer edificio de Cádiz que preludiaba la llegada de las flotas, incluso varios días antes de su arribada definitiva a puerto. Por esta razón, y por su estratégica situación, fue designada en 1778 como la torre vigía oficial del puerto de Cádiz.

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La inmensa bahía de Cádiz según el Atlas Marítimo de Tofiño (s. XVIII). Fuente: BNE

Aquella mañana el vigía aseguró desde la distancia que al menos había una corbeta enemiga al acecho. Mientras tanto no era difícil adivinar con todo lujo de detalles lo que estaba sucediendo tras los caserones blancos y las torres de las iglesias de San Francisco, de Nuestra Señora del Rosario y San Agustín. Éstas compartían la verticalidad del espeso bosque de palos mayores, trinquetes y mesanas sorprendidos por los primeros rayos de un sol que tímidamente descubría la agitada actividad de la base naval gaditana. Desde el mirador se atisbaba a los marineros del tamaño de hormigas que corrían descalzos por las cubiertas, mientras se intuían las voces de mando de los contramaestres acompañados del sonido de los silbatos. Las primeras luces del amanecer iluminaron a los gavieros, que trepaban por los flechastes mientras se escuchaban los gemidos de los esforzados marineros que empujaban las ruedas de los cabrestantes, arriando las anclas. Oficiales, infantes de marina, marineros, artilleros, guardiamarinas, grumetes y pajes, estos últimos no habían cumplido aún en su mayoría los doce años, atestaban con su presencia las cubiertas de los navíos, llegando a albergar algunos de ellos más de mil almas que se hacinaban en los entrepuentes de los barcos mal aireados y nauseabundos. Auténticos nidos de enfermedades faltos de higiene, donde la tripulación convivía con los parásitos y las ratas cuando se descendía al infierno de la sentina, la parte más baja del navío, donde la luz desaparecía y la humedad reinaba en un mundo de tinieblas.

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Vista actual de Cádiz hacia el sureste desde la Torre Taivra. Foto: Vicente Ruiz García

Eran las seis de la mañana y el sol comenzaba a hacer acto de presencia con viento de levante calmoso. El almirante Villeneuve había puesto la señal de dar la vela en el Bucentaure, su buque insignia. Poco después la orden era repetida en el Príncipe de Asturias mandado por Gravina. Los gavieros sobre las vergas comenzaron a desplegar las velas que una tras otra fueron cayendo en los treinta y tres buques fondeados en la bahía. Navíos de línea de dos y tres puentes con franjas negras y amarillas. Los nuestros con leones rampantes en el mascarón, fanales a medio encender y tremolando la enseña roja y amarilla (la elegida para representar a nuestra Armada por Carlos III en 1785 de las doce que se presentaron a concurso). Atrás quedaron los días en que el pabellón blanco con el escudo de los Borbones se confundía en el mar con la bandera francesa de parecida imagen. No obstante, aquel día nuestros aliados enarbolaban la tricolor, parida de la revolución, con las águilas imperiales en el centro.

El leve viento de levante y la calma iban a provocar que la salida fuera lenta, lo que unido a la poca destreza de parte de las dotaciones ralentizaría en exceso la partida. El desfile se inició con los buques franceses. El navío Achille con viento noroeste dio la vela el primero y le siguieron los franceses Argonaute, Neptune, Heros, Dugai-Trouin y Algeciras y el español Bahama, así como algunas fragatas. Mientras tanto, el vigía volvió a otear el horizonte con su catalejo, dando cuenta de la presencia de la fragata enemiga Wesel que había descubierto el movimiento de la escuadra combinada. Entonces comenzó a emitir señales a la fragata Euryalus que a su vez transmitió la información a la siguiente nave escolta y así buque a buque. Muy pronto el almirante Nelson tendría la noticia en bandeja en la cámara de oficiales de su Victory, de que la escuadra combinada acababa de zarpar.

A lo largo del día y de la noche fueron saliendo uno tras otro todos los buques, en total 18 navíos, 4 fragatas y dos bergantines por parte de los franceses, así como los 15 españoles de nombre Príncipe de Asturias, Santísima Trinidad, San Agustín, San Juan Nepomuceno, Monarca, Bahama, Argonauta, Santa Ana, Neptuno, San Ildefonso, Montañés, San Justo, San Leandro, San Francisco de Asís y Rayo, el último de los navíos que zarparía al amanecer del día 20 de octubre. De esta forma, la calma, las mareas, la aglomeración de las embarcaciones en los estrechos y la impericia de los marinos de leva prolongaron la partida durante todo el día y hasta la amanecida del día siguiente.

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Catalejo y ejemplar manuscrito del Diario de la Vigía de Cádiz. Torre Tavira. Foto: Vicente Ruiz García

El vigía había observado cómo los navíos habían ido saliendo en lenta procesión de puerto, dejando a su lado las murallas de San Carlos, el Baluarte de la Candelaria, La Caleta y los castillos de Santa Catalina y San Sebastián. Al llegar a éste viraron hacia el sur con destino al Estrecho y al infierno que les aguardaba. Aquella escena fue también contemplada por miles de gaditanos encaramados en las torres vigías, en las azoteas de sus casas o en las murallas del Vendaval que rodeaban a la inexpugnable ciudad. Media Cádiz decía adiós a la escuadra combinada, mientras la otra mitad rezaba a la Virgen del Carmen o a la del Rosario, a San Servando y San Germán, en iglesias atestadas de gente que preludiaban la desgracia. La bella imagen de las treinta y tres velas desplegadas al viento en línea con la inconclusa catedral, contrastaba con el hondo pesar y el pesimismo de una ciudad que sabía de las cosas de la mar, aunque no había que ser muy docto en la materia para darse cuenta de la superioridad de los ingleses, del error de aquel plan y del sacrificio de aquellos hombres, que presagiaban como ellos el resultado final de tan insensata aventura. Algo que todos intuían menos un hombre: Pierre de Villeneuve. Tíos, hermanos, maridos, hijos… todo el mundo contaba con alguien a bordo de aquella escuadra que poco a poco se alejó en el horizonte en busca de la batalla que les haría entrar en la Historia. El vigía escribió en su diario:

“Día 20 de octubre de 1805: a las siete de la mañana acabó de salir de este puerto de Cádiz, haciendo rumbo para Poniente, la escuadra combinada y a las doce se perdió de vista. A las cinco de la tarde entró una barca que salió con dicha escuadra y trajo la noticia de que quedaba a nueve leguas de distancia de este puerto, y que a su salida había descubierto 18 navíos ingleses, y hecho señal el general en jefe francés de poner en línea de combate, de donde inferimos inevitable una dura batalla”

Más información

Diario de la Vigía de Cádiz. Biblioteca de Temas Gaditanos “Juvencio Maeztu.” Cádiz

RUIZ GARCÍA, V. De Segura a Trafalgar. Torredonjimeno: El Olivo editorial, 2010 (2ª edición).

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El gobernante del imperio mongol Kublai Khan (fines del siglo XIII), conocido por las crónicas de Marco Polo, decidió continuar aumentando su territorio y mandó una inmensa flota para conquistar las tierras de Japón en dos oleadas sucesivas, en los años 1274 y 1281. Fue posiblemente una de las armadas más grandes del mundo, pero no la más efectiva, ni la mejor. Aunque todavía queda mucho por descubrir de esta historia, que durante siglos se creyó que nunca tuvo lugar, ya hay evidencias claras de que ocurrió. En ella se mezclan invasiones con tifones, tormentas e intervenciones divinas, y a partir de ese momento surgió uno de los términos más conocidos procedentes de la lengua japonesa: los kamikazes, que, sin embargo, en ese momento estaban vinculados con la propia naturaleza, no con la batalla.

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Kublai Khan recibiendo a los mercaderes venecianos de la familia de Marco Polo

La primer invasión frustrada

La primera invasión fue en el año 1274. La armada estaba compuesta por unos 900 barcos y 28.000 hombres. La resistencia de los míticos guerreros samuráis fue dura, pero lo que decidió el fin del enfrentamiento fue una fuerte tormenta, que hizo que los mongoles fracasaran, y que los que quedaban, parece ser que menos del 30% de los que llegaron, tuvieran que retirarse.

Pero Kublai, el 5º Kan del imperio mongol, el nieto del famoso Gengis, no se iba a rendir. Intensificó la construcción naval hasta límites insospechados, ordenó fabricar miles de barcos y de recuperar otros. Mandó espías a la península indostánica a copiar las técnicas ancestrales para construir naves que habían hecho famosos a los navegantes indios y, por supuesto, incorporó los conocimientos navales de muchos de los territorios conquistados, como por ejemplo los utilizados en la construcción de los juncos, los conocidos barcos chinos.

Los barcos mongoles

Las naves que construyó llevaban a menudo más de las 9 velas que la mayoría de las embarcaciones contemporáneos utilizaban, algunas incluso alcanzaron hasta doce. La investigación arqueológica japonesa en la costa de Kyushu, llevada a cabo entre los años 1991 y 2003, demostró que esos barcos tenían camarotes y compartimentos estancos (como los grandes juncos chinos) para la carga, y que la comida se almacenaba en tarros de barro.

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Junco chino del siglo XIII

A partir de los hallazgos arqueológicos de Takashima, en la bahía de Imari (al sur de Japón), el tamaño de los barcos mongoles se estimó que era el doble que el de sus homólogos europeos. También estaban equipados con dispositivos explosivos en forma de bombas de cerámica. Aunque no está claro si las catapultas-bombas fueron lanzadas desde los barcos, o simplemente eran transportadas y desembarcadas para utilizarlas en la playa.

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Cerámica hallada cerca de Takashima, que se cree que eran granadas. Fuente: Kimura (2014)

La segunda invasión fracasada

Cuando el gran Kan pensó que su flota sería ya invencible, planeó la segunda invasión. Era ya el año 1281, y esta vez envió una armada mucho más grande, con 3.500 barcos y cerca de cuarenta mil soldados chinos, coreanos y mongoles, junto con otros cien mil soldados del sur de China (Vu Hong Lien, 2014).

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Una pintura que refleja el enfrentamiento entre los samuráis y las tropas mongolas en 1281. Fuente: Vu (2014).

Según cuentan las crónicas, en la costa de Kyushu los japoneses vieron llegar una gran flota. Uno de los lugares donde tuvo lugar este enfrentamiento fue en Takashima.

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Dos de los lugares (en Japón y en Vietnam) en los que se hicieron prospecciones y estudios científicos. Fuente: Kimura (2014)

Se iniciaron los combates en tierra, los samuráis defendían como mejor podían su tierra, amenazada de ser invadida por la superioridad numérica de las tropas mongolas. Pero, sin embargo, cuando algunos de los guerreros japoneses alzaron la vista se dieron cuenta de que las naves habían desaparecido. La intervención divina fue la más clara explicación a un fenómeno que ni siquiera hoy es fácil de entender.

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El enfrentamiento en un dibujo. Fuente: Fundación Paul Getty

La fuerza que salvó a Japón de la invasión

Realmente parece que pasaron 3 meses combatiendo y que la causa de que la gran armada de Kublai Khan fracasara las dos veces fue la fuerza de la naturaleza, ya que dos grandes tifones (y no se sabe si algún tsunami) la arrasaron. También es verdad que estas naves, posiblemente más preparadas para navegar sobre ríos y lagos, que fueron decisivas en la conquista de China, no estarían demasiado bien construidas para afrontar un fenómeno tan importante como pudo ser un tifón.

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Efectos de un tifón en la actualidad (2018)

En una serie de informes basados ​​en los hallazgos submarinos se llegó a la conclusión de que, en su urgencia por crear una gran armada, Kublai Khan incluyó barcos del comercio e incorporó los que capturaron durante la invasión de China, pero muchos de ellos eran de fondo plano, para navegar por ríos, por lo que no estaban preparados para el mar. Los arqueólogos marinos japoneses también descubrieron que los tablones utilizados para algunas de las naves habían sido mal reciclados. 

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Restos de un buque mongol que participó en una de la batallas del S. XIII. Fuente

Los tifones

Un tifón o tromba marina es un remolino de aire, en el cual la componente vertical del viento es muy intensa (hasta 360 km/h.). El viento gira de abajo hacia arriba con gran fuerza, en torno a un núcleo de aire descendente.

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Llamados en ese momento “Kamikaze”, la ocurrencia y verdadera intensidad de estos legendarios tifones han sido estudiadas en el lago Daija para proporcionar una visión histórica cerca de la ubicación de las invasiones mongolas. Para completar el estudio se han analizado registros sedimentarios de varios lugares cercanos, y también se amplió la muestra varios siglos antes y después de este hecho, para tener una visión más amplia de los posibles sucesos, de su frecuencia de aparición y periodicidad.

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Localización y zona estudiada por Woodruff (2015)

Las comparaciones confirman que hubo mayor actividad de los tifones regionales durante las invasiones de los mongoles, debido a la dirección preferencial de las tormentas hacia Japón, impulsadas por una mayor actividad del fenómeno de El Niño en esa época. De hecho, se clasifican como dos ciclones tropicales intensos, que ocasionaron las inundaciones más significativas en los últimos 2000 años.

Para concluir

Esta increíble historia, que fue real, nos enseña lo importante e imponente que es la fuerza de la naturaleza, así como su impacto en la Historia de la Humanidad. Y el nombre de los tifones, Kamikaze, nos trae el recuerdo de la II Guerra Mundial, en la que el emperador japonés decidió nombrar a sus famosos pilotos suicidas como el fenómenos atmosférico que siglos antes había salvado a su país de la invasión. El “viento de Dios”, que es la traducción del término “kamikaze”, en esta ocasión no cambió el rumbo de la Historia, ya que los aliados ganaron la guerra.

Más información

DELGADO, James P. Khubilai Khan’s Lost Fleet: In Search of a Legendary Armada. Berkeley: University of California Press, 2008.

KIMURA, Jun, et al. Naval Battlefield Archaeology of the Lost Kublai Khan Fleets. International Journal of Nautical Archaeology, 2014, 43, 1, p. 76-86.

SASAKI, Randall J. The Origins of the Lost Fleet of the Mongol Empire. Texas A&M University Press, 2015.

VU HONG LIEN, Warder. The Mongol Navy – Kublai Khan’s Failed Invasions in Southeast-Asia, 2014.

WOODRUFF, J. et al. Depositional evidence for the Kamikaze typhoons and links to changes in typhoon climatology. Geology, 2015, 43, 1, p. 91-94.

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La Cátedra de Historia Naval (Armada/Universidad de Murcia) ha llevado a cabo las tareas de investigación, diseño y dirección de la fábrica de una cureña (soporte) de cañón “a la española”, la cual creemos que es la primera que se hace en los dos últimos siglos.

Dos sistemas de construcción

En el siglo XVIII la Real Armada fabricaba en sus arsenales dos tipos de cureñas para la artillería naval: “a la inglesa” y “a la española”. Estos dos modelos se siguieron construyendo, al menos, hasta la mitad del siglo XIX, a partir de cuyo momento los rápidos avances de la artillería (el rallado del ánima y la retrocarga) modificaron los afustes de las piezas.

Partes básicas de un cañón

Partes básicas de un cañón

Cureñas construidas con el sistema”a la española”

Por motivos desconocidos, las reproducciones de cureñas que se realizaron a lo largo del siglo XX y del actual, han sido siempre a “la inglesa”. La Cátedra creyó que ya era hora de que se realizase algún modelo “a la española”. Con documentación del Museo Naval de Madrid se realizó el estudio y se diseñaron los planos de la cureña. Con la autorización del Almirante del Arsenal de Cartagena y empleando restos de madera se realizó, sin coste alguno, en los talleres del Arsenal, al igual que en el siglo XVIII, dos cureñas por la maestranza y personal militar.

Situando las cureñas

Situando las cureñas

Las personas, que con el mayor entusiasmo han realizado este trabajo son:

  • Stte. Contamaestre D. Roberto García González.
  • Stte. Maquinista. D. Manuel Grela Picón.
  • Maestro de Arsenal. D. Eliseo García López.
  • Oficial de Arsenal. (Carpintero). D. Julián Larios Pagán.
  • Técnico Superior Actividades Técnicas. (Pintor). D. Julio García Zamora.

Los cañones del siglo XVIII

Para colocar en estas cureñas la Cátedra localizó e identificó dos de los 47 cañones, los números 18 y 24, que juntamente con tres morteros formaban la defensa del Arsenal. Estos cañones y morteros estaban servidos con personal de la Maestranza, la cual pertenecía al fuero militar. Estas piezas defendían la “cortina del arsenal”, batería situada en el paramento marítimo del Cuartel de Prisioneros y Esclavos (más tarde Cuartel de Instrucción de Marinería), que defendía la entrada por el mar, y la muralla del Arsenal desde la parte norte de la calle Real, en la que se unía a la muralla de la ciudad, siguiendo el frente de la rambla de Benipilia, y girando posteriormente a la izquierda para cerrar el contorno del recinto hasta el mar.

Las dos cureñas construidas situadas en su emplazamiento actual

Las dos cureñas construidas situadas en su emplazamiento actual

Las murallas de Cartagena y del Arsenal fueron en 1808 un obstáculo para el ejército francés. La plaza no fue ocupada y su puerto se mantuvo abierto, permitiendo la llegada de refuerzos y material durante toda la guerra.

Las cureñas sosteniendo los dos cañones, tal y como el público puede contemplarlas

Las cureñas sosteniendo los dos cañones, tal y como el público puede contemplarlas

En 1808 el personal de maestranza que dotaba los citados cañones era:

Cañón nº 18

4ª Brigada ordinaria de Rivera (Carpinteros de Ribera).

José Díaz operario
Francisco Alvadalejo operario
Manuel Méndez operario
Jaime García operario
Gaspar Riera operario
José Balanza operario
Pedro Cervantes Canteli operario
Antonio Munera operario
Juan Cervantes operario
José Sánchez Casanova operario
Mariano Romero operario
Ildefonso Sánchez operario

Cañón nº 24

1ª Brigada ordinaria de Calafates.

Fulgencio Ros Díaz capataz
Juan Andrés Castillo cabo
José Cotanda operario
Juan Romero operario
Francisco Heredia operario
Ventura Payán operario
José Jordar operario
Andrés Rovira operario
Juan Requena operario
Ginés Huertas operario
Francisco Pérez Gómez operario

Nota: Los nombres propios se han escrito con la ortografía actual. Los apellidos se han mantenido con la ortografía original, pero acentuados.

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Por Pedro Fondevila Silva, secretario de la Cátedra de Historia Naval

La tavola Strozzi es una pintura muy interesante, que nos proporciona una precisa iconografía sobre las galeras y naves mediterráneas de finales del siglo XV. Representa la parada triunfal de la Armada aragonesa después de la victoria naval contra el angevino Giovanni d’Angiò, en la isla de Ischia (1465). La batalla naval de Ischia supuso el acto final de un largo proceso de pugna por el Reino de Nápoles entre las coronas aragonesa y la francesa.

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Una vez descrita y contextualizada por Daniele Pragliola en la entrada anterior, dedicamos otra a comentar la impresionante y magnífica representación que nos ofrece de lo que en ese momento suponía la pérdida de una batalla naval, cómo se plasma en el espacio marítimo y algunos de sus símbolos mas importantes. De ello se encarga nuestro experto D. Pedro Fondevila.

Strozzi 3

La imagen global

La escena principal es el triunfo de las galeras aragonesas que entran en el puerto en línea de fila, remolcando a las galeras francesas vencidas. Por lo tanto, para mostrar la derrota, éstas últimas entran sin pavesadas, desarboladas y con los remos dentro, al revés, es decir, remolcadas por su popa, y con la pequeña estructura, que servía para montar el toldo que protegía del sol, desmontada, y arrastrando por el agua las banderas y los estandartes galos.

Un detalle del desfile

Un detalle de la embarcaciones

El desfile naval

Este tipo de desfile era común, como símbolo de victoria, en todas las armadas mediterráneas.

Detalle del desfile

Detalle del desfile

Las galeras, tanto las aragonesas como las francesas, muestran la obra viva blanca, señal de que ambas escuadras hacía poco que habían despalmado, limpiando la carena y ensebándola, para conseguir más velocidad. Las galeras aragonesas, adornadas con banderas y estandartes, presentan en la popa esa pequeña armazón para armar el toldo; llevan un único árbol con la entena izada, portan empavesadas, colgadas de los filares, protegiendo los remeros y van bogando a tercerol, a tres tires o a la sensile, o sea, con tres remeros por banco, cada uno de los cuales maneja un único remo.

Una galera aragonesa

Una galera aragonesa

Es de destacar cómo aparece el espolón, formado por dos piezas en sentido vertical, con un hueco intermedio, para permitir que el éste flexione cuando monte sobre la galera enemiga y no se rompa. Como se llamaba indistintamente espolón a cada una de las piezas o a su conjunto, esto ha dado lugar a errores al interpretar los documentos.

Es, por lo tanto, una magnífica representación de las galeras de finales del siglo XV.

Pasando a las naves redondas representadas, aparece una entrando en puerto con la vela mayor, o papahígo, izada y portando. La mesana latina está aferrada, y en el castillo de proa aparece un pequeño árbol de trinquete y un bauprés. Es de destacar la fuerte gavia o cofa, en la parte superior del palo, la cual en esta época era un importante puesto de combate.

La embarcación con las velas desplegadas

La embarcación con las velas desplegadas

Amarradas a “la mediterránea” al muelle hay otras dos naves mancas (que solamente navegan a vela), iguales a la anterior. Una de ellas tiene la verga mayor con la vela todavía envergada, apoyada en la regala de la borda, lo cual era muy usual en esa época, pues evitaba tener que subir a lo alto para desenvergar la vela.

naves amarradas

En resumen, es una preciosa escena y con gran interés para la tipología náutica del siglo XV. No hay duda sobre el gran conocimiento que tenía el autor de las embarcaciones representadas, caso poco habitual a lo largo de la Historia.

Esta entrada es continuación de Nápoles en la tabla Strozzi

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Existe un manuscrito del siglo XV, iluminado con espectaculares secuencias referidas a batallas acontecidas, en las que el mar tiene un protagonismo importante. Se escribió en Francia entre los años 1472 y 1475. Su autor, un clérigo francés, lo redactó por encargo de Louis de Laval, señor de Châtillon.

Sobre el fondo de una ciudad portuaria, aparecen soldados y gente de armas con la sobrevesta francesa (cruz blanca sobre fondo rojo) custodiando a población civil prisionera.

Sobre el fondo de una ciudad portuaria, aparecen soldados y gente de armas con la sobrevesta francesa (cruz blanca sobre fondo rojo) custodiando a población civil prisionera.

Su título original es Les Passages faiz oultre mer par les François contre les Turcqs et autres Sarrazins et Mores oultre marins (Las expediciones de ultramar de los franceses contra los turcos y otros sarracenos y moros en el extranjero), aunque es conocido como Passages d’outremer (Expediciones de ultramar).

Una hoja

En una ciudad portuaria se ven tropas inglesas de caballería (bandera con cruz roja sobre fondo blanco). En el agua dos naos y una embarcación a remos (galera o fusta).

En él se narran e ilustran cuatro siglos de enfrentamientos de los sucesivos reyes franceses con las tropas que ocupaban Tierra Santa.

Batalla cerca delmar

Ciudad portuaria con varias naos fondeadas. En primer plano tropas francesas acometiendo a otras enemigas, que podrían ser turcas por las rodelas que utilizan

A lo largo de esta bellísima obra podemos encontrar a sus múltiples protagonistas, que van desfilando cronológicamente por el manuscrito: los papas que durante siglos predicaron las Cruzadas, los patriarcas y los reyes latinos de Jerusalém, los emperadores de Constantinopla, reyes, duques y nobles de Francia, Inglaterra, Alemania y España, los duques genoveses y venecianos, así como los califas y visires selyúcidas, fatimíes y otomanos.

Torneo

Un caballero armado de punta en blanco, pero sin yelmo, ha dado muerte a un contrario, probablemente turco por la rodela que aparece junto al cadáver

Incluso se incluye una carta del sultán Bayaceto II dirigida al rey Carlos VIII, enviada desde Constantinopla en 1488. También aparecen las órdenes religiosas y de caballería como los Templarios.

Naves

Tropas francesas, con el rey al frente, embarcando en una nao, que tiene la plancha (pasarela de embarque) dada. Son de destacar las cofas provistas de armas colocadas en el extremo de los árboles de las embarcaciones y los arpeos de abordaje que penden de los espolones de los castillos de proa.

Las descripciones históricas contemporáneas son de Mamerot, secretario de Laval, que presenta un vasto panorama, desde Carlomagno hasta la revuelta de Génova en 1462, y son un espléndido testimonio y fuente única de esta epopéyica y sangrienta época de la Historia.

Naves quemadas

Aparentemente, un combate entre naos

De su iluminación se encargó Jean Colombe, que se hizo famoso por haber participado en otro precioso manuscrito, “el libro de las muy ricas horas del Duque de Berry”, unos años mas tarde.

Naves

Naos ardiendo. En primer término artillería terrestre protegida por paveses de barrera

Actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia (ms. 5594), pero tuvo varios dueños, la mayoría ilustres personajes, como Diana de Poitiers (1499-1566), Charles-Henri de Clermont-Tonnerre (1571-1640) y el cardenal Mazarino (1602-1661), antes de que entrara a formar parte de la Biblioteca Real en 1668, desde la que pasó directamente a su actual emplazamiento.

Acceso al original, que se encuentra en la Biblioteca Digital de Francia (Gallica) aquí.

Desembarcando

Tropas francesas, encabezadas por el rey, embarcando en una nao que tiene la plancha dada. Los marineros están izando la verga, con el papafigo o vela principal del palo ya envergada, del palo o árbol mayor. Las naos, en segundo plano, tienen ya izados sus papahígos

Breve historia de este texto

Parece que el manuscrito original que dio lugar a este magnífico libro iluminado fue inicialmente obra del gran Guillermo de Tiro, que, tras su muerte, sería continuada por otros monjes. La fama de este primer texto fue tal que en España otro insigne y culto monarca, el rey Alfonso X el Sabio, lo mandó traducir. Como las cruzadas y el enfrentamiento por Tierra Santa continuaron, otros escritores, tanto españoles como franceses, se dedicaron a ampliarlo y enriquecerlo.

De hecho han pervivido diferentes versiones, unas bellamente ilustradas como la que traemos aquí y otras sin ellas, pero que sólo con mirarlas se aprecia el cuidado y el estilo de quienes se encargaron de su redacción. En la Biblioteca Digital Hispánica hay varias versiones en español de las expediciones de Ultramar, incluido un facsímil del siglo XIX.

Nota: Todas las imágenes que se incluyen en esta entrada forman parte de la edición francesa citada. Los comentarios a pié de página de las ilustraciones son de nuestros expertos de la Cátedra de Historia Naval.

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