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El Cuerpo de Guarda Estandartes

Al terminar la Guerra de Sucesión española, el rey Felipe V inició un proyecto general de reformas que, en lo que atañe a los oficiales de la nueva Armada, se basó en la unificación administrativa y operativa a través de una configuración profesional y formativa. Del organigrama de los Austrias sólo se mantuvo la Escuadra de Galeras durante la primera mitad del siglo XVIII.

Galera española

Siguiendo la orientación francesa se creó el 12 de junio de 1728 el Cuerpo de Guarda Estandartes, o guardas de estandarte, que se rige por la Ynstruccion de lo que debe observarse para el gobierno, servicio y enseñanza de los Entretenidos o Guarda Estandartes del Cuerpo de Galeras. Estos caballeros iban a ser los futuros oficiales de las galeras hispanas. La historia de este grupo ha sido muy poco tratada por la historiografía y los trabajos que mencionan su existencia son escasísimos.

Composición y condiciones de ingreso

El Cuerpo de Guardaestandartes se componía de 17 individuos, distribuidos 2 por cada galera sencilla, 3 en la Patrona y 4 en la Capitana. En estas fechas, y hasta la disolución del Cuerpo de Galeras en 1748, la Escuadra estaba compuesta por 7 unidades.

Las exigencias para acceder al Cuerpo de Guardaestandartes fueron las mismas que para el de Guardiamarinas: origen distinguido, buena disposición, costumbre y ninguna imperfección corporal.

El Rey ha resuelto que solo se tengan, y nombren por Cadetes los Caballeros notorios, los Cruzados, hijos o hermanos destos, Titulos, sus hijos, o hermanos, los Hidalgos, que me presentaren justificaciones del goce de tales en sus Lugares, y los hijos de Capitanes, y Oficiales de mayor grado”.

Los límites de edad, entre 14 y 18 años, fueron dispensados en alguna ocasión, como sucedió con la primera convocatoria, donde la mayoría superaban los 18 años y uno era menor de 14 años. También se tenía en cuenta, para permitir su ingreso, que previamente hubieran servido en el Cuerpo de Galeras y tener ya alguna práctica en la navegación.

Según el Reglamento no se podía admitir a los que tuvieran imperfecciones en el cuerpo, los enfermos endémicos, los que tenían “traza indecente”, los que “sean tontos” o que “no sepan leer ni escribir”.

Galeras en el puerto de Sevilla (1738), detalle. Fuente BNE

Todas estas normativas sobre las condiciones de ingreso son prácticamente iguales, como era lógico, a las exigidas en la Ynstruccion para los Guardiamarinas de 15 de abril de 1718.

Formación

El grupo era mandado por un Oficial Mayor o por un Jefe de Escuadra, que además debía vigilar la educación y enseñanza de los guarda estandartes, controlando la forma de vida que llevaban, el estudio, lo que iban aprendiendo e incluso hacerles los exámenes. Además, entre aquellos más «actos y capaces» se nombraban Brigadieres que, bajo las órdenes de los oficiales, actuaban de cabos de escuadra del resto de los alumnos.

La orientación de la enseñanza era práctica en su mayor parte. Así, el Reglamento considera que este Cuerpo no necesita la contratación exclusiva de maestros, que lo esencial de su formación iba a ser el manejo y ejercicio de las armas, la maniobra y el pilotaje. Para el desarrollo de estas clases, en Cartagena, puerto de invernada de las galeras, debía haber una casa con un salón suficiente para el ejercicio y aprendizaje de las materias citadas, que además debía servir como Cuartel a los guardaestandartes y de residencia al Segundo Oficial de este Cuerpo.

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Cartagena como aparece en el atlas de Pedro de Teixeira

Las clases teóricas de navegación se impartían de 8 a 10 de la mañana por el Piloto Mayor de las galeras. Les enseñaban, principalmente, la aguja, los rumbos o vientos, a trazar una derrota sobre las cartas náuticas, qué era el cuadrante, a tomar la latitud o cómo se estimaba la longitud.

Durante los meses de actividad de las galeras, del 15 de marzo al 15 de octubre, los guardaestandartes embarcaban en ellas para realizar el servicio y las prácticas de navegación. Así, a las horas en que los pilotos hacían la observación astronómica o la estima, debían asistir e ir aprendiendo cómo se gobernaba el buque y las voces que se daban para las faenas y maniobras. Por otra parte, tenían que participar en los ejercicios de la artillería, conocer cómo se cargaba y para qué servían los aparejos y utensilios de las piezas. También tenían la obligación de conocer el sistema de boga y la maniobra a vela de la galera.

Galeota del s. XVIII dibujada por R. Monleón.

Además, tenían que hacer las guardias de mar programadas como subalternos del oficial de guardia y escribir su diario de navegación o cuaderno de bitácora, bajo la dirección del piloto o de un oficial.

Prohibido casarse sin permiso real

De igual manera, también el rey se reservaba la autorización para que éstos pudiesen casarse. El matrimonio sin licencia inmediatamente acarreaba la expulsión del Cuerpo y una pena de seis meses de prisión. Así, se tomó la siguiente determinación con dos guardaestandartes que se habían casado sin Real Licencia: “Por lo que mira a los Guardias Estandartes, de que también trata V.S. ha resuelto S.M. que a los casados se borren sus Plazas”.

Capitulaciones de boda y baile campestre, detalle (S. XVIII). Fuente Museo del Prado.

Disolución del Cuerpo

El 28 de noviembre de 1748 Fernando VI ordena la disolución de la Escuadra de Galeras, y dicta una serie de medidas para su ejecución. No sabemos las razones del monarca para hacerlo, aunque parece ser que fue debido a que Francia lo había ejecutado meses antes con su Escuadra. La mayoría de los guardaestandartes fueron promovidos al empleo de Alférez de Fragata de la Armada, y destinados a alguna Compañía de los Batallones de Marina.

Más información

SÁNCHEZ BAENA, Juan José y FONDEVILA SILVA, Pedro. Origen y organización de los Guardas de Estandarte de la Escuadra de Galeras de España (1728-1748). En: Ibarz Gelabert; Jordi; García Domingo, Enric; González Sánchez, Inma; López Miguel, Olga. Proceedings of the 4th Mediterranean Maritime History Network Conference. Barcelona: Museu Maritime, 2014.

Nota: no hay una grafía normalizada sobre cómo escribir “guarda estandarte”. En la documentación original suele aparecer “guardaestandarte”, con mayúscula la primera o sin ella, por eso cuando aquí se incluye así, se hace en cursiva.

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La Cátedra de Historia Naval (Armada/Universidad de Murcia) ha llevado a cabo las tareas de investigación, diseño y dirección de la fábrica de una cureña (soporte) de cañón “a la española”, la cual creemos que es la primera que se hace en los dos últimos siglos.

Dos sistemas de construcción

En el siglo XVIII la Real Armada fabricaba en sus arsenales dos tipos de cureñas para la artillería naval: “a la inglesa” y “a la española”. Estos dos modelos se siguieron construyendo, al menos, hasta la mitad del siglo XIX, a partir de cuyo momento los rápidos avances de la artillería (el rallado del ánima y la retrocarga) modificaron los afustes de las piezas.

Partes básicas de un cañón

Partes básicas de un cañón

Cureñas construidas con el sistema”a la española”

Por motivos desconocidos, las reproducciones de cureñas que se realizaron a lo largo del siglo XX y del actual, han sido siempre a “la inglesa”. La Cátedra creyó que ya era hora de que se realizase algún modelo “a la española”. Con documentación del Museo Naval de Madrid se realizó el estudio y se diseñaron los planos de la cureña. Con la autorización del Almirante del Arsenal de Cartagena y empleando restos de madera se realizó, sin coste alguno, en los talleres del Arsenal, al igual que en el siglo XVIII, dos cureñas por la maestranza y personal militar.

Situando las cureñas

Situando las cureñas

Las personas, que con el mayor entusiasmo han realizado este trabajo son:

  • Stte. Contamaestre D. Roberto García González.
  • Stte. Maquinista. D. Manuel Grela Picón.
  • Maestro de Arsenal. D. Eliseo García López.
  • Oficial de Arsenal. (Carpintero). D. Julián Larios Pagán.
  • Técnico Superior Actividades Técnicas. (Pintor). D. Julio García Zamora.

Los cañones del siglo XVIII

Para colocar en estas cureñas la Cátedra localizó e identificó dos de los 47 cañones, los números 18 y 24, que juntamente con tres morteros formaban la defensa del Arsenal. Estos cañones y morteros estaban servidos con personal de la Maestranza, la cual pertenecía al fuero militar. Estas piezas defendían la “cortina del arsenal”, batería situada en el paramento marítimo del Cuartel de Prisioneros y Esclavos (más tarde Cuartel de Instrucción de Marinería), que defendía la entrada por el mar, y la muralla del Arsenal desde la parte norte de la calle Real, en la que se unía a la muralla de la ciudad, siguiendo el frente de la rambla de Benipilia, y girando posteriormente a la izquierda para cerrar el contorno del recinto hasta el mar.

Las dos cureñas construidas situadas en su emplazamiento actual

Las dos cureñas construidas situadas en su emplazamiento actual

Las murallas de Cartagena y del Arsenal fueron en 1808 un obstáculo para el ejército francés. La plaza no fue ocupada y su puerto se mantuvo abierto, permitiendo la llegada de refuerzos y material durante toda la guerra.

Las cureñas sosteniendo los dos cañones, tal y como el público puede contemplarlas

Las cureñas sosteniendo los dos cañones, tal y como el público puede contemplarlas

En 1808 el personal de maestranza que dotaba los citados cañones era:

Cañón nº 18

4ª Brigada ordinaria de Rivera (Carpinteros de Ribera).

José Díaz operario
Francisco Alvadalejo operario
Manuel Méndez operario
Jaime García operario
Gaspar Riera operario
José Balanza operario
Pedro Cervantes Canteli operario
Antonio Munera operario
Juan Cervantes operario
José Sánchez Casanova operario
Mariano Romero operario
Ildefonso Sánchez operario

Cañón nº 24

1ª Brigada ordinaria de Calafates.

Fulgencio Ros Díaz capataz
Juan Andrés Castillo cabo
José Cotanda operario
Juan Romero operario
Francisco Heredia operario
Ventura Payán operario
José Jordar operario
Andrés Rovira operario
Juan Requena operario
Ginés Huertas operario
Francisco Pérez Gómez operario

Nota: Los nombres propios se han escrito con la ortografía actual. Los apellidos se han mantenido con la ortografía original, pero acentuados.

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Por Carlotta Lucarini, Graduada en Arqueología e Historia por la Universidad de Florencia (Italia) y alumna en el Máster de Historia y Patrimonio Naval

El día 8 de septiembre de este año 2014 comenzó la asignatura optativa de “Buceo Científico” del Máster en Historia y Patrimonio Naval en Cartagena. Muy emocionados para la aventura que íbamos a empezar, nos presentamos en la puerta del Centro de Buceo de la Armada (CBA), dentro de la estación naval de la Algameca, para que nos dieran los pases, con objeto de poder entrar dentro de la base, ya que sería allí donde recibiríamos el curso.

InsigniaCBA

Después de la bienvenida dada por las autoridades de la Armada, nos dirigimos al muelle para enfrentarnos a las pruebas físicas que determinarían nuestra aptitud para la práctica del buceo. Las pruebas consistían en ser capaces de aguantar un minuto en apnea, picar hasta 4 metros de profundidad, nadar en apnea 18 metros y recurrir nadando 50 metros a cierta velocidad. Una vez superadas las pruebas en la mar, llegó el momento del reto que más nos preocupaba: la cámara hiperbárica.

Camara hiperbárica

Cámara hiperbárica

Nos dirigimos a la entrada del edificio principal del CBA donde, en una de las aulas está colocado el complejo hiperbárico; estábamos todos muy nerviosos y teníamos miedo de no lograr superar la prueba, haciéndonos daño en el oído y no pudiendo seguir con el curso. Íbamos entrando en la cámara en pequeños grupos, a causa de las reducidas dimensiones de la misma, siempre acompañados por un instructor, y conforme la presión iba subiendo (simulando el cambio de presión que se produce al bajar en el agua) teníamos que practicar la maniobra de compensación, fundamental en la práctica del buceo, gracias a la cual la membrana timpánica, inclinada hacia el interior del oído a causa de la presión, vuelve a recuperar su posición natural y permitiendo seguir bajando.

La prueba que más miedo nos daba al final resultó ser una de la más divertidas, porque una vez alcanzada la presión correspondiente a la que nos encontraríamos en 30 metros de profundidad, nuestras voces se oían distorsionadas como si hubiéramos inhalado helio, provocándonos risas sin parar. Con mucha lastima, al salir de la cámara tuvimos que despedir a un compañero, que por practicar de manera equivocada la maniobra de compensación se hizo daño en el tímpano de un oído y no pudo seguir con el curso.

Alumnos dentro de la cámara hiperbárica

Alumnos dentro de la cámara hiperbárica

El buceo es una disciplina que se realiza en un medio que no es propiamente el del ser humano, y desde el principio los instructores (oficiales de la Armada) insistieron mucho en explicarnos las medidas de seguridad que había que aplicar. Para bucear se necesitan unas buenas condiciones físicas y mentales, siempre hay que estar con la mente atenta en una actividad que puede resultar fatal si no se cumplen determinadas normas; cosa que los instructores no se cansaban de recordarnos cada día. Cuantas veces he escuchado esa frase a lo largo del curso: ”Lo primero es la seguridad”.

Después de haber superado la prueba de la cámara hiperbárica, se procedió a la entrega de los equipos personales que teníamos  que cuidar y que nos acompañarían a lo largo del curso. El equipo comprendía: neopreno, botella, reguladores, chaleco, plomos, gafas, aletas y un cuchillo.

Amanecer en la Algameca

Amanecer en la Algameca

Después de una demostración sobre los procedimientos para montar y preparar botella, reguladores y chaleco antes de una inmersión, nos tiramos al agua con nuestros neoprenos, plomos, gafas y aletas, para coger confianza con el equipo y sobre todo para enfrentarnos a la prueba denominada “el colirio”. La prueba consistía en llenarse las gafas de agua, aguantar un rato con los ojos abiertos (en el cual los instructores se divertían haciéndonos hablar) y vaciarlas soplando fuerte por la nariz. Después de haber intentado también recuperar los plomos en el fondo y salir del agua con ellos puestos, con un maravilloso principio de atardecer en la dársena de la Algameca, se terminó el primer e intenso día de curso.

El segundo empezó a primera hora de la mañana, como todos los siguientes, y una vez recogido el equipo de los secaderos donde lo habíamos dejado el día anterior y la botella que nos habían asignado, cargamos todo en el camión y nos dirigimos a la piscina, situada dentro del Arsenal Militar de Cartagena. La primera semana la pasamos entera en la piscina, para que nuestras primeras inmersiones fueran seguras, controladas por los numerosos instructores que nos acompañaban, y para que empezáramos a coger confianza con el equipo y con nuestro compañero.

Alumno listo para sumergirse

Alumno listo para sumergirse

Por cierto, “primera regla del buceo: la pareja”. Siempre hay que estar cerca y constantemente pendiente de tu compañero; es la persona que estará contigo a la hora de tener que solucionar cualquier problema que pueda surgir debajo del agua, e incluso es la persona que podría salvarte la vida. Poco a poco nos enseñaron cómo controlar perfectamente cada parte de nuestro equipo y cómo controlar también nuestra flotabilidad debajo del agua. Día tras día los instructores simulaban clases de problemas que se pueden tener buceando, como quedarse sin gafas, perder una aleta (o incluso dos), perder los plomos y ser capaces de volver a ponérselos, e incluso quedarse sin aire por algún fallo. Colaborando en parejas y reforzando aún más el vínculo que íbamos consolidando entre nosotros, fuimos capaces de solucionar cualquier problema que se nos presentara delante sin sacar la cabeza del agua. Al final de la semana estábamos listos para ir a la mar; habíamos cogido confianza con los equipos y con los compañeros y éramos capaces de resolver cualquier problema que se nos presentara delante.

La segunda semana empezó con inmersiones sencillas a lo largo del muelle del CBA, primero hasta 6 metros y luego hasta 10 metros y, a mediados de la semana, cargamos por primera vez todos nuestros equipos en la embarcación (La Yankee) que nos llevaría hasta el punto de inmersión.  Siempre  en parejas, nos equipábamos y nos tirábamos al agua. El protocolo era el siguiente: “gafas puestas, regulador en la boca. ¿Listo? Agua!!!!”. Con un instructor cada dos parejas empezaban así nuestras inmersiones, en las cuales hemos disfrutado de fondos y paisajes marinos fantásticos.

Alumnos e instructores en la Yankee

Alumnos e instructores en la Yankee

Los días iban pasando, la profundidad de las inmersiones aumentando, así como la experiencia que íbamos cogiendo y los vínculos se hacían mas estrechos con los compañeros y con los mismos instructores. Después de las inmersiones disfrutábamos de los lugares preciosos en los que nos sumergíamos, con un buen baño y un rico almuerzo, para luego volver “a la base”,  colocar todo nuestro equipo en los secaderos y acudir a las clases teóricas. A lo largo del curso nos impartieron clases de seguridad, de medicina y física aplicadas al buceo, nos dieron nociones de reanimación, recibimos las clases de Arqueología Subacuática y de fotografía, además de visitar el Museo Nacional de Arqueología Subacuática (ARQUA).

Con muchísima lastima llegamos al último día de curso en el que nos entregaron los diplomas. Fue un día lleno de emociones porque no solo dejábamos el CBA, sino también a nuestros compañeros de buceo, los instructores y a cada uno de los militares con los que tuvimos contacto.

Yankee en el punto de inmersion

Yankee en el punto de inmersion

Para mí este curso ha sido sencillamente maravilloso. He conocido a personas especiales, un sitio especial y, sobre todo, a partir de aquí ha empezado para mí una aventura nueva en una disciplina fantástica. Nunca olvidaré las sensaciones que probaba al estar debajo de veinte o treinta metros de agua: mirar hacia arriba y no poder ver la superficie, estar rodeada de bancos de peces, tan cerca que casi se podían tocar y aquella sensación tan rara de poder casi volar.

Compañeros de buceo listos para subir a la Yankee

Compañeros de buceo listos para subir a la Yankee

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